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La guerra también tuvo nombres de mujer

Cuando se piensa en Girón, siempre se repite que representó la primera derrota del imperialismo en América, que se venció a los mercenarios en menos de 72 horas y que se cambió a los prisioneros por compotas.

Pero esto no es suficiente para sentir la historia palpitar, para arrojarnos a la línea de fuego entre la adrenalina, el miedo y el repicar de la metralla, para hacernos arder indignados ante la masacre, la incertidumbre de la guerra ni el frenesí de la victoria. Se corre el riesgo de convertir la leyenda en una tarja fría.

El arte y la literatura son capaces de resurrección, de transportarnos a tiempos otros y vidas otras para sentir, como nuestras, las emociones de sus protagonistas.

Cuando pienso en la épica de Playa Girón, recuerdo las escenas confusas de “Las iniciales de la tierra” y me trastoco en miliciano, soy Carlos y siento el coraje y el horror entre gritos de “Patria o muerte y cojones”, entre la sangre y las vísceras de mis compañeros, entre las ráfagas de fuego y el fango donde crecen los retorcidos mangles de la Ciénaga.

También, pienso en “La guerra tuvo seis nombres”, de Heras León. Cada cuento es un hombre y una manera de vivirla entre heroicidades y miserias. En un acceso de arrogancia, me digo que yo hubiera sido más valiente que cualquiera de estos protagonistas.

Pero no se supone que yo sea materia de epopeyas. Los relatos de Playa Girón parecen contarnos de un universo exclusivamente masculino: todos son hombres, “hombres y solo hombres”, héroes a los que se canta y recuerda sin llanto. Nosotras somos víctimas, Nemesias salvadas por milicianos heroicos. ¿Dónde estaban realmente las mujeres en Playa Girón?

Nada debe analizarse al margen de su contexto histórico. La Cuba de 1961 vivía un proceso de profundos cambios sociales. La Federación de Mujeres Cubanas había sido creada en 1960, a partir de la unión de diversos colectivos femeninos.

Por entonces, la mujer se incorporaba al trabajo asalariado, a la Campaña de Alfabetización y a las milicias. Pero tantos siglos de colonialismo y tradición patriarcal no pueden borrarse de un golpe: ni un solo batallón de los enviados a la primera línea de combate en Playa Girón estaba compuesto por milicianas. No obstante, y lo vamos a demostrar, la guerra también tuvo nombres de mujer.

Dora

La invasión la sorprendió en Santiago de Cuba. Cualquiera pensaría que, a tal distancia geográfica de Bahía de Cochinos, estaba condenada a quedarse al margen. Pero ella no estaba en Oriente por casualidad, realizaba un reportaje en Manzanillo como corresponsal de la revista Bohemia cuando supo de los bombardeos a los aeropuertos de La Habana y Santiago. Se trasladó tan cerca de la noticia como pudo. Pero nunca imaginó el rumbo que tomarían los acontecimientos…

Leía la tarja homenaje a Frank País en la placita de Santo Tomás cuando se enteró:

—¡Ya estamos en guerra! ¡Llegó la invasión! — vociferaba un exaltado chófer.

Lo siguiente que sabemos es que se ha embarcado para Occidente y recorre con impaciencia la alongada Carretera Central, donde, al monte henchido de palmas se le intercalan los poblados de muchedumbre enardecida.

Los campesinos combinan las camisas azules y los cañones de fusiles con sus tradicionales sombreros de yarey, mientras los camiones de las milicias remontan el ómnibus en que viaja nuestra protagonista: “Al cruzar los poblados, las banderas engalanan portales y ventanas. Hombres, mujeres y niños saludan entre vivas el paso de los milicianos. Ellos contestan a gritos, levantando los armamentos sobre las cabezas juveniles. Es como una poderosa fiesta. Una extraña y admirable forma de cumplir el deber de cubanos. Van alegres al combate y quizás hacia la muerte. Y los despiden en cerrado aplauso sin lágrimas ni miedo”.

Dora también siente que cumple su deber de cubana. La atmósfera ante sus ojos es de indignación y desasosiego, pero no de pánico, aun cuando en Holguín y Camagüey los rumores han hiperbolizado la tragedia y ya se fabulan ciudades cabeceras bombardeadas y aviones enemigos sobrevolando las carreteras.

“Es en Santa Clara, a la medianoche, donde hallamos el primer destello real de todo lo que está pasando. El ómnibus se detiene en el andén y corremos hacia un viejo empleado, que fuma sentado sobre un taburete, con la gorra echada sobre los ojos”.

—¿Ve aquella señora vestida de negro? Ella viene de allá. Fue a saber de sus hijas, que estaban precisamente en la zona de combate.

Dora escucha las noticias de boca de la campesina de mediana edad que aguarda en el salón:

—Pues, mira, yo no pude llegar a Jagüey Grande, porque ya es zona militar: pero supe de mis hijitas que están en el pueblo. ¡Ya les hemos tumbado tres aviones a esos perros! ¡Se está peleando muy duro, pero no los dejamos avanzar!

Nuestra periodista continua sus peripecias que la llevan de Colón a Jagüey Grande y de allí al central “Australia”, donde se ubica la comandancia general de operaciones, su meta es el frente de combate. Durante este camino, nunca olvida su papel de portavoz popular.

Va realizando entrevistas a cuanto hombre y mujer se le cruza en el trayecto y, con sus voces, dibuja el cuadro de lo que será “Avanzando con el pueblo en armas”, reportaje publicado en la edición del 30 de abril de 1961 en la revista Bohemia. “Voces de hombres rudos, voces de adolescentes, voces de mujeres milicianas, de la Cruz Roja, de la Federación; voces de ancianos carboneros, de combatientes viriles. De soldados y de jefes de la Revolución”.

Sin embargo, a nuestra valiente corresponsal que ha vencido la distancia que separa a la Ciénaga de Santiago, nadie la quiere llevar hasta la primera línea de acción, “no es lugar para mujeres, demasiado peligro” aconseja el machismo.

— Mira, yo quiero ir, ya yo tengo cincuenta años, no soy una niña, estoy con Cuba, soy periodista, ¿por qué no me quieren llevar? — interpela al chófer de un jeep de la Cruz Roja y lo convence.

“Al subir al vehículo habíamos advertido algo extraño: junto al grupo hospitalario, que porta banderas con grandes cruces rojas, va también un mocetón llevando un arma antiaérea. Nos explican el porqué de la medida:

— Los aviones yanquis han ametrallado tres de nuestras ambulancias, y nos hemos visto precisados a pedir escolta para poder cumplir nuestro deber.

Apenas podemos creerlo. Únicamente los nazis se lanzaron a tal barbarie”.

“De pronto, como visión de pesadilla aparecen las primeras casas campesinas voladas por los aviadores del imperialismo norteamericano. Son huecos negruzcos todavía humeantes, que muestran en sus cráteres restos de lo que fue una familia y un hogar cubanos”.

Imágenes terribles, que constatan las historias de masacres a civiles que Dora escuchó en el batey: “(…) A través de pantanos, huían las familias. Pero no todas pudieron salvarse de la matanza. Ya de día, mujeres, ancianos y niños, a pesar de llevar sábanas blancas desplegadas fueron volados bajo el ataque de los bombarderos yanquis, despedazados, atacados sin perdón ni conciencia. Ardió un camión con su carga humana, entre llantos de niños y gritos de mujer. Las casas humildes, de guano, volaron también”.

En Playa Larga se enaltece al ver a los barbudos que se exponen a la metralla enemiga junto a campesinos y milicianos. Mas no los entrevista. Toda Cuba conoce y sabe dónde están los líderes de la Revolución. En cambio, ella busca a esos desconocidos héroes y heroínas cuyas hazañas se fundirán en la masa anónima.

Se sobrecoge ante la juventud de los combatientes. La abordan niños artilleros, quienes compiten para que les tome el nombre. Son apenas adolescentes. Su entusiasmo contrasta con la severidad del combate y el clamor de la muerte. Se peinan para lucir guapos frente al lente de Gilberto Ante, el fotógrafo que la ha acompañado en todo el periplo.

También son niños esos que han derribado dos aviones B-26 en la costa y ahora se jactan orgullosos frente a la prensa, diciendo que es muy fácil, en el justo momento en que se avista un nuevo avión enemigo.

—¡Métase adentro de la caseta, que ese viene a bombardear! ¡Tírese al suelo! ¡Corra! — le grita uno.

Lo que no sabe, es que esta periodista no necesita que la protejan: fue integrante de la organización antimperialista La Joven Cuba y ahora se dedica a relatar el devenir de la naciente Revolución, en lo que después constituirá “El año 61”.

Es una escritora multifacética, novelista y poeta, que incursionará en géneros tan diversos como el teatro y la radionovela. La autora de “Pelusín del Monte”, “Sol de Batey”, “El cochero azul”, “El valle de la Pájara Pinta”,y “La flauta de chocolate”…

Pero, por ahora, Dora Alonso es corresponsal de guerra en medio de la batalla: “El avión crecía por segundos, venía recto, directo como un proyectil, maniobraba de modo que formaba una cruz con sus alas y el fuselaje. Parecía un pez temible, un pez martillo enfurecido, embestidor…

El aire se llenó de ruido de motores aéreos y de silencio. Y en el último segundo, me lancé al suelo, bajo la mesa, en el mismo momento en que las antiaéreas múltiples y los cañones vomitaban su estampido.

El buitre giró alejándose ante el recibimiento miliciano. Se perdió de nuevo rumbo a su barco pirata”.

La victoria era inminente.

“Por mucho que el aura vuele, siempre el pitirre la pica” sentencia uno de los milicianos en “Las iniciales de la Tierra”, y aunque se refería al combate de un pequeño y tenaz T-33 cubano contra un enorme y lento B-26 del enemigo, cabe en esta metáfora toda la epopeya de Girón.

Basado en:

Alonso, D. (1961) “Avanzando con el pueblo en armas”, Bohemia, 18, 30 de abril,

Pi Andreu, A. (2001) “La simple verdad de los suyos”, última entrevista realizada a Dora Alonso, Bohemia, 8, 20 de abril de 2001.

Tomado de Cimarronas/ Ilustración de portada: Claudia Alejandra Damiani.

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