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Advertencias muy sabias

La ambición suele llevar a las personas a ejecutar los menesteres más viles. Por eso, para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse.

                                                                                                    Jonathan Swift.

 

No es común —por desgracia— que la prensa dedique sustantivos espacios a reseñar alguna obra literaria que, por su trascendencia o sus perdurables lecciones para nuestra especie, merezca la atención de los lectores.

Sin embargo, hoy quiero referirme a tres magníficas creaciones que bien merecerían esa atención de ahora mismo: la novela Las cosas, del narrador francés Georges Perec, y los cuentos Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj e Instrucciones para dar cuerda al reloj, del extraordinario cuentista argentino Julio Cortázar.

Entre los días en que leí estas tres creaciones y la fecha actual median fácilmente más de 30 años. Pero, tanto en un caso como en los dos restantes, resulta harto doloroso reconocer la vigencia del acontecimiento más desolador de estos tiempos: el hombre al servicio total de aquello que creó para servirle, como el auto, los muebles, el teléfono, la televisión, la casas, las ropas, los audivisuales, las redes…

En Las cosas, primera obra de Perec, sus dos jóvenes protagonistas, Jerome y Sylvie, no están a gusto jamás. Las vidrieras los tientan y enferman del corazón, los hacen boquear todo el tiempo. Desean más. Siempre más. Quieren y no dejan de querer. Sueñan que serán ricos, aunque no de cualquier clase, eso sí, sino ricos refinados, de noble sentimiento y exquisito proceder, verdaderos artistas del arte de vivir.

Sobre los dos protagonistas de esta novela ha dicho certeramente la escritora Magali Urcaray “Quieren la superabundancia, y esa ambición determina sus decisiones, sus relaciones, sus compromisos, todo lo que renuncian es medido y valorado en función de lo que no tienen, pero deberían tener”.

Y continúa Urcaray, “El cristal que los separa del objeto ansiado también los separa de ellos mismos, de la vida que se les escapa de los dedos a cada segundo mientras suspiran por la fortuna ajena”.

Triste manera de entender al mundo. Triste manera de entenderse uno mismo. Perec lo puso en claro en esa exitosa novela, aparecida en 1965 en Francia y más tarde, publicada en Cuba. No obstante, bien pudiera tener como fecha de publicación inicial el año 2022, y no dudo que una data de cualquiera de los años próximos.

Las cosas, para decirlo como el propio Perec, si bien es cierto que mejoraron sobremanera el camino a desandar por la especie humana, asimismo han terminado por hacer más fatuo el corazón del hombre. O tal vez a la inversa, porque después de todo —como asegura uno de los personajes del célebre filme El tesoro de la Sierra Madre, de John Huston—: “el oro no es el culpable, sino la ambición del hombre”.

En Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj y en Instrucciones para dar cuerda al reloj (dos partes de un todo narrativo), alguien adquiere uno de estos y debe vivir esclavo de cada detalle para hacerlo funcionar de maravillas durante las 24 horas del día. De igual modo hasta debe dejar correr una gota de amargura cuando vea que, a su lado, otra persona exhibe una marca de reloj superior a la suya. “No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj¨, concluye el argentino en Preámbulo a las instrucciones….

A tal punto estos relatos parecen acabados de escribirse, que en fecha aún muy reciente un profesor decidió, ante sus alumnos, sustituir en el cuento la palabra reloj por la palabra  teléfono…  y el efecto fue de una vigencia descorazonadora.

En triste gesto de rendición, cierto profesor uruguayo  de literatura —y no dudo que más de uno—-se lamentaba sobre la absoluta falta de interés hacia la materia que impartía  por parte de los estudiantes, esclavizados sin remedio por el ordeno y mando de sus teléfonos celulares, y en nada preocupados por llenarse de las agudas sapiencias  que regalan  los libros.

Recientemente veía la historia “triste”  de  un tal futbolista recién llegado a un famoso club europeo donde sus compañeros de equipo, ya multimillonarios, arribaban al campo de entrenamiento en lujosos automóviles de su propiedad, pero no él.

Historia “triste”, como ya dije, hasta que un generoso miembro del equipo, para evitarle angustias  dignas de un personaje de Shakespeare, decidió regalarle su fastuoso  Lamborghini.

No importa que el “pobre auto” del “pobre futbolista”, recién llegado, fuera de imposible acceso para la gran mayoría de los comunes mortales de este mundo… No. Y lo peor es que el cuento a cerca  de este complejo de inferioridad, sobre el amor desaforado por esa tienda sin alma trataba de convertirse en una historia de profunda amistad, cuando en verdad era—como aseguró Urcaray— un ¨suspiro por la fortuna ajena¨, un dolor muy  punzante  al no estar  más arriba en la escala social.

Debido a  razones como  estas, obras como las de Perec y Cortázar siguen  gozando de una triste vigencia  en un mundo con mucho por transformar, mejorar y salvar antes de entregarlo mansamente, atado de pies y manos (y de cerebro, ¿por qué no?), al triste desamparo de la opulencia y la banalidad.

Ilustración de portada: Brady Izquierdo

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