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PERIODISTAS ASESINADOS

Daniel Pearl: “Se subió a un taxi y desapareció”

En esta nota, la periodista Farah Stockman relata los hechos que terminaron con la decapitación de su colega. Ambos estaban en Pakistán detrás de una misa pista. “Su asesinato me persigue”.

Han pasado diecinueve años desde que Daniel Pearl, un periodista muy sociable del Wall Street Journal, fue decapitado en cámara y grabado en Pakistán. Es tiempo suficiente para que su bebé, que entonces no había nacido, creciera e ingresara en la universidad; tiempo suficiente para que Angelina Jolie interpretara a su viuda en una película; tiempo suficiente para que esa película —y la época de la guerra contra el terrorismo que describía— se desvaneciera en la memoria pública.

Pero no puedo olvidarlo. Daniel Pearl y yo intentábamos entrevistar al mismo líder espiritual recluido en Pakistán cuando él fue secuestrado y asesinado. “No se preocupe”, me aseguró un portavoz del líder espiritual. “Si alguien consigue una entrevista, será usted.” Pero Pearl, periodista más experimentado que en aquel momento era jefe del despacho del Wall Street Journal en el sur de Asia, encontró a alguien que le prometió concertar la codiciada entrevista. Se subió a un taxi y desapareció.

Semanas después, su decapitación conmocionó al mundo. Fue el momento en que me di cuenta de que esto que hacemos llamado periodismo tiene peligros que yo no había contemplado antes. Resultó una lección adecuada para la época de los atentados terroristas del 11 de septiembre, que abrió los ojos de EE.UU. frente la facilidad con que podía convertirse en víctima.

Por eso me ha disgustado leer hace poco que un tribunal pakistaní ordenó la liberación de Omar Sheikh, el militante de origen británico que orquestó el secuestro de Pearl. Sheikh había sido condenado a muerte en 2002, pero la ejecución nunca se produjo. El año pasado, un tribunal pakistaní rebajó su condena a secuestro simple, castigado con siete años de prisión, que ya había cumplido.

La sentencia judicial abre viejas heridas e ilumina una cuestión central en el corazón de la guerra contra el terrorismo que sigue sin resolverse: ¿Existen algunos crímenes tan terribles que no debemos dejar libres nunca a sus autores, incluso si lo ordena un juez?

Estados Unidos abrió la prisión para sospechosos de terrorismo en Guantánamo bajo la premisa de que “lo peor de lo peor” era demasiado peligroso para dejarlo libre, independientemente del resultado de un juicio. Khalid Shaikh Mohammed, cerebro de los atentados del 11 de septiembre —que confesó haber decapitado a Pearl— aún no ha sido juzgado, más de 14 años después de su llegada a Guantánamo.

Los estadounidenses parecemos haber sellado una paz problemática con las contradicciones de creer en el estado de derecho y la detención indefinida al mismo tiempo.

El legado de la guerra contra el terror probablemente sea un problema aún mayor en Pakistán, donde los agentes de inteligencia han apoyado a militantes religiosos que atacaron objetivos en India y Afganistán para luego detenerlos cuando el clamor mundial por sus delitos crecía demasiado. Pakistán tiene un sistema propio de detención indefinida y arresto domiciliario, mediante el cual los terroristas quedan lejos de las miradas indiscretas de los tribunales y los medios de comunicación.

Yo no sabía mucho de todo esto cuando subí a un avión rumbo a Islamabad en los días llenos de adrenalina que siguieron a los atentados del 11 de septiembre. Era una reportera de The Boston Globe dedicada al área metropolitana, tenía 27 años y que creía que podía resolver cualquier misterio si me esforzaba lo suficiente. Hacia menos de dos años que estaba en el diario.

Las autoridades de EE.UU. pregonaban que la guerra contra el terrorismo tenía que librarse en las calles de Pakistán, Afganistán e Irak para que no llegase a Nueva York y Washington. “Si ve algo, dígalo”, nos repetían. Las pistas sobre personas inocentes se multiplicaron.

Las fuerzas armadas estadounidenses se lanzaron de cabeza a enormes empresas militares en Afganistán e Irak. Los periodistas de EE.UU. recorrieron los campos de Pakistán y Afganistán en busca de respuestas. Pero informar sobre la guerra contra el terrorismo no era como informar sobre otras guerras. Este conflicto no tenía fronteras, ni reglas fijas, ni uniformes, ni final. Era difícil saber quiénes eran los enemigos.

Me uní a la avalancha de periodistas estadounidenses que acampaban en el hotel Marriott de Islamabad. Un colega me presentó a Rana Mubashir, periodista pakistaní que parecía conocer a todos los espías y policías de la ciudad. Lo contraté para que me ayudara a navegar por el país y le confié mi vida.

Rana Mubashir tenía un amigo en Waziristán, una zona tribal semiautónoma que se consideraba fuera de todo límite incluso para los militares pakistaníes de esa época. Ese amigo —hijo de un jefe tribal— nos dijo que Osama bin Laden, el hombre más buscado del mundo, había sido visto en la zona. Así que, naturalmente, viajamos allí y echamos un vistazo.

No encontramos a Osama bin Laden, pero aprendí mucho sobre la impopularidad de los estadounidenses en Pakistán. La gente se refería a la Operación Libertad Duradera —la campaña de bombardeos de EE.UU. en el vecino Afganistán— como Operación Soporten Nuestra Libertad.

También viajamos a Lahore, una ciudad antigua y magnífica en la frontera con la India, donde agentes de inteligencia vigilaban a los militantes que hacían el trabajo sucio de Pakistán en el extranjero. Los terroristas que secuestraron un avión indio y lo hicieron aterrizar en Afganistán terminaron allí.

Rana Mubashir hizo algunas llamadas. Al poco tiempo estábamos tomando té con uno de los presuntos secuestradores y su supervisor en un restaurante de mala muerte. (Para liberar a los rehenes del avión secuestrado, India soltó a un yihadista que había sido encarcelado por secuestrar turistas: Omar Sheikh).

Yo todavía estaba en Pakistán cuando un británico negro intentó detonar en un avión una bomba que llevaba escondida en el zapato, desatando otra ola de pánico. Mubashir recibió un soplo de que el posible terrorista del zapato había sido seguidor de un líder espiritual recluso en Lahore llamado Sheik Gilani. Nos asomamos a algunas instituciones religiosas que se decía que estaban relacionadas con él y dejamos una carta solicitándole una entrevista en su lugar de residencia.

Entrevisté a una fuente de los servicios de inteligencia paquistaníes que afirmaba que a Gilani lo estaban investigando por posibles vínculos con el terrorista del zapato. También encontré a una persona que vivía cerca del recinto de Gilani y afirmaba haber reconocido al terrorista del zapato en una foto. Pero los colaboradores del líder espiritual negaron enérgicamente cualquier vinculación, afirmando que se trataba de un complot para desacreditarlo.

Escribí el artículo e incluí el desmentido. Después de publicarlo, intenté continuarlo con una entrevista. Me enteré de que un periodista del Wall Street Journal también estaba trabajando en una nota relacionada. Yo no conocía a Daniel Pearl, pero me preocupaba que me soplara la primicia.

Finalmente, mi misión terminó. Volví a EE.UU. Todo parecía una gran aventura, hasta que desapareció Daniel Pearl. Ya en el living de mi casa en Boston leí las noticias de Pakistán con creciente alarma: el líder espiritual había sido detenido brevemente e interrogado sobre el paradero de Pearl. Negaba cualquier implicación suya en la desaparición de Pearl y nos acusaba a él y a mí de ser espías.

La cosa empeoró. Los secuestradores de Pearl enviaron notas de rescate exigiendo que los prisioneros pakistaníes de Guantánamo fueran devueltos a Pakistán para ser juzgados: “Si los estadounidenses mantienen a nuestros compatriotas en mejores condiciones, nosotros mejoraremos las condiciones del Sr. Pearl.” Cuando se enteraron de que Pearl era judío, afirmaron falsamente que era espía del Mossad, la agencia de inteligencia israelí, y que sería ejecutado.

La policía localizó pronto a Omar Sheikh, que se entregó a un hombre que conocía desde hacía años: Ijaz Shah, figura poderosa de la inteligencia militar que ahora es ministro de control de estupefacientes de Pakistán.

Los militares interrogaron a Sheikh durante más de una semana antes de entregarlo a la policía. Después llegó el impactante video de la decapitación de Pearl, que provocó una protesta mundial. En 2002, un tribunal antiterrorista civil condenó a muerte a Sheikh. Desde entonces, el reo ha presentado distintos recursos de amparo. Afirma haber desempeñado un papel menor en el operativo.

Poco se sabe de cómo Sheikh entregó a Pearl a quienes realmente lo decapitaron. Pero sus afirmaciones de haber desempeñado un papel insignificante son risibles. “Por supuesto, Omar Sheikh estuvo profundamente implicado”, me dijo Hassan Abbas, antiguo oficial de policía de Pakistán que ahora es profesor en la Universidad de Defensa Nacional de Islamabad. Pero la policía de Karachi también identificó a otro hombre bajo custodia militar al que se consideraba igual de culpable pero que nunca fue entregado para que se lo juzgue. Por esa razón, entre otras, el caso legal contra Omar Sheikh se considera viciado.

Asra Nomani, amiga y colega de Pearl durante mucho tiempo, que lo hospedaba en Karachi el día en que desapareció, pasó años investigando su asesinato como parte del Proyecto Pearl de la Universidad de Georgetown, Washington DC. Me dice que hay pocas dudas de que Omar Sheikh sea el responsable del asesinato.

“Sin Omar Sheikh, Danny nunca habría sido secuestrado y asesinado”, me asegura Asra.

Pearl habría sospechado de los otros hombres implicados en el complot que “caminaban y hablaban como yihadistas”, afirma. Pero Sheikh, que había estudiado en la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres, se había ganado la confianza de Daniel. Sheikh y él se habían mandado mensajes sobre sus esposas incluso, ambas embarazadas en ese momento.

Por eso los padres de Asra Nomani y los de Pearl, junto a su hermana mayor, luchan por mantener a Sheikh en prisión. Espero que tengan éxito. Pero cuando se trata de militantes, en Pakistán nada es lo que parece.

Incluso si se lo dejara en libertad, es casi seguro que Sheikh no saldrá libre. Desaparecería en ese inframundo de detenciones militares secretas, casas de seguridad y arrestos domiciliarios que ha engullido a tantos militantes religiosos en el país. Los tribunales no están más preparados para llevar terroristas ante la justicia hoy que en 2001.

El aumento de ejecuciones extrajudiciales de terroristas —con drones y soldados de fuerzas especiales— sirve para admitir sin tapujos que las cortes de todo el mundo no pueden manejar estos casos sin echar luz sobre cuestiones que los espías prefieren mantener ocultas.

Diecinueve años después de aquel viaje a Pakistán, me he vuelto más prudente. Ahora sé que hay algunos misterios que no podré resolver nunca. Hay días en los que me pregunto si Daniel Pearl seguiría vivo si yo no hubiera escrito esa nota. ¿U Omar Sheikh simplemente habría encontrado otra artimaña para atraerlo?

Me hace sentir mal que el líder espiritual se haya visto envuelto en el caso. A fin de cuentas, parece que no tuvo nada que ver con el terrorista del zapato. Pienso en todas las cosas que se han hecho y no se pueden deshacer, en nombre de una guerra que nos ha ensuciado a todos.

Por Farah Stockman, The New York Times

Traducción: Román García Azcárate

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