PERIODISMO DEPORTIVO

Dos ases que después fueron reconocidos periodistas

Estos dos campeones olímpicos, el húngaro Alfred Hajos y el inglés Harold Abrahams, trajeron su vuelo atlético al periodismo deportivo. Para ambos, su principal academia habían sido el entrenamiento, las competencias, ese gozo y ese dolor vividos.

El magyar refulgió en el espacio de mar rodeado con sogas amarradas a boyas donde se efectuó, cerca de la Bahía de Zea, la contienda de natación de la primera justa olímpica moderna, Atenas 1896. Alcanzó dos triunfos: en los 100 metros y los 1 200 estilo libre, con 1: 22.2 y 18:22.2.  Debió enfrentar como gran rival al frío tremendo de aquellas aguas, a 13 grados Celsius según investigadores, que obligó a engrasarse el cuerpo.

En la distancia más corta, topó con otro obstáculo, según nos cuenta el historiador cubano José Elías Bermúdez Brito en su libro Por los caminos del olimpismo (Editorial Deportes, La Habana, 2013): “…salió delante, pero producto de las situaciones descritas, faltándole unos 30 metros para llegar a la meta, se desvió del trayecto, aunque tuvo tiempo de modificarlo y volver a tomar distancia de los nadadores que lo seguían, para convertirse en el primer medallista de la natación olímpica. Más tarde obtuvo otro primer lugar en los 1 200 m libres, con lo cual se ganó el apelativo  de Delfín Húngaro”.

En realidad no recibió preseas sino algunos obsequios. El olimpismo comenzó a darlas en San Luis 1904. Alfred era mucho más que alegría de las piscinas. Con posterioridad, se graduó de arquitecto en la Universidad de Budapest, y puso su carrera al servicio del deporte como guía en la construcción de instalaciones de este tipo en su país. En  París 1924 conquistó el segundo premio con Plano para un estadio, junto a su coterráneo  Deszio Luber, en el renglón arquitectónico del certamen artístico, creación Coubertiana que acompañó a los Juegos hasta Londres 1948.

El as puso sus escritos a favor de su gran amor atlético. Reflejó e interpretó diversas justas, sobre todo desde las páginas del semanario Sporthirap, donde ocupó cargos directivos. Su calidad periodística en el sector fue reconocida nacional e internacionalmente. Sus dos coronas y su labor siempre ligada con las lides del músculo lo hicieron acreedor de un galardón del Comité Olímpico Internacional en 1953. Alfred Hajos murió, a los 77 años, el 12 de noviembre de 1955.

El velocista Harold Abrahams (15-12-1899-14-1-1977) dejó atrás el récord olímpico en los 100 metros planos al lograr 10.6 en el octavo clásico. También rezagó a cuatro pretendientes estadounidenses de valía y un representante de Nueva Zelanda,  Arthur Porrit, quien terminó en bronce: 10.8. Los restantes finalistas: Jackson Schotz (plata por 10.7),  Chet Bowan, Charles Paddock y Loren Murchison.

Paddock, hombre dorado de la prueba reina en Amberes 1920 (10.8) y recordista mundial desde el siguiente año con 10.4, debió conformase en la capital francesa con revalidar el segundo puesto en los 200 de la magna cita anterior, superado en París por su compatriota Jackson Scholz. Su espectacular salto final en esta ocasión no le valió de mucho en sus adorados 100 lisos.

Harold terminó sexto en 200. Sin embargo, mostró su consistencia cuando en la eliminatoria, la semifinal y la fase decisiva de la menor distancia del atletismo olímpico, consiguió 10.6, consistencia que no poseía en el adiestramiento, herido por hábitos no siempre acordes con los principios del ámbito. De contra, según varios entendidos, su estilo estaba alejado de la técnica, de la belleza.

Para algunos, no convencía. Ah, se imponía… La técnica y la belleza se demuestran en la práctica. Y muchos de los críticos eran los cronistas directivos y entrenadores  de EE.UU. dolidos por el golpe propinado por el británico. Imagínense…

El campeón no se ató a las victorias agonales. Abogado de profesión, abrazó, además, el periodismo en su sector deportivo, con un gran basamento científico y un destacado seguimiento de las cifras.  Brilló como estadístico y hombre de la prensa. Parte de su vida está representada en el magnífico filme Carrozas de fuego.

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