fbpx
COLUMNISTAS

Libro que sigue cabalgando

Versión del texto escrito como epílogo para la edición iraní —con traducción al farsi del académico Mohammad Ghorbani— del libro de Arnold August Relaciones Cuba-EE.UU., presentada en Irán hoy, 4 de octubre de 2021. Reconocimiento particular para Mazmoon Books, casa editora que publicó la obra.

 

El autor canadiense Arnold August es crecientemente reconocido por sus contribuciones sobre Cuba y la hostilidad con que la asedian los gobernantes estadounidenses y las fuerzas que estos representan. Y no solo a sus sostenidas y acuciosas incursiones en el tema debe August ese reconocimiento, sino también o especialmente a la decidida toma de partido con que en ellas y en su actitud personal defiende la resistencia de Cuba, y de otros pueblos que sufren la mencionada hostilidad. Su toma de partido se cimienta a la vez en la pasión y en sólidos argumentos, y la ha mantenido igualmente ante la complicidad del gobierno de su país con las maniobras imperialistas, en particular contra la Venezuela bolivariana, otro de los focos primordiales de la atención y la solidaridad de August.

El acierto de este libro sobre las relaciones de Cuba y los Estados Unidos —marcadas por la agresividad del segundo de esos países contra el primero— lo han confirmado hechos fundamentales. Ha ocurrido así desde que el texto se escribió y tuvo su primera edición, hasta hoy, y en esa senda vale vaticinar que seguirá cabalgado con su adarga y sin tregua. Esa edición, en inglés, la preparó el autor cuando Barak Obama anunció que su administración daría pasos hacia un cambio significativo en los nexos entre ambas naciones. El impacto del anuncio se fundó, más que en la insuficiente consumación de esos pasos, en las esperanzas suscitadas, que en algunos intérpretes generaron ilusiones desmedidas, sin excluir las de índole tendenciosa. Para calzar la claridad del texto de Agust, esa edición apareció impresa en 2017, cuando ya Trump ocupaba la Casa Blanca, y a eso conciernen partes del contenido del libro y apunta el subtítulo, Obama and Beyond.

El mayor tino del autor fue no idealizar el papel de Obama, y mucho menos edulcorar —como algunos prefirieron hacer— la desfachatez imperial con que ese presidente proclamó que el bloqueo contra Cuba no había logrado sus fines, y era ya el momento de buscarlos con otros métodos, por otros caminos. Pese a todo el daño que le ha causado a Cuba el bloqueo —no mero embargo, aunque también esa modalidad injerencista sería criminal—, Obama dijo que no había alcanzado sus propósitos. De tal declaración ¿qué inferir sino que esos propósitos solo podrían realizarse plenamente con una Cuba aplastada y doblegada, forzada a renunciar a su marcha revolucionaria de independencia, soberanía, dignidad y justicia social?

Sobran razones para valorar las intenciones del reconocimiento de Obama de que el bloqueo estaba aislando a los Estados Unidos con respecto a los pueblos de la América Latina y el Caribe, envueltos en un apogeo progresista que sañudamente el imperio ha intentado y a veces conseguido revertir. En semejante contexto, anunciar que se avanzaría hacia la eliminación del bloqueo y se buscaría normalizar las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba —metas en pos de las cuales tampoco hizo Obama todo lo que tenía a su alcance— podía servir pérfidamente a los planes imperialistas. Les convenía crear una atmósfera que pudiera neutralizar la posición de principios con que Cuba se ha hecho respetar y ha influido en la región, y más allá de esta.

Huelga añadir que Cuba no cedería al hechizo de la zanahoria que se le ofrecía, pero el imperio se jugaba esa carta, así como en otras circunstancias ha acudido —y continúa acudiendo— a la agresividad desembozada. Es previsible, o visible, que no desestimará ninguna de esas opciones, sino que continuará empleándolas según calcule que le conviene para sus intereses. De hecho, el debate sobre cuál de esas opciones implementar, y cómo dosificarlas, tiene peso en las pugnas internas en los Estados Unidos, señaladamente entre los dos partidos que se reparten allí la presidencia y cuyas afinidades, esenciales, radican en los intereses clasistas que representan y hasta en los nombres con que se identifican, pleonásticos en gran medida: Demócrata y Republicano.

En cuanto a los peligros que los Estados Unidos encarnan no solo para los pueblos de las Américas, basta citar lo que su rapacidad imperialista ha significado para los de otros continentes, África en particular. A los logros emancipadores de pueblos africanos ha contribuido Cuba, mientras la administración Obama —como la han tenido otras de su país— tuvo hacia el conjunto de ese continente la conocida actitud criminal que la caracterizó. De eso da una prueba palmaria —no será la única— la genocida devastación de Libia.

Con respecto a Cuba —central en la clara visión de August—, Obama y su equipo se ubicaron tácticamente en las argucias de la “buena vecindad” promovida por el también demócrata Franklin Delano Roosevelt, presidente de los Estados Unidos de 1932 a 1945. Para ello plantearon fortalecer algo que no era nuevo, pero que en ese contexto alcanzaría una intensidad cada vez mayor: la guerra en el terreno de la cultura. John F. Kennedy, asimismo demócrata, y modelo reconocido por Obama, avizoró la utilidad de recursos de esa naturaleza junto con la manipulación económica.

Aleccionado por la derrota de los planes imperialistas en Girón, Kennedy aceleró los pasos para poner en marcha la denominada Alianza para el Progreso, dirigida a contrarrestar la influencia de Cuba en la América Latina y el Caribe y paralizar los ímpetus revolucionarios en el área. Se han dado a conocer incluso indicios de su intención de buscar con esos fines una política de “acercamiento” a Cuba, y en ello se ha visto la motivación de su asesinato, el 22 de noviembre de 1963, por fuerzas de la extrema derecha estadounidense, que en estos últimos años ha encabezado Donald Trump.

La edición, cubana, de la traducción al español del libro se imprimió en 2018, cuando ya era pertinente, más que prever, ir viendo —y atinadamente lo hizo August— cómo ese presidente pondría fin a las astucias de Obama y retomaría, para reforzarlas, la política más hostil de su país contra Cuba, y en general contra la América Latina y el Caribe, y contra el mundo todo. El subtítulo Obama and Beyond dio entonces paso al requerido por el contexto, ¿Qué ha cambiado?

En la misma senda, el autor actualizó el contenido de la edición iraní, atendiendo al funesto desempeño de Trump, que estaba finalizando cuando se escribió el presente texto, aunque —con enfermiza desvergüenza— el magnate político se negara a reconocer la derrota de su obsesivo afán de ser reelecto, y aún sus actos podrían seguir teniendo graves consecuencias. A esta edición le iría bien un subtítulo como ¿Qué perdura?, abarcador a la vez de lo que distingue a los Estados Unidos y de la firme resistencia de Cuba.

Mientras estos apuntes se escribían, las maniobras anticubanas del derrotado gobernante —de quien no cabe sino esperar todavía más horrores, sin ignorar lo que pueda seguir haciendo después de haber sido echado de la Casa Blanca— se mostraban enfiladas a dejarle a su sucesor, Joseph Biden, un camino minado por la rabia y el odio contra Cuba y su Revolución, para dificultarle retomar las tácticas de Obama, como el nuevo presidente anunciaba que haría.

Cuba, que no debe descuidar su defensa, y no la descuidará, tendrá presentes los sucesos de Playa Girón en abril de 1961, cuando enfrentó y derrotó la invasión mercenaria que la administración, demócrata, de Kennedy auspició en cumplimiento de planes que la administración, republicana, de Dwight D. Eisenhower le dejó en herencia. Firme en su decisión de lucha, Cuba ha derrotado las pretensiones de los doce césares que de 1959 para acá llegaron al fin de su mandato e intentaron doblegarla, y está decidida a lograr que la cifra aumente —va aumentando ya— hasta donde lo haga necesario la tozuda agresividad de la arrogante potencia.

La realidad ha ratificado las coincidencias medulares entre los dos partidos que capitalizan la política en los Estados Unidos, al servicio de los intereses económicos que dominan monstruosamente la poderosa nación. También sabe Cuba que las tácticas imperialistas se modifican y se enmascaran a conveniencia, no desaparecen.  Si en Girón esas tácticas consistían básicamente en crear una cabeza de playa para sus operaciones, así como incluyeron la diseminación de bandas de alzados terroristas en distintos sitios montañosos del país, que también fueron derrotadas, hoy pueden buscar y buscan otros reductos, preferentemente urbanos, donde instalar mercenarios.

Aunque los cañones materiales siguen usándose —como se comprueba en Palestina, Siria y Yemen, para solo mencionar tres ejemplos— en gran medida son remplazados por los de índole cultural, o anticultural,  en función de los llamados “golpes blandos”. Noticias sobre sucesos habaneros lo confirman, aunque sus protagonistas y quienes los financian estén llamados a una derrota más y esos lacayos del imperio hayan sido olvidados antes incluso de que la presente edición del libro de August comience a circular.

Los hechos que confirman la pertinacia de la política de saqueos en la orientación cardinal de los Estados Unidos se inscriben en relaciones geopolíticas de significación para el mundo entero. Dentro de tal complejidad la potencia imperialista le reserva un lugar relevante al país donde ahora sale nuevamente a la luz el libro de August, Irán, objeto de amenazas y “sanciones” que violan las leyes internacionales y, como es propio de los actos imperialistas, carecen de todo fundamento ético, aunque tengan quienes les hagan el juego.

A la vista, y acaso aún más fuera de ella, están las maniobras contra el derecho de Irán a usar la energía atómica con fines pacíficos, a lo que se opone con encono la única nación que la ha usado en flagrantes actos genocidas, como testimonian Hiroshima y Nagasaki. Se observan manejos que podrían dar paso a una guerra contra la nación persa, una conflagración promovida por los Estados Unidos con la ayuda de su aliado Israel en el afán por seguir controlando la región. Hay evidencias de que el gobierno de ese último país ha patrocinado el asesinato, cerca de Teherán, del científico iraní Mohsen Fakhrizadeh-Mahavadi, hecho precedido por una sombría reunión, en Arabia Saudita, de personajes tan siniestros como el jefe de la diplomacia de los Estados Unidos, el príncipe heredero de la mencionada satrapía monárquica y el primer ministro israelí.

Sería insensato pensar que Irán se quedará con los brazos cruzados frente a dicho asesinato, inmoral e ilegal desde todo punto de vista. Pero el gobierno iraní también sabe que el imperio busca fabricar pretextos para dar cauce bélico a sus pretensiones en el propio Irán, en Cuba, en Venezuela, en cualquier parte del mundo. No se trata solamente de un vaticinio, sino de la confirmación evidenciada por la conducta que históricamente ha caracterizado a las fuerzas dominantes de los Estados Unidos. De ahí la inteligencia con que los países amenazados y agredidos deben actuar para no caer en las trampas que el imperio les tiende.

Cada día resulta más ostensible la necesidad de una alianza internacional —con mayor precisión: internacionalista— para hacer frente a la potencia más depredadora que el mundo ha conocido, y cuya peligrosidad crece cuanto más palmarias son su descomposición y su decadencia, que Trump se encargó de hacer más visibles. Pero también la realidad de distintos pueblos muestra señales de que ellos no admiten los designios imperialistas. Lo corroboran, por ejemplo, la firmeza de Cuba y el retorno del Movimiento al Socialismo al gobierno de Bolivia después de un golpe de estado apoyado por el monstruo del Norte. Y estas páginas se escriben a la luz de una nueva victoria de la Venezuela bolivariana: las elecciones parlamentarias celebradas con plena garantía del funcionamiento democrático y en paz, y con resultados que expresan el arraigo popular del proyecto revolucionario, emancipador, fundado por Hugo Chávez, mientras en los Estados Unidos el impresentable Donald Trump se cocina en la rabia de su derrota y se ve dispuesto a seguir haciendo daño.

Al espíritu solidario que urge fomentar entre los pueblos frente a esa realidad, tributa asimismo el libro de Arnold August que ahora tiene su primera aparición en farsi.

(Imagen destacada: De izquierda a derecha, en la presentación del libro, el académico iraní Mohammad Ghorbani, quien tuvo a su cargo la traducción, y el embajador de Cuba en Irán, Alexis Bandrich Vega).

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Share via
Copy link
Powered by Social Snap