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Abela y la caricatura de prensa en el siglo XX

Este 9 de noviembre se celebra el aniversario 56 de la desaparición física de uno de los más emblemáticos pintores y caricaturistas cubanos del siglo XX: Eduardo Abela Villareal, quien nació en San Antonio de los Baños el 3 de julio de 1891 y falleció en La Habana en 1965.

Abela trascendió a la prensa nacional a través de la creación de la caricatura de El Bobo, amén de sus emblemáticas pinturas sobre temas guajiros.

Este destacado artífice creció en el seno de una familia humilde, debido a lo cual desde la adolescencia se incorporó a la actividad laboral como tabaquero en su villa natal, región donde existían numerosas vegas y fábricas productoras del habano.

En estos sitios compartió espacio también con trabajadores canarios, que constituían la mayoría y radicaban en la zona. Gracias a esta labor pudo sufragar sus gastos y cooperar con la familia.

Al arribar a los 20 años de edad viajó a La Habana para matricularse en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, cuyos estudios apoyó luego, económicamente, a través de sus desempeños como caricaturista en importantes periódicos de la capital. Poco tiempo después visitó la ciudad de Granada, en España, donde realizó varios cuadros para algunas exposiciones en diferentes galerías y museos.

Regresó a Cuba en 1924, y comenzó de nuevo a realizar caricaturas humorísticas. Inmerso en la búsqueda de discursos diferentes, recordó entonces a un célebre personaje de la época colonial, quien alrededor del año 1895 publicaba sus artículos en el periódico La Semana bajo los seudónimos de El Bobo de Batabanó o El Bobo de la yuca, acompañados de caricaturas alusivas a estas figuras.

A partir de esta referencia, Albela dio riendas sueltas a su imaginación para concluir en una total transformación de la composición original y crear así, en 1926, la fisonomía definitiva de una caricatura a la que el pueblo puso por nombre El Bobo.

Entre idas y venidas, su prolífica actividad artística durante la década de los años 20 del pasado siglo, estuvo igualmente marcada por una obra pictórica basada en temas muy cubanos. Entre ellos destacan títulos como La comparsa, Camino de Regla y Los funerales de papá Montero.

Al recordar la génesis de El Bobo, el artista recordaba que este famoso personaje surgió una tarde en la mesa de un café de San Antonio de los Baños. La cara del hombre regordete simulaba la parte posterior de un busto de mujer; sin embargo, otros con profundo sentido picaresco lo asociaban con los glúteos femeninos. El alcance llegó hasta la década de los años 40 del pasado siglo y, generalmente, aludía a acontecimientos, figuras de la política y la sociedad, aunque tuvo otras semejanzas que más bien había que interpretar en los textos o los entornos de los discursos, pues su dibujo tenía un estilo más bien abstracto, sin que llegara a parecerse a alguien en particular.

Como personajes complementarios, asimismo, creó El profesor y El ahijado, los cuales formaban parte de una narración irónica con la que el artista criticaba, desde el lado del pueblo, a la dictadura de Gerardo Machado.

En 1927 estableció amistad con el ya reconocido periodista Alejo Carpentier, quien lo introdujo en el surrealismo y otras corrientes vanguardistas, a la vez que se vinculó a la Revista Avance en la que un grupo de pintores cubanos promovían lenguajes artísticos más modernos, en correspondencia con las tendencias occidentales. También participó en la Exposición de Arte Nuevo.

Después acometió lo que sería su primer gran aporte a la pintura cubana: la serie Afrocubana, creada en París en 1928. Al siguiente año regresó a La Habana y dejó de pintar para dedicarse, por completo, a las historias y críticas expresadas a través de El Bobo. En aquel momento contaba con cierto desahogo económico tras sus éxitos de venta en la afamada galería Zak, de París.

Entre sus frecuentes visitas a San Antonio de los Baños, y la activa carrera artística que desarrolló en la capital, el ya prestigioso pintor   volvió a la caricatura irónica para, a través de este medio de expresión en la prensa, incorporarse de nuevo a la campaña política contra Machado. En 1933, luego de la caída del dictador, cesó su labor periodística y con esta las incursiones de El Bobo.

En 1934, viajó a Italia, donde quedó impresionado por la pintura renacentista y ocupó responsabilidades en el Consulado de Cuba en Milán. Allí, además, hizo relaciones con los pintores primitivos, experiencia que, unida a la fuerte influencia ejercida en él por el muralismo mexicano, consolidó una breve y fértil etapa en su carrera conocida como clásica o criolla.

De ella surgieron sus conocidas obras Guajiros, Santa Fe, Los novios y Retrato de Carmen, su amada desde los años mozos.

En 1937 fundó el Estudio Libre de Pintura, que dio lugar, al decir de algunos especialistas, a una revolución en la plástica cubana por la calidad de los artistas que trabajaron en sus talleres.  La creación de ese espacio fue auspiciada por el gobierno de turno, con el fin de oponerse al academicismo de San Alejandro.

El Decreto que instituyó ese proyecto lo promovió Renee Méndez Capote, a la sazón directora de Bellas Artes, durante el llamado Gobierno de los Cien Días, que tuvo como presidente a Ramón Grau San Martín (septiembre de 1935-enero de 1936). Pero la falta de condiciones impidió su apertura.

Los alumnos que matricularon en el Estudio fueron escogidos entre aspirantes sin conocimientos previos de pintura y escultura. Constituyó así una forma de encausar sensibilidades artísticas. Contó con profesores de la talla de Jorge Arche, Romero Arciaga, Domingo Ravenet, Rita Longa, Mariano Rodríguez, René Portocarrero y el mismo Abela.

Posteriormente dejó de pintar por un tiempo durante el cual se dedicó, casi por completo, a la diplomacia y a la vida familiar. Atrás quedaron las épocas efervescentes de El Bobo, hasta que en 1941 trató de reanimarlo, un propósito que no fructificó. Para Abela, dibujar este personaje devino evocar un período de lucha por la libertad y la soberanía de la nación.

En el año 1949, mientras se desempeñaba como diplomático en Guatemala —luego de ocupar similar tarea en México, entre 1942 y 1945— ocurrió un terrible suceso que le trastornó por completo: el fallecimiento de su esposa. Sobre este suceso pintó en ese país, la obra El caos.

De igual forma realizó allí varias exposiciones y recibió, en 1947, el Premio Nacional de Pintura. En la nación centroamericana realizó un conjunto de trabajos que iniciaron la última y más amplia fase de su carrera artística.

Al concluir sus responsabilidades consulares en Guatemala, aún bajo el choque emocional por la pérdida de la madre de sus hijos, volvió a visitar París en 1951, donde permaneció por dos años. Durante este viaje, según aseguró, se produjo en él la “verdadera revelación del arte moderno” e imitó la manera de pintar de algunos de los maestros de la modernidad. Entre ellos, la del pintor alemán, nacido en Suiza, Paul Klee; pero con un discurso muy personal que alcanzó su auge después de regresar a Cuba, en 1954.

De vuelta a su tierra, Abela emprendió una valiosa y prolífica producción de obras, muchas de las cuales exhibió en diferentes salas de la capital. Tal es el caso de la que realizó un año antes de morir en la Galería de La Habana; en tanto prosiguió su carrera como diplomático después del triunfo de la Revolución Cubana con la que se identificó desde el primer momento.

Imagen destacada: Abela, dibujo de Isis de Lázaro.

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