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LA CRONICA

Bestia de cargar nostalgias

Comenzaremos a compartir los crónicas que resultaron premiadas en el XV Encuentro Nacional de la Crónica “Miguel Ángel de la Torre”, en Cienfuegos.

Bestia de cargar nostalgias, publicada en HorizontesBlog, obtuvo premio en la categoría Estudiantes.

Por Lilian De La Caridad Sarmiento Álvarez

Un hombre es un lugar/ y un vicio/ y una espera/ y un hombre es lo que tarda en deshacerse sobre el mar/ la espuma de su estela.

                             Ariel Barreiro

Usted debió ser un buen mozo, Manuel”, le digo a Manuel Santiesteban. Mientras le explico el porqué de mi observación, apoya el bastón a un lado del sofá y busca insistentemente en su bolsillo. No hace ningún comentario hasta que saca de la billetera una foto en blanco y negro, de 1×1 centímetros. “Ese soy yo cuando tenía 28 años”, dice en espera de que ratifique mi opinión.

El hombre de la foto parece tener los ojos verdes y cabello castaño. Viste un uniforme estilo militar y trabaja en el central azucarero Cristino Naranjo. Aunque el primer plano de la fotografía no lo revela, ese hombre arrastra una pierna como único recuerdo de la infancia, cuando enfermó de poliomielitis. La mano derecha, engarrotada, también es consecuencia de esa enfermedad. Pero Manuel no quiere que sus discapacidades se roben el protagonismo, y como para demostrar su autocontrol estrecha mi mano con su mano mala, la aprieta fuerte, más fuerte, y sonríe victorioso: “¿Viste?”

La pierna torpe, que ahora necesita de un bastón para aguantar el peso de 88 años, también es el único parecido entre el Manuel de la foto y el que vive en un Hogar de Ancianos de la ciudad de Holguín.

Aquel hombre (el de la foto) acostumbraba montar a caballo y recorrer su lote a lomos de cualquiera de los tres potros que le pertenecían. Cada uno le había costado 100 pesos. Después del trabajo se colaba en la primera fiesta que encontrara, o iba a parar a cualquier bar del pueblo. Entonces, el ron El Castillo le endulzaba la boca para seducir a las mujeres más jóvenes, en complicidad con los boleros y las guarachas en la victrola.

Este, con verrugas en la cara y la sonrisa triste, apenas deambula por la que ahora es su casa, cargando con los malestares del cuerpo y el alma. Mira pasar los días con la misma expresión en los ojos: ¿es esto a lo que venía? Repite su rutina diaria como autómata: despertar, asearse, tomar el café sentado en la cama, conversar con el compañero de la cama contigua, fumar (vicio aprendido desde los 14 años), desayunar, vagar por el Hogar hasta la hora de dormir, y vuelta al principio.

Pareciera que, después de cinco años, Manuel se siente como en casa. A veces también parece que Manuel está lejos, a pesar de una eterna expresión en su rostro que muchos confundirían con alegría, pero así también se camufla la resignación.

Hay más de cien personas en el Hogar de Ancianos. Manuel solo quisiera tener cerca dos.

Los días en que Yaimí no trabaja, lleva a sus niñas a pasear, al médico cuando es necesario, o al círculo infantil. A veces las lleva al Hogar de Ancianos donde trabaja. La mayor apenas tiene cinco años. La más pequeña pretende conversar con todo el que saluda a su mamá.

Yaimí es asistente de enfermería. Quien la ve por primera vez la cree incapaz de levantar a un viejito postrado para bañarlo en su cama, o de reacomodar tres cubículos de poco más de diez camas en una mañana. Es tan flaca para su edad que se pudiera hacer pasar por una adolescente. Una adolescente soltera, con dos niñas pequeñas, un alquiler que pagar y un trabajo duro, muy duro, que todos los días le recuerda lo impredecible de la vida.

Como los demás trabajadores del Hogar de Ancianos, Yaimí cumple con una jornada de 24 horas. De ella dependen muchos abuelos que la necesitan para ir al baño, tomar los cócteles de medicamentos, comer lo que puedan comer y hasta sentarse en una silla de ruedas que quedará todo el día interrumpiendo el paso en el recibidor del Hogar.

Aunque no siempre se amanece con el mismo humor, Yaimí trata de alegrarle el día a sus viejitos. A Manuel, por ejemplo, lo lleva a pelarse con el barbero que él elija, porque no todos los que van allí saben pelarlo como a él le gusta. El día planificado, a la hora planificada, Yaimí va hasta el cubículo de Manuel y lo lleva a la barbería, que está en la puerta de al lado. Pero ese pequeño recorrido de tres metros los hace felices.

Hay días en que Manuel toma la iniciativa y decide cambiar su paseo mecánico por una visita al cubículo donde esté Yaimí. Entonces, elige con cuidado una camisa limpia, acomoda su gorra (solo se la quita para pelarse, ir al baño y dormir), agarra el bastón y comienza su peregrinar en busca de la asistente. Cuando al fin la encuentre, ella dejará la huella roja de un beso en su mejilla arrugada, acomodará el cuello de su camisa, examinará el largo de las uñas, la barba de tres días, preguntará por los medicamentos en falta.

Después, el mundo retomará su curso. Manuel se sentará a tomar el sol y hablar de pelota. Yaimí seguirá atendiendo a otros abuelos, recorriendo el Hogar tan ligera como si los problemas se esfumaran, como si el pasado no importara.

El expediente número 1695 del Hogar de Ancianos Pedro Vázquez recoge el siguiente motivo de ingreso de Manuel Antonio Santiesteban Escobar“adulto mayor, solo, sin ayuda de sus familiares obligados”. Por familiares obligados se refiere a hijos o nietos. Esta nomenclatura da por sentado que un lazo de consanguineidad obliga a la protección y cuidado entre los familiares. La verdad de esa afirmación es tan relativa como la ley de Einstein.

Pero a Manuel no le importa Einstein ni la relatividad, ni si existe la casualidad o el destino, él solo sabe de su abandono. Hay más de cien personas en el Hogar de Ancianos y Manuel solo quisiera tener cerca dos.

“Yo tuve dos hijas, pero ellas dijeron que no eran hijas mías…y me abandonaron.”Dos lágrimas pesadas aparecen y me arrepiento de haber preguntado por los hijos. La voz de Manuel se quiebra pero él sigue contando, y uno solo espera tener fuerzas para escuchar sin ahogarse en el llanto de Manuel.

“Las estuve manteniendo hasta que se casaron, la mayor con 14 años y después la otra con la misma edad. Un día, fui a ver a mi hija mayor a su casa y me dijo: Vete, mami no quiere que te veamos más”. Y eso fue todo.

Cuarenta años después las hijas siguen sin querer saber del padre, “No nos criamos con él”, es lo que dicen. El padre se ha perdido la vida de sus hijas, no conoce a todos sus nietos, y aun se pregunta “¿dónde me equivoqué?” Nadie le ha podido responder con certeza, y la duda se ha convertido en un secreto familiar.

Mientras tanto, en el expediente de Manuel Santiesteban se archiva el diagnóstico de la trabajadora social, quien solicitó el ingreso al Hogar de Ancianos por tratarse de un “adulto mayor con enfermedades crónicas de repercusión social (desde la hipertensión y la artrosis generalizada hasta enfermedad cerebrovascular isquémica), higiene ambiental y personal mala, porte y aspecto descuidado, vivienda sucia en condiciones regulares, cocina con leña dentro de la casa”. Un mes después de esta evaluación, el 28 de febrero de 2015Manuel ingresaba al Hogar de Ancianos.

Las evaluaciones posteriores copian el mismo discurso, enumeran las enfermedades, reconocen la independencia para realizar las actividades cotidianas, aplauden la lucidez y las buenas relaciones de Manuel. Pero en ninguna de esas líneas escritas de prisa y con algunas faltas ortográficas, se habla de cómo se siente Manuel. Las emociones no caben en estas hojas. Los exámenes del psicólogo se limitan a determinar un deterioro cognitivo ligero.

Hablar con Manuel de la familia que él creó y que hoy no tiene, es meterle la mano en el pecho, sin advertencia ni autorización, y exprimir un corazón estriado. No importa las veces que haga el cuento, siempre traga en seco y la mirada se le nubla, trata de respirar profundo para no dejarse vencer por la nostalgia. Casi siempre lo logra, pero el dolor nunca se va del todo.

Entonces, uno empieza a cuestionarse problemas ajenos, como si con ello pudiera resolver el enigma de un padre abandonado, o como si en la respuesta estuviera la garantía de una vejez junto a los “familiares obligados”.

El trabajo de Yaimí es duro, muy duro, y todos los días le recuerda lo impredecible de la vida. Tan impredecible como que un día ella llegue al Hogar de Ancianos por primera vez, para empezar a trabajar. En su cubículo, Manuel acaba de asearse y ya está listo para su paseo diario. Yaimí camina de un lado para otro cambiando sábanas, preparando inyecciones, organizando pomos de medicamentos. Un señor intercepta a Manuel en el pasillo y se ponen a discutir el último juego de la Serie Nacional de Béisbol.

En ese momento, una asistente tan flaca que parece una adolescente pasa junto a ellos. Manuel la detiene. Su cara le es conocida. Le recuerda a una niña que conoció hace veinte años, y aunque las fisonomías cambian, está seguro de que es ella.

Foto tomada por la autora en el Hogar de Ancianos

“Disculpa, mi vida. ¿Tú eres la hija de Elena Santiesteban?” El impacto de la pregunta debe notarse en la cara de Yaimí. “Sí, ¿por qué, usted la conoce?”

Manuel, que tiene la malicia de un niño y la picardía de quien ha vivido más de ocho décadas, le dice, tan sereno, tan natural: “Yo soy tu abuelo”.

Como si lo natural fuera descubrirlo solo, presa del olvido, convertido en una bestia de cargar nostalgias.

Imagen destacada: Alejandro Conde Ravassa

2 thoughts on “Bestia de cargar nostalgias

  1. Me quedé sin palabras…Y hay tantos Manuel por ahí…
    Genial, una maravilla. Gracias Lilian De La Caridad Sarmiento Álvarez, gracias Yaimí

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