FIEL DEL LENGUAJE

Fiel del lenguaje 60 / ¡Salud!, que no falte

Los saludos son parte del lenguaje, y no de las menos vivas, pero tampoco de las más sanas: adolece de una creciente mala salud. Su pobreza y su ausencia lesionan la comunicación y menguan la cordialidad. Apuntan a una mala educación que es erróneo considerar ceñida a lo formal: revela déficits de fondo, y abona socialmente la indisciplina, que puede conducir a la barbarie, o es parte de ella.

El nombre de la acción de saludar se intuye asociado a desear el bien a otras personas aunque no sea más, ni menos, que con la expresión ¡Salud!, recurso que no merece quedar confinado a brindis festivos. Prescindir del saludo y considerarlo innecesario califica a quienes se permiten valorarlo de ese modo y eludirlo.

La verdadera democratización tiene en su base al pueblo, tan vital como heterogéneo. Solo mencionarlo o pensar en él suscita valoraciones, ideas, y no siempre consenso. Incluye eso que la aristocracia —que usurpó para sí el concepto de poder de los mejores— llamó peyorativamente plebe y no se debe confundir con el lumpen o la chusma. Hoy la noción de plebe hasta pueden intentar usurparla quienes aspiren a capitalizar demagógicamente la representación del pueblo.

Tal realidad demanda un abordaje sociológico a fondo y una educación atinada. En los primeros años de la Revolución se hicieron en las escuelas círculos de estudio para recordar que la elegancia no está reñida con el socialismo: ese, y no por gusto, era el título. Hoy urge recordar que las buenas maneras no son ni deben ser patrimonio de quienes se evaporan en ínfulas aristocráticas, ni se han de identificar con el supuesto encanto de la burguesía. Las buenas maneras, si lo son, son buenas.

No se sugiere aquí atascarse en pudibundeces ni calambucadas. Pero espacios, circunstancias y públicos requieren acudir a formas apropiadas de expresión. Hasta las llamadas malas palabras pueden tener funciones que cumplir y espacios donde hacerlo. No se debe abusar de ellas, para que no empañen la comunicación, ni se agoten.

La deslexicalización puede convertir “malas palabras” en interjecciones inocentes, como esa que para ser más inofensiva se abrevia con el monosílabo ¡ño!, resto de lo que se tuvo como uno de los nombres “malsonantes” del órgano genital femenino. El masculino suscitó procesos similares, y uno de sus nombres paró en ¡caray!, dicho como si nada.

Pero vale la pena insistir en que no debemos quedarnos sin palabras válidas para circunstancias que otras veces y pensando en distintos textos ha mencionado el columnista: por ejemplo, cuando se está solo o entre personas de la mayor confianza y se sufre un martillazo en un dedo, o el impacto de un cuerpo pesado sobre un pie.

Varias veces ha tratado “Fiel del lenguaje” el mal uso de las preposiciones, y el autor escribe este artículo cuando acaba de ver en un taxibús un cartel que defiende el necesario uso del nasobuco. Pero lo reclamaba, o reclama —quizás en todos esos vehículos—, como obligación mientras los pasajeros se encuentren sobre el vehículo. ¿Eso no iría mejor para estar encima del techo del ómnibus, cuando lo natural es estar en él, dentro de él?

La columna ha recordado la pertinencia de contar tantos años, que no es lo mismo que contar con ellos. Podría añadir la diferencia entre “Por lo tanto (o mucho) que ha trabajado recibió un reconocimiento” y “Es necesario organizar el trabajo. Por tanto, se adopta el siguiente reglamento”. Vale también apuntar que así mismo y asimismo tienen significados diferentes, como sobre todo y sobre todo; porque, porqué y por qué, y con que, conque y con qué.

Por desconocimiento o descuido, las similitudes acústicas pueden llevar a confundir realidades: como las circunvoluciones del cerebro y las circunvalaciones viales. Hace unos años se inauguró en Santiago de Cuba un retrato escultórico de un héroe eminente, su efigie, y circuló la información de que se había develado “la esfigie del destacado revolucionario”; según otra, su esfinge. El vocablo efigie se asocia al respeto o a la veneración y, por tanto, no se debe intercambiar indiscriminadamente con rostro.

El columnista ha contado lo que tuvo que insistir para que en un sitio web dedicado a Cubana de Aviación (www.cubanadeaviacion.com.ar/cuba.html) hecho, al parecer, en otro país, se rectificara un detalle “menudo”: el gorro frigio que corona el Escudo nacional de Cuba aparecía calificado de frígido. Cuando finalmente logró que se hiciera la rectificación, sintió tal alivio que escribió el artículo “¿Frigidez republicana?” (https://luistoledosande.wordpress.com/2010/10/17/frigidez-republicana/).

Los errores inundan todos los terrenos. Ahora, como parte del arduo y complicado replanteamiento económico y monetario de la nación circula una lista oficial de nuevos precios para comedores, y aparece “oficializado” un nombre al que no hace mucho se refirió esta columna con el lamento de que mancilla uno de los platos más prestigiosos de la cocina cubana.

En la lista —con título de Listado, otra mutación que confunde significados pero parece haber llegado para quedarse— no se lee congrí, vocablo que ha dado tema a disquisiciones filológicas e históricas, sino arroz con gris. ¿Qué condimento cautivador será ese gris que tiene el poder de opacar la impresión causada por los precios anunciados en el documento?

En respuesta al anterior artículo una profesora no cubana comentó que todo un centro de investigaciones universitario de su país, también hispanoparlante, había detectado que los errores en la expresión los cometen —cita textual— “hablantes/usuarios de la lengua competentes que conocen el sistema” (el de la lengua). Y añadió que, a su juicio, eso podría apuntar a “gérmenes de cambio” en el idioma. ¿No confundirá ese juicio el falso conocimiento con la sabiduría, y los disparates con la creatividad? Lo observado en nuestro entorno calza por lo menos esa duda.

En cuanto a “gérmenes de cambio”, no ha podido sustraerse el columnista al recuerdo del ilustre “sabio” con aureola de “izquierdista” que en 2016 dictaminó que Donald Trump, millonario advenedizo —o sea, sin raíz aristocrática—, no pertenecía al establishment de su nación. Pero no se detuvo en ese punto el mareo de quien recientemente ha defendido a Trump contra su rival Joseph Biden. Ante las elecciones de aquel año vaticinó que el Patán Donald podía convertirse en un presidente revolucionario. ¿Será por eso que el “sabio de izquierda” sigue defendiendo a tan aberrante político?

Si de lenguaje se trata, ese hecho sirve para recordar la importancia de los sufijos. Basta apuntar, por ejemplo, las diferencias que median entre sano, sanote y sanaco.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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