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Con Fidel Castro, briznas de una montaña

Muchas y significativas maneras hay y habrá de recordar a Fidel Castro. Abundan los modos tocados por la épica, no una épica teórica y libresca, sino la que él fraguó y condujo con su impronta imborrable, y que lo sembró a él en la historia. No solo como uno los imprescindibles definidos por un gran poeta, sino también como uno de los insustituibles, aunque pueden y merecen tener continuadores dignos, y los tengan.

Los presentes apuntes rozan apenas briznas de la montaña que fue el Comandante, un guía cuya capacidad de irradiación no acabó tras su muerte. No fue ni es un líder a cuya estatura se le haga justicia arrinconándolo en “lo histórico”. Su vigencia, su vitalidad, es la propia de alguien que únicamente perdería su fuerza de conductor si faltáramos a su ejemplo, si desertáramos del camino que él trazó y convoca a seguir cambiando todo lo que deba ser cambiado, que no será todo.

Una de las briznas aludidas concierne a recordarlo como el hombre educado que fue. Exabruptos gruesos tendría, naturalmente, y algunos serían truenos. Pero no los convirtió en supuesta retórica de la radicalidad ni en plataforma comunicacional. No les concedió el espacio que no debían ocupar en discursos públicos. ¡Cómo no habrá tronado a raíz de los sucesos del 26 de Julio de 1953 pensando en sus compañeros asesinados!, pero —elegancia incluida— ahí está la altura de La historia me absolverá. O mientras preparaba una de las dignas respuestas de Cuba frente a la Crisis de Octubre, la respuesta que él sintetizó en Cinco Puntos escuetos, puntas de estrella afiladas como el machete mambí.

Eso no es banal recordarlo. La grosería de nuestros enemigos no debe llevarnos a responderles con el mismo lenguaje que ellos usan, propio de la abyección abominable de una fauna condenada por la historia y la ética, y hasta por la belleza. Ocasionalmente montarse en su lenguaje podría obedecer a la rabia como expresión de sentimientos legítimos, pero el remedo no sería necesariamente feliz, ni el recurso más fértil. Y aunque ese no fuera el mayor peligro que nos acecha, para una Revolución no los hay menudos.

Ante los desafíos —los mayores y los menos significativos— es fundamental tener presente al Comandante en Jefe, aunque se haga, como aquí ahora, con simples briznas. De Imeldo Álvarez García, hombre maduro entonces, recibió el autor de esta nota una lección que en su momento le resultó difícil aquilatar en toda su medida. El revolucionario Imeldo, quien nació en 1928 y murió en 2011, fue un destacado escritor y, quizás sobre todo, un editor de ley y buen ser humano.

La lección aludida puede haber sido de cuando en el mundo sonaban aires perestroikos o ya se vaticinaban desencantos que luego harían metástasis terribles, y se evidenciaron en traiciones. Hablábamos de la necesidad de cuidar a la Revolución, y el amigo soltó de golpe: “Estoy preparado hasta para lo imposible. Si mañana Fidel nos convoca a la Plaza y nos dice que ha llegado fatalmente la hora de retornar al capitalismo, le respondería: ‘¡No estoy de acuerdo con usted, Comandante. Permaneceré fiel a los ideales socialistas, y presto a seguir construyéndolos”.

Si a quien ahora plasma aquel recuerdo no le pareció por completo una intemperancia sin sentido, fue porque confiaba en el amigo y, ante todo, porque se quedó pensando en un término fundamental de su declaración: lo imposible. No cabía esperar que la hipotética convocatoria brotara de Fidel. Pero lo que desde entonces le sigue dando vueltas en la mente a este articulista, es que la disposición de Imeldo era un modo rotundo de expresar lealtad —en circunstancias que serían cada vez más difíciles— al propio dirigente de la primera Revolución de afán socialista en el hemisferio y en todo el ámbito de lengua española.

Una Revolución, añádase, que venía, viene, de sus propias raíces y por su propio rumbo: de un Octubre que tuvo lo que José Martí llamó “preparación gloriosa y cruenta”, y que no dio sus señales flamígeras en 1917 —como aquel formidable dirigido por Lenin—, sino décadas antes: cuando el 10 de ese mes de 1868 declaró iniciada Carlos Manuel de Céspedes la primera guerra para alcanzar la independencia de Cuba, y empezó por dar la libertad, y llamarlos a la lucha, a quienes habían sido sus esclavos.

La respuesta que Imeldo Álvarez García estaba resuelto a darle a un imposible, es la que los revolucionarios cubanos debemos y estamos dispuestos a dar a quienes en cualquier parte piensen que debemos plegarnos a “lo posible” del capitalismo. Eses sistema cava su propia tumba y cada día ratifica más sus entrañas monstruosas y su decadencia, pero con él continúan medrando los poderosos, auxiliados por quienes se les pliegan.

Con seres humanos como Fidel Castro, hasta las briznas se llenan de grandeza.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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