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Che multiplicado en la heredad del arte

Por Jorge Luis Urra Maqueira

La muestra andante Che fotógrafo. Un artista llamado Ernesto Guevara puede apreciarse en las galerías de Santa Isabel y del Boulevard, profusa oleada fotográfica del memorable guerrillero, cuyas vivencias como educador, médico, atleta, cronista, peregrino, ministro y combatiente, le permitieron incursionar en muchas de las tipologías fotográficas existentes, tales como la documental, contenedora de un momento de la realidad, el retrato, la fotografía deportiva, industrial, de viaje, de naturaleza; elocuentes de su estilo de vida, callejera, enjundiada por los momentos cotidianos, social, artística, etc. De modo que a sus ardores por el teatro y el cine (por cierto, se incluye una hermosa imagen en contrapicado de la filmación de El joven rebelde (1959), de Julio García Espinosa), se le atribuye la pasión por el lenguaje del lente y el impacto social que ocasiona el obturador y su rendimiento. De hecho, el líder manifiesta en una entrevista que antes de ser comandante fue fotógrafo, mediado por su padre, y casi siempre portaba consigo una cámara. Asimismo, que había ejercido como fotógrafo errabundo para sobrevivir y luego como reportero gráfico para la Agencia Latina, en México. No ha de extrañarnos, pues, que se distingan destrezas composicionales, intencionalidades y afecciones en el desarrollo de los temas y una invariable energía para testificar, compartir sus empeños y credos, el deseo de transformar el universo.

A su modo, ejerce el fotoperiodismo, ese proceso de storytelling que le permite narrar los hechos que sobrevienen en su presencia y de los que en muchas ocasiones es coprotagonista, recogiendo instantáneas de encuentros, asambleas, movilizaciones, visitas o requisas, actos públicos, entre otros, donde ofrece la impronta de sus puntos de vista, como en la serie de fotos tomadas en El Caney, Las Mercedes (1959), con la presencia del Ejército Rebelde y el proceso de mutación socioeconómica. El Che logra comunicar el ambiente emocional del entorno histórico, las reacciones de las multitudes y hasta el propio regocijo de los infantes que agradecen las mudanzas en su comunidad.

Hacia la década de 1960 se percibe una voluntad por afincar, sobre todo con el uso del color (y alguna que otra experimentación incluida), un tipo de registro artístico que expresa sus percepciones y vibraciones estéticas erigidas para ser comunicadas, ya no como documento, sino en función de un lenguaje visual, en la que interviene en el objeto, ora por las angulaciones y composición, ora cuando elige el momento del día para subrayar una temperatura cromática o atmosférica, en pos de intervenir la grandeza de los sitios, las construcciones y los signos de cada nación. Su serie de fotografías arquitectónicas captadas en México (1955), Egipto (1959) o Indonesia (1959) elocuencia este deseo de declarar no lo que recupera la cámara, sino lo que siente el autor. Justo, este tipo de fotografía enfatiza la estética de las estructuras milenarias, domeñadas por los tiempos, de construcciones patrimoniales, en los que se conciertan planos generales y de detalle, sea para dar una idea totalitaria del inmueble o singularizada de sus componentes, piénsese en bloques, columnas, arcos, vigas, portezuelas, esculturas adosadas, como las del Templo de los Jaguares (México, 1955) o los bajorrelieves del templo de la Isla de Java en Indonesia (1959). Asimismo, disfruta de la arquitectura urbana moderna, los vínculos entre estos espacios y sus habitantes, logrando comunicar sus visiones sobre la existencia de la rutina en las ciudades, visualizar su concepto del espacio ecológico, histórico (recuérdense sus capturas durante su periplo por Japón, 1959), las menestras entre la tradición, el diseño y la modernidad.

Emparentada con esta tipología se localizan sus paisajes urbanos, marinos o rurales, unas veces mostrados como grandes espacios naturales, otras por detalles específicos del país visitado, al estilo de las capturas en el Cuzco (Perú, abril de 1952), Popocatépetl (México, 1955), el Templo de las Inscripciones en Palenque (México, 1955), el Valle de Gizeth (Egipto, 1959), las ruinas romanas en Marruecos (1959), la ciudad de Toledo (España, 1959), etc., los que constatan sus dominios sobre la regla de los tercios, el cuidado de la línea de horizonte, de la profundidad de campo y el aprovechamiento de la luz natural para sus composiciones. Guevara, como se aprecia en la serie de los monumentos arquitectónicos egipcios (1959), presta atención a la intensidad y a la disposición de la luz; sobre todo estudia las posibilidades de la salida o puesta de sol, especialmente para lograr esa luminosidad mansa, evitando la contraluz. Con frecuencia sus objetos son las montañas, el campo, los desiertos, las ciudades, las aguas y zonas industriales, transfiguradas por su sensibilidad y ojo diestro.

Mucho pudiéramos cavilar sobre esta imponente muestra que curáramos para los públicos sureños, montada por los artistas plásticos José Basulto y Yunier Hurtado y un amplio equipo del Consejo Provincial de las Artes Plásticas y la Dirección Provincial de Cultura sureños, y honrada con la presencia de Aleida Guevara March, la legataria del Che, el viceministro de Cultura Fernando León Jacomino y Norma Rodríguez Derivet, presidenta del Consejo Nacional de las Artes Plásticas; empero, es nuestro anhelo que usted lo descubra por sí mismo. Le convidamos, pues, a extasiarse y disfrutar de este proyecto que nos revela a un Che multiplicado en la heredad del arte.

Fotos: Modesto Gutiérrez

(Tomado del 5 de Septiembre)

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