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COLUMNISTAS

El hombre que el odio no pudo matar

Desde hacía meses el estado de la salud del presidente Hugo Chávez se había convertido en el foco central de la polarización política en Venezuela y más allá de sus fronteras.

Pocas veces en la historia la enfermedad de un dignatario había desatado una guerra psicológica de alto calibre desde los medios de comunicación, centrada en un “misterioso” cáncer abdominal cuya evolución se había intensificado tras una segunda intervención quirúrgica en La Habana.

Se trataba de un bombardeo constante dirigido a generar angustia, la incertidumbre y sustentar la tesis de la derecha de “que no hay información”. Sin embargo, la matriz de opinión quedó sin apoyo a partir de unos 30 boletines oficiales emitidos por el Ejecutivo Nacional desde el 11 de diciembre de 2012, mediante la Cadena Nacional de Radio y Televisión, informando a los venezolanos y al mundo sobre los partes médicos que indican el estado de salud del líder bolivariano.

A esa campaña de la oposición se sumó la existencia de un “vacío de poder”, con lo cual se estimulaba la posibilidad de un golpe de Estado con los mismos propósitos de la intentona del 2002.

Roger Ricardo con Hugo Chávez.

El mensaje opositor estuvo orquestado en Venezuela por medios como El Universal, El Nacional, 2001, Últimas Noticias y Globovisión; en España, ABC, El País y Antena 3; en Estados Unidos, el Miami Herald y CNN en español; en Colombia, NT24; además de las redes sociales, como denunciara por esos días un comunicado el Movimiento Periodismo Responsable en Caracas.

El colmo de la desfachatez y la deshumanización llegó de la mano del diario madrileño El País, el jueves 24 de enero de 2013, cuando en la edición impresa y la Web encabezaron su portada con una foto donde se aseguraba que era del presidente  venezolano  entubado en una sala de terapia intensiva. En el texto que la acompañaba bajo el título “El secreto de la enfermedad de Chávez”, la publicación declaraba corresponder al mandatario venezolano en su convalecencia en Cuba.

El periódico mexicano La Jornada le salió al paso a la despiadada mentira aseverando que la imagen pertenecía a un video publicado en YouTube en 2008. En el video se observaba a un hombre similar a Chávez, entubado, pero evidentemente la figura no pertenecía al mandatario venezolano, denunció la publicación.

Aquel 5 de marzo de 2013, Caracas amaneció envuelta en una premonitoria neblina que se tradujo en una suerte de impasse emocional en una ciudad polarizada hasta los tuétanos.

En Miraflores, centro político de la nación, consultas y reuniones se sucedieron una tras otras desde muy temprano, la entrada de altos jefes militares, ministros y de la dirección del PSUV adquirió un ritmo inusual, las llamadas telefónicas sobrepasaron los límites de un día normal en tan solo pocas horas y el servicio de seguridad de la casa presidencial evidenció un refuerzo. Todo aquel trajín se daba en una atmosfera de preocupación y dolor, así lo recuerdan muchos de quienes fueron protagonistas de aquellas horas tensas y difíciles.

Ese día, a las 16.25 hora local, a la edad de 58 años, y tras una batalla de dos años contra el cáncer, fallecía Hugo Rafael Chávez Frías en Caracas.

No era sólo el hombre que había gobernado Venezuela 15 años para cambiarla más allá de lo reconocible. Había muerto un hombre cuyo liderazgo alcanzó en poco tiempo la condición de figura histórica, un hombre sin el que no se podrá entender el curso de la política de América Latina en el siglo XXI, reconocía un periodista de la BBC en su comentario sobre el suceso luctuoso.

La noticia oficial comunicada a través de una cadena nacional rediotelevisiva informaba el infausto suceso que, aunque esperado, conmocionaría a quienes se agrupaban a ambas orillas del turbulento río de la confrontación política.

En el Este caraqueño, bastión de la oposición, las bocinas de los autos y cacerolazos resonaron como señal de júbilo; mientras en el centro y el Oeste de la capital, el duelo alcanzó dimensión de marea popular inconsolable, señal que la derecha relacionó con el recuerdo de cuando el pueblo bajó de los cerros para rescatar a su Presidente en aquellas horas heroicas en que conjuraron al golpe mediático-militar de abril del 2002.

El ambiente se fue tornado tenso, pero sobre todo triste. El pueblo chavista se movilizaba espontáneamente para rendir honores a su líder. Venia de rojo, con flores y banderas. La Plaza Bolívar poco a poco se convirtió en centro de aquella peregrinación que congestionó avenidas y colapsó el tránsito vehicular por horas. Marchaban mujeres, hombres, niños, ancianos con el peso abrumador de un luto inagotable y sentido, andaban ora en silencio, ora dando vivas a quien partía a su reencarnación entre millones de sus compatriotas.

Un corresponsal de prensa extranjera escribió que Chávez fue el gran polarizador de los venezolanos, pero nadie puede dudar de la devoción que le profesaban los suyos. Todo era muestra de amor verdadero, de desolación por la pérdida.

La noche de ese 5 de marzo se vino abajo con un silencio estremecedor. Los sucesos se seguían por la televisión en la intimidad hogareña. Aquel recogimiento inusual hizo adelantar la soledad peligrosa y abrumadora de las madrugadas caraqueñas.

A Chávez la imaginería popular lo vio volar con alas de ángel cantando, dicen, que una tonada llanera, otros, una ranchera; la abuelita con boina roja sintió que él la abrazaba cuando caminaba para darle el último hasta siempre; cuentan haberlo visto subir descalzo los cerros saludando, dibujando, como siempre, la sonrisa sincera y diciendo con su voz de barítono: “¡Epa, mi gente!”. Y hasta un soldado supo advertir el instante en que murió “mi comandante”, porque el cielo de súbito adquirió una tonalidad rojiza.

Lo cierto es que todos vieron ascender al hombre infinito, como lo calificara el bardo callejero, hacia el Cuartel de la Montaña donde desde entonces vive para siempre.

Roger Ricardo Luis
Roger Ricardo Luis
DrC. Roger Ricardo Luis. Profesor Titular de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Jefe de la Disciplina de Periodismo Impreso y Agencias. Dos veces Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí.

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