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ZONA TEC

Salir de la inercia y hacer un uso consciente de la tecnología

La vorágine de pantallas y datos en la que vivimos hoy tiene un nombre y es sociedad de la información. Desde que googleamos el clima a las 8 de la mañana hasta que nos quedamos dormidos scrolleando en Instagram, compartimos información. Nuestros gustos, amistades, ubicaciones e intereses se materializan en clicks que construyen nuestro “ADN digital”.

A partir de la pandemia, nuestra inmersión en el mundo virtual, que ya había comenzado, fue profunda y continua. La tecnología se adapta a nuestras nuevas necesidades y nos ofrece cada vez más herramientas para facilitar la vida no presencial. Pero, ¿será realmente la tecnología la que se adapta a nosotros? ¿O al revés? 

En su última actualización, WhatsApp nos regaló la posibilidad de transformar un minuto en 30 segundos. Varias semanas después, la aceleración de los mensajes de voz demostró su notoria utilidad laboral, pero a nivel personal sigue generando dudas. ¿Cuán grave es dejar de percibir elementos claves de una conversación, como son los silencios y entonaciones? ¿Y si perdemos la costumbre de la cadencia regular de una charla? 

Conversamos con una lingüista, un experto en manejo del tiempo y una especialista en tecnologías y subjetividades para formarnos una idea más clara.

¿Hay algo que se pierde?

Valentina Noblia es doctora en Letras y estudia los cambios en el uso del lenguaje en contextos mediados por lo digital. “Cuando a un lingüista uno le pregunta qué pasa con el lenguaje, yo siempre contesto que no pasa nada. A los que nos pasan es a las personas”, afirma.

Ella aclara que lo que cambia no es el lenguaje, que es una capacidad, sino el uso de la lengua. Pero no le asustan los vertiginosos avances técnicos, aunque modifiquen nuestras experiencias comunicacionales: “Esas son posibilidades que las personas podemos usar. A veces hay recursos maravillosos, pero si la cultura no se los apropia y los transforma en alguna herramienta, no se constituyen en sí mismos como recursos de comunicación. La misma cultura se apropia, desarrolla o va ajustando las nuevas tecnologías”.

(Imagen: Sofia Ruscitti)

Y al pensar en particular en la posibilidad de acelerar las voces, Noblia asegura que, mientras no sea una imposición, no piensa que se pierda nada porque será usada de acuerdo a las circunstancias.

No somos meros espectadores 

Existe, entonces, una relación muy fuerte entre cultura, tecnología y uso de la lengua. Ahora, ¿qué rol cumplimos las personas? ¿Es posible rechazar una tecnología de gran utilidad, aunque la reconociéramos como negativa?

Margarita Martínez, doctora en Ciencias Sociales y especialista en nuevas tecnologías y subjetividades contemporáneas, invita a reflexionar: “Muchas veces echamos la culpa a los artefactos de procesos que habían comenzado antes. Somos nosotros quienes decidimos utilizar la función de acelerar los audios. Si noto que me provoca efectos negativos, soy también soberano para dejar de hacerlo. No debemos infantilizarnos ante ese y ante ningún recurso suponiendo que nos va a controlar o dominar”.

Gran parte de nuestra socialización pasa hoy por plataformas digitales, transformación a la que las sociedades se van acostumbrando de forma segura, aunque paulatina. Ante la resistencia que a veces evoca la tecnología, Martínez aconseja: “Romper la dicotomía natural/artificial podría ayudar a pensar este punto. El ser humano es un animal social que estuvo privado de toda sociabilidad corporal presencial y la técnica supo restituir o sostener la dimensión humana por excelencia hasta nuevo aviso”.

Por último, dice: “Si la aparición de esta función nos hiciera demandar comunicaciones aceleradas, la pregunta sería más bien qué tipo de vínculos estábamos desplegando que ni siquiera ameritan el tiempo de una escucha a ritmo normal”.

La famosa “productividad” 

Pablo Fernández es periodista e investigador especializado en sociedad, innovación y manejo del tiempo. Respecto a WhatsApp, concede que “en realidad no está necesariamente mal, pero también se podrían haber hecho otras funciones que ayuden a que la gente viva un poco más tranquila, como programar chats”.

(Imagen: Sofia Ruscitti)

Como coautor de dos libros salvavidas para la inmersión digital –La fábrica del tiempo Cómo domar tus pantallas-, sus recomendaciones para la gestión del tiempo y el “detox digital” buscan ayudar a los usuarios a frenar la vorágine y repensar su relación con la tecnología. “Nosotros no proponemos desconectarte 100%, por motivos profesionales y personales. Esto está todo diseñado por gente que sabe mucho sobre el tema y que sabe qué botones tocar en nuestra cabeza para que nos enganchemos más”.

Al pensar en esa relación, Fernández opina que, por supuesto, la pandemia reforzó un uso que venía de antes. Y afirma: “Hay que salir de la inercia y hacer un uso más consciente de la tecnología. Es difícil, a veces cuesta, hay un montón de presiones, pero aunque sea hay que empezar a pensarlo y después accionar”.

¿Y entonces? 

Seguirán apareciendo actualizaciones, como la de WhatsApp, que dan cuenta de la relación dialéctica entre las necesidades de los usuarios y los intereses de la industria tech.

Hoy, la línea entre lo tecnológico y lo no tecnológico es muy difusa, casi como dos colores de plastilina que quieren diferenciarse, pero ya son un todo. Y las posibilidades técnicas son cada vez más y mejores, pero estas no tienen por qué forzar un tipo de relación entre las personas y sus dispositivos. En ese sentido, son varias las instancias de resistencia ante procesos que no se sientan sanos, siendo la cultura el principal diferenciador entre lo que será adoptado y lo que caerá en desuso.

Imagen de portada: Sofia Ruscitti.

(Tomado de latinta.com.ar)

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