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Reportando con Fidel

Cuando a fines de 1990 llegué al periódico Adelante como un periodista que intentaba romper su cascarón con el bolígrafo, cierta imagen me impactó sobremanera: desde una pared, Fidel leía ese diario camagüeyano con una atención que sugería a las claras que el fotógrafo había sorprendido a quien nadie sorprendía. Años después, a mi paso por Granma, vi una estampa similar, y muchas crónicas más tarde, al aterrizar en Juventud Rebelde, el mismo lector me retaba a escribir bien en esta publicación que él ojeaba, seguro y sereno, cual el (Comandante en) Jefe de información.

Son como escudos de armas colocados en muros de múltiples editoras de prensa cubanas como muestra de su linaje revolucionario, pero si se visita a muchos colegas premiados por su talento, su mérito y hasta su suerte, hallaremos en las salas de sus casas el resguardo infalible contra el cansancio reporteril: una foto personal con Fidel.

La cercanía es natural. Alguna vez él dijo sentirse, con los periodistas, como «en familia», y durante el VII Congreso de la UPEC, tras 22 horas de charla que hubieran agotado a no pocos deportistas de alto rendimiento, dijo a los delegados, fresco como una noticia, aquello de: «Me gusta el oficio, de verdad. Ténganme por uno de ustedes». Todos, dentro y lejos del Palacio de Convenciones, le creímos, por eso ahora mismo lo siento aquí cerca, remendándome con su mirada de humana montaña este manojo de notas.

Ya se ha hablado de su temprana inclinación, en Birán, por los periódicos, que leía para sí y para otros no con los ojos de la simple aceptación sino con la búsqueda pareja de la actualidad y la justicia. Por esa vertical columna de la vida, luego de su graduación universitaria tuvo un programa en la emisora Radio Álvarez donde daba cauce a su ideario, y a inicios de los años ‘50 denunció en el periódico Alerta —acaso preparándose para su duelo definitivo con Batista y su Guerra Grande con los (norte)americanos— la corrupción del Gobierno de Carlos Prío, mientras su «letra» no era desconocida en la revista Bohemia.

Siendo, junto al Turquino, el más alto pico rebelde, Fidel honró con palabra y contenido la emisora fundada en plena guerra por el Che y, una vez consumado el triunfo revolucionario, aprovechó la televisión para abrir al mundo, con la Operación Verdad, una límpida ventana a la Cuba que todos fundábamos juntos, con él en el «lead» del proyecto.

Cuando llegó internet y no faltaron temores puntuales, él, experto «quitador» de armas al enemigo, pronunció la frase que sigue retando todo el potencial del gremio: «parece inventada para nosotros».

Estratega en cualquier frente, cambiaba el fusil, pero no dejaba el «puesto de tirador». Llegaron los días en que sus años, su andar, su barba, su rostro y su estirpe lo convirtieron en el patriarca de las revoluciones y él pasó, de la Mesa Redonda, a publicar aquellas Reflexiones que todavía invitan a pensar, cerrando su ciclo comunicacional donde comenzó en Birán: en el hermoso campo de la palabra pura.

Fidel siguió toda su vida el entrenamiento básico del reportero: no dejaba de leer ni paraba de preguntar; por eso podía dar y exigir a los medios de comunicación como nadie. «El país necesita la máxima calidad de nuestra prensa; el país necesita de un trabajo óptimo de la prensa, si fuera posible alcanzar un trabajo óptimo», dijo una vez antes de añadir esa frase que nació en un Congreso de periodistas: «Una revolución solo puede ser hija de la cultura y las ideas».

Confiaba tanto en el sector, como fuerza formidable de la Revolución, que llegó a preguntar quién podría educar más que la prensa. Para ello, recomendaba un tridente de palabras, ideas y verdad con el que sin dudas hincó por décadas, con la mayor efectividad, las ilustrísimas posaderas del imperio.

Era maestro del análisis y la síntesis. Tanto halló en el periodista Apóstol, que una vez describió la oratoria martiana como catarata de ideas en un pequeño arroyo de palabras. Dicho de otro modo, Fidel multiplicó en millones de pensamientos, códigos y mapas de bien la de por sí enorme obra del Héroe Nacional, de modo que no asombra que hiciera, en nombre de ambos, cuanto hizo.

El hombre que allanó la Sierra para subir el país consideraba a los periodistas como comisarios del pueblo en su batallar. Difícilmente alguien defina misión mayor para un reportero, pero le sobraba autoridad gremial para tal encargo porque él, que muy temprano activó una poderosa maquinaria de amor para enseñar a los cubanos a leer, nos mostró luego, con los periodistas a la cabeza, el sendero de la interpretación profunda de noticias.

Su audacia mayor estuvo, sin embargo, en entender, siendo él mismo un devoto de la palabra exacta, que la de informar es una profesión de riesgo, así que en otro evento de periodistas admitió que en el camino habría «equivocaciones, exageraciones, pero lo que no podemos admitir es el silencio. Peor que los peligros del error son los peligros del silencio».

Sus tensiones aún vivas con la otra prensa, la que nos desprecia como proyecto y como nación independiente, no eran otras que las mismas que tiene, contra el Goliat de la comunicación, el periodista más humilde —perdóneseme
la redundancia— que informe en este archipiélago.

Fidel olfateaba detalles soterrados en cualquier texto. Disfrutaba del periodismo que hiciera gala de las técnicas de la escritura literaria tanto como entendía los beneficios, para la literatura, de las herramientas reporteriles.

Quienes lograban abordarlo debían disponerse no solo para las preguntas que harían al Comandante, sino para responderle las que, con toda seguridad, él les haría. A resultas, siempre quedaban dos entrevistas en una y un público agradecido.

Aunque brilló en discursos breves, el de la Cumbre de Río de Janeiro en 1992 es una pieza de oro que hoy se cumple cual profecía amazónica. Fidel fue un hombre de oratoria larga y profunda que, en cambio, no dejó de tener ADN periodístico porque siempre implicaba novedad. Aun sus copiosas incidentales, ciertamente no recomendadas por la teoría de esta profesión, estaban preñadas de revelaciones que les daban su propio valor y se erigían en especie de hipervínculos verbales con el mensaje central.

Tenía la luz ancha del editor supremo, así que un día de 1991 —poco después de que un reportero novato le viera en una foto en la pared de Adelante— nos anunció que, pese a la falta de papel, los periódicos saldrían «aunque sea como en los tiempos de El Cubano Libre». ¡Y vaya si los sacamos!

Últimamente nadie le ha visto en nuestras redacciones. El periodista Fidel debe andar haciendo alguna investigación en profundidad y habremos de esperar a que esté listo a publicarla con el índice derecho en alto, como título revelador coronando una columna.

El colega especial que conociendo a su pueblo y conociéndose a sí mismo anticipó, desde décadas antes, la multitud que le acompañaría en su marcha final; el editor dotado que, sabedor de cuánto ya había escrito en nuestra historia, dijo un día que nos acompañaría hasta su línea 90 de vida, no deja, por ausente, de cabalgar en las portadas.

Cuando ¿al final? muchos se preparaban para escribir sobre el bronce mil crónicas estatuarias, el Comandante en- Jefe de Información les cambió la plana al fundirse, sí, pero como polvo de pueblo a una roca de Santiago. Una placa que le retrata mejor incluso que sus fotos en nuestras redacciones nos da, con una palabra, la mejor clase de síntesis: Fidel.

A la vista de Santa Ifigenia, en lontananza, las lomas de la Sierra Maestra mantienen vivo desde hace cuatro años un eco de identidad colectiva: «¡Yo soy Fidel!», reitera sin pausa este orfeón que cuenta, entre millones, con voces de reporteros. Al cabo, todos crecimos y ahora, para alentar nuestras letras, puede bastar con tener, en la redacción central o frente al sofá de la sala, la serena foto de una piedra redonda llena de gloria como grano de maíz.

Tomado de Juventud Rebelde

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