PERIODISMO CULTURAL

Un premio a una herida más que a una crónica

Su paso cansino por mi cuadra, Neptuno, entre Marqués González y Oquendo, del barrio habanero de Cayo Hueso, era frecuente. Traje, sombrero, zapatos gastados. Quien los usaba, tampoco. Una tarde, hace más de 70 años, con mucho respeto se dirigió a mí, después de entonar enronquecido una canción. “Es un bolero mío; por favor, trata de cantarlo conmigo; tu voz es más clara seguro; yo ya no puedo…”. Y fuimos un dúo improvisado desde el quicio de la casa enumerada con el 811. Me dio las gracias y se marchó sonriendo con esa tristeza que estremecía desde sus ojos. Rápido, eché un pie hacia mis amigos para gozar con el béisbol al duro en el Parque Maceo, cuidándonos de los guardias porque estaba prohibido jugarlo allí. Eso le daba más sabor.

Con “el implacable”, las mataduras se agigantaron en el físico, el andar, la vestimenta de la persona que yo conocía solo por el lance referido. Más que viejo, envejecido, seguía deambulando por mi barriada. A fines del 56 o a principios del 57, yo era uno de los líderes de la pandilla Los Vikings: malcriada, no siempre cruel, tremenda. Sigo ligado a los recuerdos. Me viene a la mente… ¡me duele tanto! Debo narrarlo.

Cansados de otras maldades, empezamos a tirar hollejos de naranja y bolas de papel mojado con agua sucia a los pasajeros de las guaguas.  A escondernos. Risotadas, dejar pasar el tiempo antes de volver al relajo. En medio de una estúpida competencia a ver quién era el más duro, atacar a los transeúntes, encontré un paquete lleno de basura. Voy a calimbar al primero que pase, me dije.

Se acercaba. ¡El señor del bolero aquel! No me  importa… El bulto contra él. Se aferró a un poste para no besar la acera. En la colisión, el sombrero cayó; el tan usado flus, obtuvo nuevas manchas. El grupo se dispersó. El atacado no exclamó nada aunque, en cuanto superó la sorpresa, corre que te corre en mi busca. Cuando lo creía derrotado, se me aparecía, algo lejos, un puntito persecutorio capaz de alcanzarme si me dormía. Le puse un mundo a las zancadas. Él no cedía. A dos cuadras, a una cuadra… Tengo miedo. Si ese viejo me atrapa… Por aquel pasaje, salto una valla. Cerca del parque Maine, por fin me le perdí.

Regresé a mi hogar a trancos por rutas no acostumbradas. En cuanto estoy en mi cuarto, les pido la ayuda a todos los santos. Ojalá no me haya reconocido, que a nadie se le afloje la lengua. Por suerte, jamás conoció que la agresión la había perpetrado aquel “cantante”  improvisado de la calle Neptuno. Traté de olvidar ese hecho. Mas se convirtió en vergüenza, en baldón, en herida. Sobre todo cuando lo vuelvo a ver…

Durante mis inicios como periodista en la revista Mella en 1963, supe quién era gracias a la transmisión en la TV de un festival musical. Lo presentan, los aplausos: Bienvenido Julián Gutiérrez. Oigo, indago, pregunto, leo, sobre él: compositor autodidacto de sones y guarachas, especialmente exitosos por los años 30 debido a la picardía y visión sobre la situación política del país. Hasta impuso dichos, ahí está Vive como Carmelina.

Sus temas amorosos no conquistaron el mismo resultado a pesar de que con ellos, le grabaron un disco de larga duración a Miguelito Cuní en los años 60. La cantidad tan limitada de la edición y la no inclusión como debía ser en los programas radiales y de la pequeña pantalla, impidieron el pleno avance.

En 1980 sí, cuando Pablito Milanés realizó un trabajo a partir del son, y surgió la antológica interpretación del dúo Cuní-Milanés de Convergencia.  El autor de la letra -¡qué clase de poema!- no logró disfrutar el triunfo; ya había muerto.. Hoy, golpeado de nostalgia y arrepentimiento, no me atrevo a interpretarla: la heriría con esta voz tan ronca como la de él entonces. Llega a mi mente esa frase que ahora me encaja: “Ya yo no puedo, mijo…”. Del dolor, del arrepentimiento, hace unos años surgió mi crónica, Te debo una Bienvenido Julián Gutiérrez, especie de autocrítica, publicada en la revista cederista La Calle, texto galardonado con el primer premio del género en el concurso 26 de Julio de la Upec. Como la laceración no se me sana del todo, vuelvo a convertirla en nuevas líneas y les adjunto la preciada joya rescatada.

CONVERGENCIA. Texto: Bienvenido Julián Gutiérrez. Música: Marcelino Guerra. (Rapindey).

Aurora de rosa en amanecer, nota melosa que gimió el violín,

novelesco insomnio do vivió el amor: así eres tú, mujer, principio y fin de la ilusión.

Así vas tú en mi corazón, así eres tú de inspiración. Madero de nave que naufragó,

piedra rodando sobre sí misma, alma doliente vagando a solas, de playas olas así soy yo: la línea recta que convergió porque la tuya final pidió.

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