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Mera nota sobre la emigración cubana hoy

Podría ser de interés comprobar si antes de 1959 —cuando las grandes masas del país sufrían penurias brutales que hoy muchos suponen o intentan hacer que se supongan fruto de una tendenciosa imaginación revolucionaria— la emigración cubana era tan común como ahora. Probablemente a los más pobres, en especial a los de zonas rurales, ni se les ocurría la idea de emigrar, y ello no solo por falta de recursos económicos con que enfrentar los gastos, sino porque ni siquiera sabrían cómo tramitar un pasaporte. En su miseria campeaba un analfabetismo paralizante.

Hoy, de cualquier rincón abundan cubanos y cubanas que vienen y van del modo más natural por el mundo, no solo en misiones de la nación, sino con fines personales: como ganar dinero y obtener recursos con que mejorar sus condiciones de vida, lo que se busca asimismo con la importación de mercancías para venderlas en Cuba. No suele verse así, pero esa realidad también se asocia a las mejoras alcanzadas por el pueblo.

De ellas vienen las ventajas que sus emigrantes disfrutan sobre los de otros países, en especial los de nuestra América, y no solo por los aviesos ardides con que, para hacerle daño a la Revolución Cubana, el imperio privilegia a quienes se alejan de ella. A diferencia de los de Cuba, entre los emigrantes de otras naciones resulta visible la formación de asociaciones representativas de sus orígenes. Analizarlo a fondo requeriría considerar muchos elementos —incluyendo que, si algo no falta en Cuba, son reuniones vinculadas al colectivismo—, pero los presentes apuntes solo abordarán un “detalle”.

A la emigración cubana el agruparse no parece que le resulte atractiva, salvo a quienes se organizan para defender a su patria contra agresiones y calumnias del imperio que intenta asfixiarla, y de aquellos que —cubanos y cubanas incluso— lo apoyan. El mérito de ese afán defensivo es tanto más plausible cuando sus protagonistas no intentan dar telecases de resistencia a quienes permanecen en Cuba y corren su suerte.

El no asociarse para lo que puede ser búsqueda de protección mutua llega a dar la impresión de que la emigración cubana es aristocrática, y al menos en un sentido lo es: hagan sus integrantes los trabajos que hagan, gozan de una preparación que no tienen los emigrados de otras naciones. Eso contrasta con un hecho: dentro de la emigración cubana se explaya hacia su país natal una rabia que las demás no muestran hacia el suyo. No, al menos, de una manera tan visceral, si se excluye a quienes desertan de la Venezuela bolivariana, pero quedan fuera del interés de estos apuntes.

También es cierto que en la emigración cubana profesan esa rabia grupos minoritarios, que por lo chillón y nauseabundo de su comportamiento —y sobre todo por la resonancia que le fabrican los medios de “información” contrarrevolucionaria—, se hacen sentir como si fueran mucho más numerosos. Muestran conciencia de frustración, con la que acaso intentan enmascarar un complejo de culpa que no tienen por qué sentir miembros de comunidades que no han contado con lo que ha favorecido a los de Cuba.

A estos últimos un proyecto revolucionario medularmente popular les creó desde 1959 expectativas ilimitadas que, de cumplirse plenamente, habrían sido la confirmación más rotunda del acierto del proyecto. Pese a todo, ese proyecto ha logrado índices de realización que ya quisieran para sí otros pueblos.

La potencia imperialista le interpuso tempranamente a la Revolución Cubana obstáculos que le impidieran realizar sus aspiraciones de beneficio masivo. Con ese fin orquestó agresiones armadas como la de Girón y las bandas de alzados, y un bloqueo —cuyo cese no se vislumbra— concebido para provocar en el pueblo cubano penurias que lo hicieran rebelarse contra su gobierno.

No ha conseguido tanto el imperio, no; pero sería ingenuo o irresponsable creer que nada ha logrado. Cuando, con su desfachatez cesárea, Barack Obama declaró llegada la hora de un cambio de táctica hacia Cuba porque el bloqueo no había alcanzado su propósito, solamente podía estar refiriéndose al núcleo de las intenciones del gobierno de su país contra Cuba: privarla de su soberanía y obligarla a retomar el capitalismo dependiente con que la potencia imperialista la dominó durante décadas.

Pero, aun sin llegar a eso, la política estadounidense contra Cuba ha tenido éxitos, empezando por los severos daños económicos causados al país rebelde, mientras el bloqueo se perpetúa como si fuera un hecho natural en el que algunos ya ni siquiera piensan, y otros hasta niegan que exista. Tampoco se deben soslayar los asideros que ha brindado para justificar deficiencias internas que urge revertir aunque él perdure.

En cuanto a la rebelión popular buscada por el imperio para que el sistema cubano sea destruido desde dentro, no debe Cuba sentirse plenamente satisfecha con sus victorias, ni con las derrotas que el afán imperialista ha sufrido. No solo simbólicamente la emigración ha sido contraria a los afanes de edificar el socialismo. Hasta en el caso de quienes no se proponen dañar al país, ha representado una sensible pérdida de fuerza de trabajo calificada que la Revolución Cubana ha formado para desarrollar el país y hacer realidad los planes de bienestar social.

En el menos malo de los casos, la emigración puede verse asociada a la decepción, que no se debe subvalorar por muy firme que siga siendo el apoyo de la mayoría del pueblo a la obra revolucionaria. En medio de la crisis mundial la decepción puede crecer dentro de Cuba con el deterioro de la economía y los servicios, y conspira contra la resolución con que lo más distintivo de su pueblo ha encarado los desafíos de la cotidianidad.

Sin desconocer los pesados efectos de la realidad objetiva, sería erróneo ignorar la fuerza transformadora que aporta lo que se puede llamar mística revolucionaria, cuya merma acaba teniendo también efectos prácticos nocivos. A una revolución verdadera no le es dable vivir solo de su mística, pero difícilmente pueda prescindir de ella, que aporta fuerza a la ideología y a la acción.

Pero esa mística puede tropezar con una vida diaria poco amable, así como con medidas tomadas para mejorar la economía. Aunque se estimen o sean necesarias, no están predestinadas a ser infalibles. Hasta pueden tener el “sabor” de una teneduría más pragmática que socialista, y —qué decir si son erráticas— generar desencanto hasta en quienes contra viento y marea permanecen fieles al proyecto.

La emigración cubana abandona un país donde por más de seis décadas un afán político justiciero ha hecho o intentado hacer por el pueblo lo que a lo largo de ese tiempo no se ha propuesto ningún otro gobierno en la América Latina y el Caribe hacer por el suyo. Quienes salen de Cuba en busca de mejorar sus condiciones de vida, y las de sus familiares, tendrán todo el derecho a hacerlo, pero no es seguro que ese derecho los libre de sentir aunque sea inconscientemente la necesidad de justificar sus actos.

En algunos casos una manera de hacerlo puede ser anunciarse como exitosos, aun cuando no lo sean realmente; otra —sin que por ello dejen de viajar a la patria para disfrutar beneficios como los de un sistema de salud que no hallan en los demás lares—, descalificar el país que han abandonado.

Sean lo minoritarios que sean, hay quienes en tales circunstancias llegan a extremos escalofriantes, como para enmascarar el complejo de culpa con la rabia que intentan legitimar. Reclaman incluso que el gobierno de los Estados Unidos refuerce las medidas con que sigue intentando asfixiar a Cuba, y aun piden que la invadan y la masacren.

Tan vergonzosa realidad, aunque se dé fuera de Cuba —sin que falten ecos intestinos—, no es ajena a la subversión que el bloqueo intenta provocar en este país. Quienes lo abandonan, cambian factualmente un sistema político por otro, y gran parte de las veces no se mudan a una nación cualquiera, sino a la sede del imperio que trata de aplastar a Cuba. Semejante realidad dificulta establecer límites precisos entre la emigración económica y la política, al margen de la explicación que cada quien quiera dar de experiencia personal, y de las buenas intenciones que aspire a que se le reconozcan.

Eso no impide valorar el mérito de hijos e hijas de Cuba que la defienden en cualquier parte del mundo, incluso en las propias entrañas del monstruo empeñado en obligarla a “cambiar de régimen”, y para lo cual —como en su tiempo la metrópoli española— cuenta con la complicidad de traidores nacidos en el país que sufre el asedio.

A estas alturas parece innecesario, aunque sea aconsejable hacerlo, insistir en que a la mayoría del pueblo cubano —revolucionaria y patriótica, y afincada en su suelo— le corresponde seguir teniendo muy claro cuál es su opción, y cómo defenderla. Llamada está a bregar para que sigan fracasando el imperio y sus cómplices, y para que quienes sucumben a la decepción no minen la unidad indispensable para salvar a la patria frente a quienes la agreden, y de sus propios errores. La nación cubana cuenta con su emigración: con quienes, estén donde estén, procuran serle fiel, defenderla.

Continúa vigente el mensaje de Eduardo Saborit a su patria: “Quien te defiende te quiere más”, y para responder plenamente la pregunta que a modo de juramento resonó en la Plaza de la Revolución en noche de reafirmación revolucionaria y de dolor por el líder que había muerto —“¡¿Dónde está Fidel?!”—, es deber ineludible recordar lo que él advirtió el 17 de noviembre de 2005 en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. En su discurso de entonces sostuvo: “Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra”.

El pueblo que tanto ha resistido y luchado merece que nada ni nadie lo haga cargar con esa culpa. Sin olvidar el acecho del imperio, la advertencia llama a fortalecer el país, lo que es necesario para hacer más amable la vida en él, y vale asimismo frente a rabias, decepciones y errores. Nadie suponga que para estos últimos se dispone de un cheque en blanco, ni que la frase “rectificar es de sabios” significa que también equivocarse sea propio de la sabiduría.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

6 thoughts on “Mera nota sobre la emigración cubana hoy

  1. Saludable y oportuno recordatorio, sería bueno que todos los Cubanos que vibramos como patriotas revolucionarios se dieran una vuelta por esta entrada y leyeran esta alerta.

  2. Excelente análisis, nada acrítico. Nadie tiene ese cheque en blanco, y si bien equivocarse es de humanos y rectificar de sabios, algunos errores tienen tan alto costo y operan en el sentido opuesto a sus propuestas, que el derecho a la rectificación debe darse lejos de donde se podría reacaer en el error. Cuba y su libertad están por encima de cualquier transacción y cuaqluier experimento. Pero no olvidemos que toda acción en un terreno tan complejo, tan minado, tiene su riesgo, y los que se arriesgan, aunque fracasen, merecen también algún reconocimiento.

  3. Excelente y puntual comentario que analisa con veracidad que la Revolución cubana es la responsable, a través de sus acertadas y equitativas políticas sociales, que la emigración cubana tenga tan alto nivel educacional tan necesario para tener un alto desempeño en el exterior. El comentarista también nod advierte sobre peligros reales. A esta lectora le dejó un sabor optimista por los muchos hijos de este pueblo que aún fuera de la Patria la quieren y cuidan. GRACIAS a Luis Toledo Sande

  4. Muy bueno. Estemos alertas los revolucionarios no podemos descansar pues el enemigo no descansa. Que la razón , la búsqueda , el tesón y la esperanza siempre nos guíe.

  5. Excelente nota y apuntes sobre la emigración cubana como nos tiene acostumbrados el profesor Luis Toledo Sande. Aquí en Uruguay la población de cubanos, en particular jóvenes es bastante importante, he tenido contacto con muchos de ellos y con una cantidad menor me he enfrentado pues han recibido formación, estudios y salud de un país socialista bloqueado y asediado y vienen a intentar “beneficiarse” con el sistema capitalista que rige las relaciones laborales y comerciales del país. Cuando ven que, a pesar de estar mejor formados que la media uruguaya, se les hace cuesta arriba abrirse camino, pues pensaban que los dólares brotaban de los árboles a metro y medio de altura y era gratuito poder gozar de ellos, sucede, como la semana pasada, concentraciones de jóvenes cubanos en la embajada de Nicaragua tratando de obtener visa. El pueblo cubano vive y lucha y honra su Revolución, teniendo claro que el imperio no descansa en su afán de desestabilizar lo que comenzó el 1º de enero de 1959. Salud heroico pueblo cubano!!!

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