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COLUMNISTAS

La libertad de defender la nación

Cualquiera que ataque al Gobierno cubano dentro y fuera del país tendrá respaldo financiero, becas, viajes, apoyo para proyectos “artísticos”, investigaciones que demuestren los errores del socialismo y cobertura internacional desde Estados Unidos y otros lares.

Esos hechos palpables han contribuido a deformar la relación entre el Estado con los que disienten, se oponen, protestan y constitucionalmente tienen derecho a ser escuchados, tomados en cuenta siempre que acudan a los medios legales vigentes. También han condicionado muchos enfoques en todos los ámbitos comunicacionales y, entre ellos, el modo de hacer periodismo.

La tremenda anomalía de ser un país agredido, bloqueado y acosado por Estados Unidos —que nunca ha tenido recato en declarar que quiere acabar con el sistema gubernamental cubano— ha conducido asimismo a establecer leyes contra aquellos que, en prestación de servicios a ese enemigo voluntario, pretendan producir actos que dañen la estabilidad y sirvan de base para poner en riesgo la independencia nacional.

Los diferentes gobiernos estadounidenses se han servido de las inconformidades, que siempre existen, con justificación o no, las ha potenciado mayoritariamente para fomentar el caos social y luego “caer con esa fuerza más”, como diría José Martí, mediante invasiones militares. Y de ese modo, según los intereses económicos, hacerse de las riquezas de los países agredidos y cuando los abandonan militarmente, el desastre que abonaron permanece tal y como ocurre en Afganistán, Irak, Libia…

Cuando los chalecos amarillos se manifestaron durante meses en Francia, recibieron gases lacrimógenos, chorros de agua, golpes, encarcelamiento, pero ningún Estado europeo les dio dinero para que “tumbaran” al gobierno galo y no se armó ninguna alharaca internacional, ni sobre esas, ni tampoco contra las protestas diarias en todo el llamado mundo democrático, como sucedió en Chile y más reciente en Colombia.

Ese es un factor que ilustres académicos, filósofos por cuenta propia, sensibles psicólogos, humanistas conmovidos ante cualquier incidente en Cuba, deben tener en cuenta si pretenden ofrecer opiniones respetables. Cualquiera puede expresar lo que considera; sin embargo, nunca será respetable la superficialidad, el odio, la festinada intención de sobredimensionar los problemas reales de una sociedad en su momento más adverso para favorecer actuaciones impresentables a favor de quienes, de manera irresponsable   claman por destruir el orden existente sin la menor idea de lo que significaría para todas y todos.

Ante esa situación la prensa es un elemento esencial para exponer argumentos, develar motivaciones, señalar carencias que propician la confusión de unos, la falta de atención a problemas sociales acumulados, no sólo por las limitaciones objetivas del país, sino por la falta de estrategias comunicacionales, en el más estricto sentido, que propicien el entendimiento y asumir desde la base la libertad de defender la nación.

El reflejo en la prensa escrita, la radio, la televisión y las propias redes sociales acerca de las contradicciones que se viven en Cuba aupadas, sin dudas. desde el financiamiento exterior, son oportunas y airadas, pero repitiendo el esquema del discurso político que riposta en los términos que buscan los ¿disidentes?, ¿opositores? o ¿mercenarios?, muy contentos de que se les haya dado visibilidad en los medios oficiales, además de tenerla ampliamente en las redes sociales porque cuentan con gran apoyo para coparlas con sus mentiras, noticias falsas y una manera verdaderamente desvergonzada de expresarse en los términos más obscenos

Por supuesto que la mayoría de los integrantes de la prensa cubana no tiene vocación por el triunfalismo, ni la superficialidad, ni por crear confusiones; siempre ha aspirado a ser, al decir de Lenin, una polea de trasmisión entre los diversos escenarios de la realidad, los decisores y la ciudadanía.

No obstante,  constantemente encuentra el obstáculo de la conveniencia o no, en cada momento “histórico concreto” de hacer públicas ciertas zonas poco edificantes del decursar del funcionamiento del socialismo cubano, puesto que  los parciales observadores de la realidad nacional convierten en infierno cualquier conflicto, ineficiencia o malestar social  y culpan al sistema, mientras esos mismos hechos que ocurren en todos los países del mundo son valorados como normales o parte del juego democrático.

Si se revisitan los documentos de los congresos de la Unión de Periodistas de Cuba se apreciará el reclamo del gremio por un periodismo más cercano a la problemática de las realidades, más reflexivo, que investigue con profundidad.

De ellos emanaron resoluciones, acuerdos, propuestas que, por diversas causas, no alcanzaron a ejecutarse con la intensidad que se necesitaba y esa es otra de las razones, junto a la agresión exterior, de que haya florecido cierto espíritu de autocensura el cual  condiciona no abordar temas conflictivos, los que  evidencian procederes inadecuados, los que cuestionan demoras en respuestas, o mala aplicación de políticas, por citar algunos ejemplos, aunque  existen notables muestras también de quienes asumen los riesgos.

En realidad, el acoso, el asedio, las agresiones generan no pocas deformaciones. Una muy significativa es ver la crítica a deficiencias como crítica a la Revolución; un concepto equivocado que concedió patente de corso e inmunidad a no pocas irregularidades que luego llegaron a casos extremos y fue necesario destituir o sancionar.   Ese equívoco propició a los enemigos de la Revolución que fueran ellos los reveladores de verdades incómodas que, por supuesto, siempre han sido manipuladas.

Visto con objetividad, el discurrir de la vida en Cuba y por ende su reflejo en la prensa, ha tenido exigencias muy particulares entre la obligada defensa del proyecto socialista y el enfrentamiento a los problemas y limitaciones impuestos desde fuera, más errores de aprendizaje en la edificación de un sistema nuevo frente a los modos tradicionales de estructurar una sociedad.

El surgimiento de Internet, las redes sociales y nuevos soportes para la comunicación, suponen un supra desafío para toda la prensa en medio de una situación nacional agravada durante la administración Trump y sus medidas extremas, alentadoras de una verdadera guerra ciberespacial contra Cuba que agrupa a una variopinta soldadesca, con un diapasón que abarca desde muy elementales opinantes a ciertos sectores académicos y profesionales.

Cualquiera escribe un post sobre determinado asunto, denuncia un incidente sin tener la menor comprobación de lo que dice y no pocos repiten un patrón instruido para denigrar cualquier cosa en Cuba. Por supuesto, los frívolos agresores no tienen problemas de conexión, ni de datos móviles, pues se los pagan, y como se adelantan muchas veces a las informaciones oficiales logran llamar la atención, el morbo, la curiosidad de no pocos dentro del país y en otros del mundo, que tienen como sentido de sus vidas estar conectados y al tanto de cuanto “brete” se arme.

Estamos nuevamente ante una pelea cubana contra los demonios, sin óptimas condiciones tecnológicas, aunque, pueden ser trascendida aprovechando cada espacio entre los muchos que tenemos disponibles para responder inteligentemente sin dar lugar al escarceo o a los dimes y diretes. Uno de los aspectos que debe tomarse en cuenta es qué lenguaje emplear, cómo decir más con menos, cómo ser profundos y sintéticos para llegar a la mayor diversidad de públicos, a los nativos digitales, porque lo que solemos hacer es trasladar a las nuevas tecnologías las mismas estructuras discursivas de los medios tradicionales.

Es una batalla difícil que requiere saber usar el derecho a la libertad de defender la nación, con nuevas armas, nuevos recursos, nuevos lenguajes, frente a las tendencias reduccionistas, simplificadoras que están llevando a  una buena parte de los terrícolas a usar cada vez menos la capacidad instalada para pensar, discernir, distinguir y ser agentes transformadores y no consumidores pasivos en una burbuja digital que engañosamente les hace creer que son más libres debido a que  escriben o dicen los que se le antoja.

Es otro mundo, comunicacionalmente hablando, sobre todo para las nuevas generaciones entre las que existe una tendencia cuestionadora a todo lo establecido antes de la era digital; otra que está absolutamente enredada en las mayores tonterías y frivolidad y una más que todavía conserva la curiosidad por saber.

Vivimos momentos cruciales de la sociedad cubana, de la civilización en términos globales; sin embargo, en la prensa del país hay talento y profesionalidad para hacer una eficiente labor en circunstancias tan difíciles. Sólo debe ser liberada de regulaciones obsoletas, y empezar a utilizar llamados que digan “este medio no es responsable de las opiniones que en él se viertan”, porque una de las limitaciones de nuestro periodismo es que toda opinión que manifiesta se entiende como oficial, lo cual, sin dudas limita en extremos las ventajas posibles de la opinión propia.

Soledad Cruz Guerra
Soledad Cruz Guerra
Periodista, ensayista y escritora cubana. Trabajó en Juventud Rebelde como una de sus más sobresalientes articulistas. Fue la representante Cuba en la UNESCO.

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