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Máximo Gómez y la “…probable ingratitud de los hombres”

A mi padre.

 

Cuando alguien escribe un diario, realiza anotaciones de índole personal; el resultante de esos apuntes no constituye “un expediente del entendimiento intersubjetivo y público”[i] o sea que, un auténtico diario está redactado para uso de quien lo escribe y su texto elude la condición más universal de la literatura: la intención de comunicarse con otro.

Un diario personal reúne una serie de características que podrían ser: a) incoherencia a nivel textual; b) referencias a situaciones vitales concretas; c) revelaciones oníricas “inconfesables”; d) información abreviada; e) uso de claves y símbolos comprensibles que no cumplen con el concepto de totalidad, además de ser un texto documental y descriptivo, carente de ficción.

También está el diario literario, relacionado con lo biográfico y nacido de la intención de comunicar algo y que se ganó un puesto en la literatura en los  siglos XVII – XVIII, y que de manera fragmentaria cuenta situaciones y sucesos que han aportado saber a la vida de políticos, personajes históricos y literarios[ii].

El que nos ocupa es un diario no literario, este tiene una estructura lingüística en la que es perceptible cómo se reacciona ante la realidad, es un reflejo del pensamiento y de los sentimientos de su autor, constituye el producto de su autoconsciencia y no es un texto en el que se constata de manera neutral la visión del mundo.

Ambrosio Fornet, un importante crítico literario cubano, creó el término “literatura de campaña” para aglutinar y dar coherencia a los estudios de los textos que fueron escritos por los patriotas cubanos durante las campañas para alcanzar la independencia, estos realizaron apuntes personales que aportaron conocimientos a importantes hechos de nuestra historia, muy singularmente, lo es el Diario de campaña de Máximo Gómez Báez, General en Jefe de la gesta independentista cubana.

Nació Gómez el 18 de noviembre de 1836 en la República Dominicana; a los 16 años se unió al ejército de su país en la lucha contra las invasiones haitianas y obtiene el grado de Alférez. Durante la reanexión de Santo Domingo a España ingresó voluntario en el Ejército español y, entre 1863-1865, combatió contra las tropas independentistas. Tras su victoria se trasladó con su madre y sus hermanas a Cuba y se dedicó a las labores agrícolas en Bayamo.

El 16 de octubre de 1868 se sumó a la revolución y el 25 de octubre, dirigió la Primera Carga al Machete. El Presidente Carlos Manuel de Céspedes, por sus conocimientos militares y su valentía lo ascendió a Mayor General. Se casó en la manigua con Bernarda del Toro.

Combatió a las órdenes del general Donato Mármol, de quien fue segundo al mando, y al morir este en 1870, asumió el mando de la División de Cuba (Oriente). Encabezó la invasión a Las Villas para llevar la guerra al centro y el occidente. En 1871, Céspedes le designó al frente del ejército que invadió Guantánamo y en 1872 lo destituyó por un malentendido. Al morir el Mayor General Ignacio Agramonte, en 1873, se le designó Jefe del Ejército de Puerto Príncipe (Camagüey).

El General en Jefe fue conocido por su severidad y su conducta desinteresada, además de por tratar de alejarse de los asuntos políticos; recalcó siempre que no era cubano, a pesar de sus extraordinarios servicios a Cuba.

Nos dejó Gómez sus brillantes campañas militares[iii] y entre otras, esta atinada reflexión, realizada a raíz del comportamiento del Comandante José M. Villa, que no era de su tropa, y que quiero compartir con los lectores: El que gobierna y manda debe tener mucho cuidado de no cometer ningún acto de debilidad, que menoscabe en sus manos la cantidad de poder que se le ha confiado; tampoco debe ejecutar actos arbitrarios, pero en el último caso, y en determinadas circunstancias, como por ejemplo, por las que atraviesa hoy la guerra de Cuba, es preferible un Gefe arbitrario que débil o falto de carácter. Los males que pudieran producir los procedimientos del primero serían de consecuencias personales; le harían daño a su persona, es lo más; pero los trastornos que sobrevendrían de los procedimientos del segundo, ¡ah! Esos serán siempre desastrosos, porque afectarían a todo el cuerpo social.

A la sombra de una autoridad débil, sólo medran los osados, lo atrevidos, que en las Revoluciones, por desgracia no son los menos, y se ven desdeñados y desatendidos los virtuosos, los moderados, los de espíritu manso[iv].

A la luz de está anotación resalto dos conclusiones. Las cosas del pasado no son distracciones y muchas veces sirven para comprender el presente. El detentar el poder no significa poseer autoridad, esta se gana con el trabajo y con el ejercicio de la misma, requiere de una compleja operación de retroalimentación, de aceptación; y la Historia demuestra que ni se hereda, ni se transfiere.

Una lectura a su diario[v] (en todas las citas se mantiene la grafía del mismo) nos devela su personalidad, su sobriedad y sus más íntimos sentimientos. Sus apuntes son escuetos y concisos, no se regodea en descripciones, al punto que, al morir su hijo Andrés consigna en el texto: Falleció Andresito, el 4 de enero de 1873. Quien lo escribe realiza una especie de autorreflexión confesional, si cabe el uso de la paráfrasis, y se centra en sí mismo, donde un temperamento particular, el de Gómez en este caso, de manera consciente muestra su inconsciente, muestra su conocimiento y percepción psicológica de los hechos sobre los que se detiene.

Durante la lectura del texto del General Gómez se hacen visibles las “decepciones” que, a partir de las incomprensiones lógicas que se producen en el desarrollo de la guerra y de la vida va analizando; por ejemplo, al ser destituido del mando de las tropas que comanda al invadir Guantánamo escribe, el 8 de junio de 1872: El Gobierno se cree que yo no cumpliré mi oferta, (se refiere a la de enviar hombres para asegurar los convoyes, de los cuales no dispone) …–por ese motivo soy depuesto- en momento en que lleno de entusiasmo y bullendo en mi mente el plan para un movimiento que me promete reputación y gloria, marcho al frente de 400 hombres…; y continúa en otro párrafo: Este paso me ha traído el desengaño, y pienso que los hombres que componen el Gobierno de Cuba, no están a la altura de la revolución y con ellos no podrá triunfar ésta, pues matan las aspiraciones del Ejército y carecen absolutamente de tacto para desenvolverse en las cuestiones de poca entidad[vi].

Víspera de los acontecimientos del Zanjón anota el último día de 1877: … se concluye el año, uno de los más funestos para la revolución de Cuba –pues además de la terrible campaña que sostiene el General español (Arsenio) Martínez Campos[vii], con sus grandes recursos de hombres y dinero, los cubanos divididos y en desacuerdo han impreso un sello de debilidad y decadencia a la revolución que será muy difícil encarrilarlo por una vía segura a su triunfo-. Yo por mi parte debo creer que he concluido ya de representar mi papel en este sangriento drama, pues despreciado y zaherido, por decirlo así, por los cubanos, desde los acontecimientos de las Villas y últimamente por los de Holguín, debo para no parecer temerario y ambicioso abandonar una causa, que tantos desengaños y amarguras me han traído[viii].

Tras la firma del Pacto, va a conferenciar con el General Antonio Maceo para explicarle sus puntos de vista, y sólo después de hacer esto, sin recibir una sola de las “pingues ofertas de dinero y destinos de importancia en la Isla” que le hace Martínez Campos, el 28 de febrero de 1878, aborda al vapor Junco y comienza su peregrinar para abandonar Cuba.

El 11 de marzo escribe: Mi situación es tristísima…, la emigración cubana residente (en Kingston, Jamaica) me acusa de que yo soy el causante del Convenio del Zanjón-[ix]… He salido pobre de la guerra –un miserable, hoy no tengo ni un pedazo de pan para los míos y ni salud para poder trabajar con esperanzas[x][xi].

El respeto, el cariño y la confianza que desarrolló Gómez por Martí no fue “amor a primera vista”. Entre el 1 y el 23 de octubre de 1884 aparecen las siguientes notas que nos describen los sentimientos del General en Jefe: He sufrido en New York lo que no me esperaba… Mi decepción ha sido tristísima porque sólo los cubanos pobres son los dispuestos al sacrificio.

 Agregaré a eso que no falta alguien, como José Martí, que le tenga miedo a la dictadura, i que cuando más dispuesto lo creía se retiró de mi lado furioso según carta suya insultante, que conservo, porque no dejándole yo, inmiscuirse en los asuntos del plan general de la revolución,… se ha creído que yo pretendo ser un dictador…[xii].

La carta en cuestión es harto conocida, la escribe Martí dos días después de haberse reunido con Gómez, en ese encuentro el General le pone al corriente del llamado “Plan Gómez –Maceo”; está fechada en Nueva York el 20 de octubre, por esos misterios místicos de las fechas, y comienza: Salí en la mañana del sábado de la casa de Vd. con una impresión tan penosa, que he querido dejarla reposar dos días, …, y más adelante continúa: …-¡qué pena me da tener que decir estas cosas a un hombre a quien creo sincero y bueno, y en quien existen cualidades notables para llegar a ser verdaderamente grande!- Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que Vd. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente; y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.

Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento; …¿qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?, ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él? ¿La fama que ganaron Vds. en una empresa, la fama de valor, lealtad y prudencia, van a perderla en otra?…[xiii].

Sólo alguien dotado de muy altas convicciones personales, como José Martí, era capaz de dirigirse a un hombre del prestigio de Gómez para señalar, sin temor ninguno, los peligros que enfrentaría la Patria fundada sobre la base de una dictadura de ordeno y mando.

El fracaso de su plan conjunto con Antonio Maceo le hace escribir unas duras palabras en las que lo enjuicia: En medio de todas estas dificultades y desgracias, me faltaba recoger un nuevo desengaño en la amistad del General Maceo. El asunto en cuestión versa sobre gastos realizados por el general Antonio, que Gómez considera innecesarios. Apunta también más adelante en su dolor: No me ha sorprendido esta conducta del General Maceo –pues hace tiempo que sospecho que parece que de un tiempo a esta parte y por las ovaciones de que fué objeto por Cayo Hueso y aquellas partes de los Estados Unidos- se ha acrecentado en él un amor propio mal entendido…[xiv].

Con fecha 15 de enero de 1892 aparece una anotación en la que se percibe un cierto cambio de estilo, abandonando el sombrío que se percibe en el texto con anterioridad: El orador o tribuno cubano, José Martí, toma la iniciativa[xv], y  agrega el 11 de septiembre: Llega aquí, a la “Reforma”, el señor José Martí, Delegado del Partido Revolucionario Cubano, que viene a conferenciar conmigo sobre asuntos de la misma Revolución que organiza… Este mismo señor José Martí, hombre inteligente y perseverante, defensor de la libertad de su Patria, fue uno de los que con mayor entusiasmo se puso a mi lado, cuando en el 86 estuve al frente del movimiento que tratábamos de iniciar. Pero Martí se disgustó; parece que por no estar de acuerdo con los métodos que nosotros empleábamos, y me dio la espalda.

Su retirada, contribuyó bastante a acelerar el fracaso que al fin sufrimos…

Muchos cubanos prominentes de nuestro Partido, con aparente razón temían que ahora, guardando yo algún resentimiento de Martí, por su conducta pasada, negase a la Revolución que él trata de resucitar, mi apoyo moral y todos mis servicios.

No debe ser así, pues Martí viene a nombre de Cuba, anda predicando los dolores de la Patria, enseña sus cadenas, pide dinero para comprar armas… ¿por qué dudar de la honradez política de Martí?…

Así pués Martí ha encontrado mis brazos abiertos para él, y mi corazón, como siempre, dispuesto para Cuba[xvi].

Martí era portador de la siguiente carta: “El Partido Revolucionario Cubano viene hoy a rogar a usted que, repitiendo su sacrificio, ayude a la Revolución, como encargado supremo del ramo de la guerra, a organizar, dentro y fuera de la Isla, el Ejército Libertador (…) Yo ofrezco a usted, sin temor de negativa, este nuevo trabajo hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer de su sacrificio y la ingratitud probable de los hombres…”[xvii].

Ya en Cuba, tras el desembarco por Playitas de Cajobabo, y el arribo de Maceo y otros jefes por Duaba, se imponía un encuentro entre los tres máximos responsables de la Revolución, las anotaciones realizadas por Gómez en su diario, dan cuenta de lo ocurrido entre los días 3 y 6 de mayo de 1895, escribe: No hemos podido vernos con el General Antonio Maceo pues ha salido en operaciones –y como nuestra presencia es necesaria en el Centro, después de dejarle instrucciones para todo, continuamos.

Día 5, nos movimos por el Triunfo almorzando en el Ingenio… (La Mejorana) en unión del General Antonio Maceo, cuyo Gefe encontramos por aquí, sin que anduviese en operaciones, según nos había anunciado.

Después, y como a eso de las 4 de la tarde nos condujo a las afueras de su campamento, en donde pernoctamos solos y desamparados, apenas escoltados por 20 hombres bisoños y mal armados.

Día 6, al marchar rumbo hacia Bayamo, confusos y abismados con la conducta del general Antonio Maceo, nos tropezamos con una de las avanzadas de su campamento de más de dos mil hombres y fuerza nos fué entrar. El General se disculpó como pudo, nosotros no hicimos caso de las disculpas como lo habíamos hecho del desaire y nuestra amarga decepción de la víspera quedó curada con el entusiasmo y respeto con que fuimos recibidos y vitoreados por aquellas tropas[xviii].

Lo anterior es todo lo que anota Gómez acerca del encuentro en La Mejorana, Martí, en cambio, nos da una versión más completa, la hace en su diario con fecha del 5 de mayo y reflejan la tensa discusión acaecida: Maceo y Gómez hablan bajo, cerca de mí: me llaman a poco, allí en el portal: que Maceo tiene otro pensamiento de gobierno: una junta de los generales con mando, por sus representantes, –y una Secretaría General– (…) Nos vamos a un cuarto a hablar. No puedo desenredarle a Maceo la conversación: “¿Pero V. se queda conmigo o se va con Gómez?” Y me habla, cortándome las palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo, y su representante[xix].

Todas las contradicciones de las guerras anteriores entre los poderes militar y  civil pasan como una película por la mente del General Antonio Maceo, para quien la guerra se gana sin interferencias de los civiles. Su punto de vista era ganar la guerra contra el poder español y después, pensar en la existencia de un gobierno civil. Martí aspiraba a un equilibrio del poder, y a estas alturas, Gómez era ya un convencido por la ideas del Apóstol.

Una carta de Maceo a Gómez, fechada el 16 de junio de 1895, confirma que la discusión en torno a la formación de una Asamblea había sido uno de los asuntos centrales debatidos en el Ingenio; en el texto Maceo le recordaba a su Jefe: “…la última vez que nos vimos usted, Martí y yo, creía un poco prematuro la formación del gobierno, pero hoy lo exige la pujanza de la revolución”[xx].

Otro asunto que disgustaba a Maceo era la designación del General Flor Crombet al frente de la expedición en la que habían viajado desde Costa Rica, por este hecho Maceo y Flor se habían retado a duelo, al terminar la guerra. Martí explica en su diario: “Lo veo herido, “–lo quiero –me dice– menos de lo que lo quería–” por su reducción a Flor en el encargo de la expedición, y gasto de sus dineros”[xxi].

En el texto del Diario de Gómez, la muerte de Martí es puesta en duda por el General Gómez. En la primera anotación reza: “…cayó herido o muerto”. Envía el día 20 de mayo a su ayudante Ramón Garriga con una carta para el jefe de la columna enemiga a indagar sobre el estado de Martí. El coronel español Jiménez de Sandoval le responde que “va herido y bien atendido”. El día 21 da por cierta la noticia, la columna española entró en Remanganagua[xxii] y Martí es muerto y separada su cabeza[xxiii].

Pero a mi juicio, el texto más sentido sobre Martí de Gómez está escrito a Fermín Valdés Domínguez, en una carta, tras ser develado el monumento a nuestro Héroe Nacional en el Parque Central y dice: “En medio de aquel alborozo de un pueblo reverente ante la memoria de José Martí, no tuve yo la culpa de que una lágrima rodase por mi mejilla. Y eso que nadie lo supo conocer tanto como sus últimos compañeros que el cielo le deparara, a última hora. Conocieron a Martí como un intelectual de primera magnitud, pero muy pocos, como lo conocí yo, conocieron a Martí como un hombre de primera fuerza. Y cuidado que yo soy hombre que veo muy pocas cosas dignas de admiración en este planeta que vivimos”[xxiv].

 La muerte de su hijo Francisco Gómez Toro conmueve al férreo General: Día 16 de Diciembre de 1896. En Faustino, Camaguey. El más triste para mí. Me despierta la noticia de la muerte de mi hijo Pancho y del General Antonio Maceo, ocurrida en Punta Brava, Provincia de la Habana. El día 7 del actual[xxv]. Pero su dolor continúa en las anotaciones realizadas los días 27 y 28 de diciembre: “…recibo la confirmación oficial de la muerte de mi amado hijo y del general Antonio Maceo.

 ¡Triste muy triste, más que triste desgraciado ha sido para mí, el año 96![xxvi].

El 12 de enero de 1897 escribe que ha recibido una copia del periódico “La Correspondencia” con detalles sobre la muerte de su hijo: El práctico Santana, debió darle el machetazo a mi hijo Pancho para rematarlo, pues quizás lo vió moviéndose aun[xxvii].

Y a pesar de las duras palabras con las que pudo haber juzgado en su diario al General Antonio Maceo[xxviii]; el respeto y el reconocimiento a su valor están presentes en la carta que escribe a María Cabrales, la viuda de Maceo, con fecha 1 de enero de 1897, en ocasión de la muerte del General: “Con la desaparición de ese hombre extraordinario, pierde usted el dulce compañero de su vida, pierdo yo al más ilustre y al más bravo de mis amigos y pierde en fin el Ejército Libertador a la figura más excelsa de la revolución. Usted que puede -sin sonrojarse ni sonrojar a nadie-, entregarse a los inefables desbordes del dolor, llore, llore, María, por ambos, por usted y por mí…”[xxix].

Al invadir los norteamericanos Cuba, el general Gómez estaba en La Villas a punto retornar a La Habana para tomar la ciudad. Su reacción ante la prohibición a las tropas cubanas al mando de Calixto García de entrar a Santiago de Cuba fue muy airada; pero no hizo nada por no sentirse con los derechos de un cubano. Al terminar la guerra llega a la capital, vivió en la Quinta de los Molinos, lugar en el que fue recibido por una multitudinaria manifestación de simpatía popular.

El 12 de marzo de 1899, la Asamblea del Cerro acordó la destitución de Máximo Gómez como General en Jefe del Ejército Libertador, y la eliminación definitiva del cargo. Las discrepancias habían llegado a su clímax y se resquebrajó la imprescindible unidad.

El pueblo, en respuesta, salió a las calles bajo las consignas: “Abajo los asambleístas” y “Viva Máximo Gómez”. Días después la Asamblea se disuelve bajo las presiones populares, quedaba así el pueblo de Cuba sin representante ante las injerencias estadounidenses.

No podía Máximo Gómez ser candidato a la presidencia en las elecciones de 1902 por su condición de extranjero, en las mismas se postulaba Tomás Estrada Palma, a quien apoyó porque venía con todo el “barniz” de haber sucedido a Martí como Delegado del Partido Revolucionario Cubano; pero cuando Estrada Palma decidió intentar la reelección presidencial inmediata, en 1906, Gómez inició una campaña en su contra.

Durante su recorrido por la Isla, al saludar a miles de cubanos, una lesión en la mano se le infectó y le provocó una septicemia. Su estado de salud se deterioró de manera acelerada, durante el traslado hacia La Habana fue intervenido quirúrgicamente en 2 ocasiones. No se recuperó, y murió el 17 de junio de 1905, a los 69 años, en una casa prestada, situada en la esquina de las actuales calles de 5ta y D en el Vedado. Una placa recuerda el hecho y la casa está muy deteriorada.

¿Qué hizo al Generalísimo, que recibió todo el amor y el respeto del pueblo, sentirse por momentos traicionado y dudar del cariño de los hombres que lo rodeaban? ¿Fue su orgullo, su dignidad o el alto concepto que siempre tuvo de sí? Una barrera aparece siempre: Yo no debo olvidar nunca que yo no soy cubano[xxx].

Su tumba no tiene fechas ni nombre, solamente es identificable por quien reconozca el rostro del Generalísimo. Un rostro anónimo para el turista que visita al cementerio habanero. Tampoco tienen inscripción los dos nichos que la integran. Un historiador amigo dice que no hace falta y que nunca hará falta, ¡ojalá así sea!

Ningún homenaje a Máximo Gómez Báez será suficiente, sólo la gratitud del pueblo de Cuba a sus actos podrá, en algo, recompensar sus servicios.

Imagen de portada: obra de Leo de Lázaro, relieve de hormigón.

 

[i] Ver a Picard, Halas Rudolf: El diario como género entre lo íntimo y lo público en www.cervantesvirtual.com

[ii] Ver en Cano Calderón, Amelia: El diario en la Literatura. Estudio de su tipología. Anales de Filología hispánica, vol. 3, 19l\7, págs. 53-60

[iii] Gómez ganó importantes batallas de La Sacra, Palo Seco, Naranjo, Mojacasabe y Las Guásimas, la más grande de la Guerra de los Diez Años. Entre 1895 y 1898 llevó a cabo en Camaguey la llamada  “Campaña Circular”; su paso por Las Villas fue todo un éxito, cruza la Trocha de Júcaro a Morón, un sistema de alambradas, puestos militares y fortines que los españoles habían declarado inexpugnable[iii]. En Matanzas realizó su célebre “Lazo de la Invasión”. En La Habana se movía en cuadriláteros, 2 o 3 kilómetros de lado, esta maniobra dejó atónitos a los veteranos y expertos generales españoles que habían combatido en Europa y África.

[iv] IDEM pág. 327

[v] Uso la edición publicada por el Instituto del Libro, en ocasión del Centenario del inicio de las guerras de Independencia, de 1968 y que contiene el Diario de Campaña de José Martí. La edición estuvo a cargo de Fernando Rico Galán y el diseño es de Esteban Ayala.

[vi] Diario de Campaña de Máximo Gómez, pág 29

[vii] Vivió entre 1831-1900. En 1874 ayuda a reinstaurar la dinastía de los Borbones en España. Fue jefe de Operaciones militares en Cuba entre 1869-1870 y 1876-1878. Fue Gobernador de Cuba y Capitán General en 1878-1879 y 1895-1896. Fue Presidente del Consejo de Ministros de España y Ministro de la Guerra en 1879.

[viii] IDEM pág. 133

[ix] IDEM pág.144

[x] IDEM pág.145

[xi] En 1879 hasta 1884 residió en Honduras, el gobierno del Presidente Marco Aurelio Soto le reconoció como General de División; también lo hizo en Costa Rica.

[xii] IDEM pág.180

[xiii] Ver en poderdelasideas.org

[xiv] IDEM pág. 215

[xv] IDEM pág. 261

[xvi] IDEM págs. 263-264

[xvii] www.josemarti.cu

[xviii] IDEM págs. 281-282

[xix] Diario de Campaña de José Martí en Diario de Campaña de Máximo Gómez, págs. 390-391. La Habana, Instituto del Libro 1968

[xx] Ver en Ibarra, Jorge: José Martí, dirigente, político e ideólogo, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2008, p. 158

[xxi] Diario de Campaña de José Martí en Diario de Campaña de Máximo Gómez, pág. 391. La Habana, Instituto del Libro 1968

[xxii] Ver Santos, Kaloian. Peregrinaje de un Apóstol hacia su morada final. https://oncubanews.com/canaldigital/galerias/por-el-camino/peregrinaje-de-un-apostol-hacia-su-morada-final/?fbclid=IwAR10Nf-yMs8XRzGjcrXuXALdRv0_3KbPzzBaFW_anAkoyvVZc9gR9zKQ0Dw

[xxiii]IDEM pág.285

[xxiv] Fue escrita el 24 de febrero de 1905.

[xxv] IDEM págs.315-316

[xxvi] IDEM pág. 318

[xxvii] IDEM pág. 319

[xxviii] IDEM pág. 252. “… con decepciones y desengaños, pues aquellos que más quería y protegía, esos eran los más infieles a mi amistad y mi cariño y, aquí pudiera citar infinidad de nombres entre ellos algunos de alta significación en la revolución de Cuba: Calixto García Iñiguez, Antonio Maceo, Pedro Martínez Freyre, y Jesús Pérez que yo recuerde…”

[xxix] Tomado de www.minal.gob.cu

[xxx] IDEM pág.190

Vladimir Perez Casal
Vladimir Perez Casal
Filólogo cubano. Colaborador de Cubaperiodistas.

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