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COLUMNISTAS

Moscú, sin adiós ni despedida

De Moscú el forastero no se despide, porque aún sin marcharse ya está ideando cómo volver, a pesar del crudo invierno, las trabas con el idioma, la distancia y los obstáculos en el camino.

Amar a esta ciudad es fácil, es parte de la magia que la rodea; lo reconocen amigos, enemigos, vecinos, bardos, enamorados y los miles de cubanos que estudiaron en sus tantas universidades en los años 70 y los 80 del pasado siglo.

Fui de los que confiaron en la posibilidad del regreso, aunque ocurriera 37 años después, como diría alguien, luego de toda una vida. Entonces corría julio del 83’ y estaba tan seguro de volver que a la hora de marcharme le dejé una maleta a Natasha para que la guardara con mis libros y patines de hielo, porque pronto volvería junto a ella.

Y el milagro ocurrió gracias a Prensa Latina, aunque luego de casi cuatro décadas, cuando mi mirada ya no era la misma. En ese largo andar se derrumbó el bloque socialista, desapareció la Unión Soviética y, para colmo, hubo un tiempo en que la nueva Rusia abandonó a su amiga Cuba y a todo lo que oliera a socialismo; eso tampoco se olvida.

Como me anunciaron en la segunda vuelta, mi primera Moscú, la de mi juventud, estudios, amores y aventuras, ya no existía, aunque la “nueva”, más moderna y occidental, con otro ritmo y esplendor, protegió valores espirituales, culturales y arquitectónicos que la mantuvieron viva.

La de ahora, con sus boutiques, grandes lumínicos en caracteres cirílicos, contagiosas carriolas eléctricas e impresionantes rascacielos, aún conserva su duchá (alma, en lengua rusa), esa que se siente y vibra entre su gente, dispuesta a ayudar, a reír y a celebrar la vida.

Sí, porque como si fuera un recordatorio de que es la capital del país más extenso del planeta, aquí todo se hace a lo grande: las avenidas, las aceras, el Metro, los monumentos, pero también la amistad, el amor y la solidaridad hacia Cuba, que perduró fuerte en el tiempo, a pesar de los cambios políticos acontecidos en las últimas décadas.

A diferencia del primer viaje, esta vez me tocaron vivir momentos duros y tristes de enfrentamientos entre hermanos rusos y ucranianos, tiempos que pensé nunca llegarían, de noticias sobre muertos y heridos, de explosiones y armas, de recobrar historias latentes en la memoria de este pueblo desde la Gran Guerra Patria (1941-1945), que le arrebató la vida a más de 27 millones de hijos de esta tierra.

Rusia recuerda constantemente a sus héroes de aquella contienda, los horrores que provocó la guerra, por lo que con más razón que nadie en el mundo reacciona y se defiende cuando siente la más mínima amenaza para su seguridad y la de su gente.

Por eso pese a los efectos de las más de 10 mil sanciones extranjeras, recrudecidas luego del inicio de la operación militar en Ucrania el 24 de febrero, el país sigue “inventando” estrategias para defenderse y salir adelante, en especial para lograr su sostenibilidad y autonomía económica, rompiendo barreras de todo tipo.

Esta es una nación buena, noble, atacada desde que decidió por primera vez enrumbar un camino diferente, pese a que quiere confraternizar con todo el mundo. Pero siempre sobre la base del respeto mutuo y la no injerencia en sus asuntos internos.

Sobre esas normas se sostiene también la tranquilidad ciudadana que se respira aquí, donde los niños y las niñas corretean en carriolas y bicicletas por los parques y avenidas festejando la llegada del verano, la disminución de los índices de Covid-19 y el cierre del curso escolar.

En estos días, los moscovitas pasean más, aprovechando sus días largos y noches cortas. La ciudad no duerme, mientras el verde se torna aún más… verde, adornando y protegiendo a su gente y a la metrópoli de la contaminación; las flores dibujan fiestas de colores en cualquier esquina y el sol regala horas de descanso fenomenales.

No obstante, las dudas sobre el futuro no faltan, por lo que la preocupación sobre la marcha de los enfrentamientos bélicos entre Rusia y Ucrania es omnipresente en cualquier conversación. Lo que para algunos era cosa de días, ya va por cuatro meses y algunos jefes militares occidentales le pronostican muchos más.

Si así fuera, aquí se palpa, al menos por ahora, en la ausencia de algunas mercancías extranjeras en los mercados, el aumento de los precios de muchos productos y el fortalecimiento del rublo, que lanzó al piso al dólar y al euro en este país. Por lo demás, el país traza nuevas estrategias para burlar los obstáculos.

Así y todo, la risa contagiosa de los niños y las niñas, ver a las personas vestir ropa ligera —luego de meses abrigos, guantes, gorros y bufandas— y disfrutando del excelente clima, hacen olvidar por un rato los desafíos que tienen el país y el mundo en estos días.

Optimista patológico al fin, nunca pasé a recoger aquella maleta para no despertar añejos fantasmas, también confiando, otra vez, en que esta no será la última visita a Moscú, respetada por amigos y rivales; venerada por poetas, cantores y, sobre todo, por su pueblo, en todas las épocas.

3 thoughts on “Moscú, sin adiós ni despedida

  1. Coincido al calificar de excelente está crónica que me hace revivir y añorar mis tiempos de corresponsal de Prensa Latina en Moscú. Gracias Mario Muñoz Lozano!

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