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Pequeñas palabras como un disparo

Para los estudiantes y egresados de la carrera de Periodismo en la Universidad de Oriente, Cedeño es uno de los principales referentes, un periodista total, no solo por su quijotesco ejercicio, sino también por su historia íntima de derribar muros y superar incomprensiones; por esa necedad de contar y contar bien, destruyendo los estereotipos que genera realizarse fuera de la capital, desde nuestra «ciudad con apellido de país».

Hablaré de Las pequeñas palabras desde el placer de ser un impenitente lector de este libro. Comenzaré por decir que he vuelto a él más de una vez. Lo he recorrido como quien recorre un cuerpo vivo, húmedo y palpitante. Quizás para inspirarme, para encontrar en él un impulso, un abrazo.

Sus crónicas son un refugio, un tótem, una demostración de que el periodismo, como dijo otra periodista total, Leila Guerriero, «no es un oficio menor, no es una suerte de escritura de bajo voltaje a la que puede aplicarse una creatividad rotosa y de segunda mano».

En Cedeño se sintetiza un concepto del periodismo como mirada profunda de lo real, maestría en la narración, humanismo para descascarar la historia y los personajes, pulso para colocar la tensión y el silencio en su justo lugar. Cedeño prueba que el periodismo no es una suerte de juntar palabras, no es escribir lanzando ideas toscas al aire. Periodismo es conmover, es belleza.

«Los cronistas y los poetas son gente de atrapar instantes, de renombrar las cosas. Ora miran desde una colina, ora desde el hueso», así ha dicho él mismo y suscribo. Hay que tener una especial sensibilidad para cronicar, para salvar.

Las pequeñas palabras, uno de los títulos que nos reúne aquí hoy, está lleno de sonidos, imágenes, música, secuencias cinematográficas, poesía, tiene de lo humano y lo divino. Nos devela icónicos protagonistas: la Patricia que zapatea la tierra caliente con su cola de caballo y no olvida la durísima etapa de las UMAP; el acuarelista y auténtico Luis Carbonell, quien vivió de la poesía y nos hizo vivir con ella; la Mireya Luis que se llevó todos los palmarés y se hizo leyenda; la Lucía / Adela que dio la mirada más atrapante del cine cubano; el príncipe y mago de muchos, el inolvidable Ado Sanz Milá; la madre Caridad, que lloró ante la madre de todos los cubanos; el periodista que hizo peripecias para contar las noches más largas tras el paso de un huracán; Zenón, el hombre que peinó a la Virgen; y otros tantos ilustres como Joel James, Nancy Morejón, José Coss Causse, Ernesto Víctor Matute, Dulce María Loynaz y Alicia Alonso.

El libro deja frases que seducen, que quiebran espantos, que convidan a la reflexión. Como cuando el autor dice que La patria antes de ser conciencia, asoma por el pequeño pedazo bajo el sol; o cuando afirma que la poesía es el misterio del hombre; o que un abrazo vale más que un discurso.

No solo crónicas nos presenta Cedeño en este volumen, también demuestra su talento para el ensayo y el artículo, su virtud para tocar en lo más hondo temáticas y personalidades. Esto enriquece la propuesta, la hace más diversa y polifónica.

También se pone él mismo frente al espejo, narra desde la humildad de saberse parte indispensable del clímax en varios momentos. Por fortuna fue periodista este hombre que, como casi todo niño vivaz, quiso ser muchas cosas: discóbolo, piloto, explorador, comentarista deportivo.

Su estilo, su voz narrativa, muy personalísima «a la hora de atrapar una historia, de aquilatar un suceso», no es otra que, como el mismo ha dicho, «encontrar la médula, raspar la cáscara; para que no se te escape como humo entre los dedos, para no disparar balas de salva».

En Las pequeñas palabras hay disparos que penetran, que alcanzan lo más hondo de nuestra alma, disparos que se internan en nuestros sentimientos y nos derriban con un puñado de emociones a galope. Disparos que son más que un abrazo. Que son una huella.

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