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De Historia, periodismo y literatura: el arte de narrar

No parece ocioso afirmar que un hecho o un acontecimiento, objetivo o subjuntivo, adquiere su dimensión “real” más cabal y acaso más completa gracias a su narración, al hecho de contarlo. En las palabras de la Historia, el cuento, la crónica, la novela, la ficción o reportaje (incluso en la tradición oral), etcétera, el mundo nos alcanza y nos toca. Este artículo nos invita a reflexionar sobre esta antigua realidad simple y contundente.

En medio de la noche y rodeado de gente que lo escucha atenta y absorta sentada alrededor de una fogata; también, caminando junto a un ejército de conquistadores que avanza decidido a destruir una ciudad y a fundar otra; recluido en un monasterio por voluntad propia, por voluntad de saber; diseñando las identidades de una república nueva; explorando selvas y mares o contando la subjetividad moderna, los accidentes del poder y de la sexualidad; escribiendo en los periódicos y en las redes sociales, en ocasiones profundizando en el conocimiento de guerrilleros y de narcotraficantes o de gente como cualquier otra… Lo cierto es que junto a cada acontecimiento vital de un país o de un continente, al lado de los protagonistas principales, aparece otro personaje, a veces discreto, a veces altivo, que observa con atención y sentimiento aquello que le rodea, después lo registra y, cuando encuentra tiempo, se lo cuenta a gente que tal vez no conoce ni conocerá nunca.

Es la voluntad de narrar la que permanece en el tiempo, la que habita a veces en un hombre como Bernal Díaz del Castillo, a veces en una mujer como sor Juana Inés de la Cruz; a veces en un periodista como Ryszard Kapuscinski, a veces en un novelista como Carlos Fuentes o como Truman Capote que, en A sangre fría, unió al novelista con el periodista. Es esa voluntad de narrar, que adquiere diversas formas, la que nos demuestra que la vida no basta con vivirla, que necesitamos asimilarla y expresarla, que intentamos entenderla e interpretarla por medio de libros, artículos de periódico, crónicas, ensayos, novelas que unas personas escriben y otras leen.

Tal y como sabemos, las cosas nunca aparecen como son; dicho de otro modo, la historia no se cuenta sola, no hay una vía directa hacia la realidad; en su comprensión y exposición participa gente atravesada por sus propias sensibilidades y limitaciones, sus posiciones subjetivas, políticas, de género, y cada una de ellas escoge la forma narrativa que mejor se ajusta a sus intereses y talentos.

Antes de la escritura ya existían los narradores, contadores de historias que conservaron la memoria de sus pueblos, de sus naciones, seres que ahora nos parecen mitológicos y que en su esencia no se diferencian mucho de los grandes novelistas modernos. Acerca de esos narradores orales, dice Walter Benjamin que algunos venían de lugares distantes cargando en su mochila visiones sorprendentes, imágenes fantásticas que alborotaron la mente de sus receptores y otros, por el contrario, nunca salieron de su pueblo y gracias a ello conocían los secretos más íntimos de distintas generaciones, cosas también insólitas para quienes los escucharon.

La historia no es “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia”, sino que tiene una cierta racionalidad, eso sí, una que nosotros le otorgamos desde nuestro lugar, único e intransferible, de novelistas, historiadores, filósofos, cronistas.

Formas de contar

Los relatos historiográficos buscan revivir tiempos idos mediante el estudio riguroso de fuentes fidedignas, para lo cual siguen la lógica indiciaria; a los historiadores les pesa el mandato de la objetividad, se sienten obligados a demostrar que es cierto y comprobable todo aquello que narran. En su afán de ser aceptados por las ciencias naturales tienden a excluir el “yo”; algunos de ellos han despreciado a la literatura, las bellas letras, la novela.

Por su parte, los cronistas se ven subyugados por la realidad; al igual que a los historiadores, les pesa la correspondencia entre lo narrado y lo ocurrido. Sin embargo, las técnicas narrativas de cuentistas y novelistas les permiten acercar a los lectores con mayor vivacidad a esas aventuras y tribulaciones que cuentan; entonces seguimos sus relatos “reales” como si estuviéramos sumergidos en la mejor de las novelas.

Y es la novela el género en el cual sus autores tienen mayor libertad para mentir con conocimiento de causa, para fingir tiempos, personajes y espacios que nos conectan con otra verdad, con la verdad subjetiva, con el corazón de una época, con las pasiones de hombres y mujeres hechos de palabras y que, a pesar de ello, en sus acciones, ya sea en las llanuras de la Mancha, en las estepas rusas, en los mares de la Tierra o en las ciudades latinoamericanas, nos revelan secretos de nuestra propia personalidad o de la de gente que conocimos; intimidades de nuestra sociedad o de sociedades remotas.

Con el paso del tiempo cada una de esas narraciones, en el género que estén contadas, llegan a ser huellas, vestigios y recuerdos de lo que una vez fue o pudo haber sido. Como dice Theodor w. Adorno, son expresiones subjetivas de antagonismos sociales. Y nosotros, ya sea que estemos en nuestras casas protegiéndonos de un virus o dejando pasar la tarde desde un café de ciudad, seguimos en libros o en pantallas historias que por suerte todavía espantan la soledad, despiertan la imaginación y de paso comprueban que, a pesar de todo, la voluntad de narrar sigue vivita y cabalgando por todo el ancho mundo.

*San José, Costa Rica, 1975. Es autor, entre otros títulos, de la novela Greytown; del libro de artículos y ensayos sobre asuntos literarios Con el lápiz en la mano, así como el ensayo La Boca, el Monte y las novelas. Una mirada literaria a la ciudad de San José.

Tomado de: La Jornada Semanal

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