FIEL DEL LENGUAJE

Fiel del lenguaje 51 / Una serpiente acuática no es un pez

Con la entrega 50 el autor pensaba interrumpir la columna, y no por sacarle el cuerpo al trabajo, sino porque tiene la impresión de estar atascado en una tarea inútil. Hágala quien la haga, no parece interesar a quienes mayor provecho podrían y deberían sacar de ella. Pero la prosperidad de los errores apunta a la necesidad de seguir enfrentándolos.

En la revista televisual Buenos Días —que ha dado no poco material a “Fiel del lenguaje”— se difundió un reportaje sobre la agricultura. Fue estimulante, por apuntar al avance en el logro de alimentos; pero de principio a fin se llamó tubérculo a la yuca, que por querida y por cada vez menos barata le resulta cara al paladar cubano.

No intenta agotar el tema, pero en su natal Velasco, poblado de la otrora provincia de Oriente, desde la escuela primaria y la secundaria, con maestros y maestras memorables, el columnista aprendió que, a diferencia de la papa, el boniato, el ñame y otras viandas, la yuca no es un tubérculo, sino una raíz. Un tubérculo, de ahí el nombre de la tuberculosis, es un cuerpo —o corpúsculo, en el caso de la temible enfermedad— que se forma en un órgano determinado: en la tuberculosis, especialmente los pulmones, pero no solo ellos, o, en lo relativo a las plantas aludidas, un tallo subterráneo.

Quien haya visto y comido papa y boniato —ejemplos con que el Diccionario de la Real Academia Española ilustra el vocablo tubérculo— habrá apreciado que tienen una masa homogénea. En la yuca resultan ostensibles la hebra central de la raíz que ha engrosado, ganado en volumen, y la forma alargada propia de esa parte de la planta. No es la única raíz alimenticia. Entre las conocidas, otras son la zanahoria y la cúrcuma.

Pero las redes generan confusiones en torno a ese tema, y a otros. Una simple exploración muestra que los espacios donde se registran las diferencias entre raíz y tubérculo, y se hace la clasificación correspondiente, son menos que aquellos que lo ponen todo en un mismo saco. “Total, si todo eso se da bajo tierra y se come, y termina en lo que termina después de digerido”, habrá quien diga.

A la persona que así se exprese cabría hacerle algunas objeciones. Por ejemplo, una serpiente acuática no es un pez, aunque viva en el agua, y una mariposa no es un ave, aunque vuele. Asimismo se le podría preguntar si le sería indiferente que, al ir al mercado a comprar carne, le despacharan filete, pellejos, vísceras, huesos o cartílagos, porque el vendedor aduce que todo eso forma parte del animal, se come y después acaba como todo lo comido.

Con similar razonamiento se acabará considerando que el maní —conocido además como cacahuete, cacahuate y caguate— no es una legumbre, sino un tubérculo que se da bajo tierra. Si el desplazamiento del sentido se aplica de otro modo, podría incluso aceptarse que el maní es meramente una raíz capsular dentro de la cual se forman bolitas, como tubérculos, por lo que no en tamaño, pero sí geométricamente son más próximas a la papa y al boniato que a la yuca. Si el autor no está equivocado, disfrutar el tallo engrosado del marañón como si fuera una fruta, no autoriza a decir que lo es.

No por la urgencia de garantizar la comida se debe desconocer la importancia de las definiciones rigurosas y acertadas. Será más fácil apreciarlo si se aspira a que el país sea cada vez más de hombres y mujeres de ciencia. Ese propósito reclama una sabiduría que estará manca, en frágil supervivencia, si se ignora la importancia del idioma: más que maniobras podálicas —propias de la obstetricia—, haría malabarismos pedestres.

Por semejante camino se puede bautizar baño podálico al sitio donde se desinfectan las suelas de los zapatos para no trasmitir agentes patógenos. Más comprensible resultaba que, en ambientes campesinos de escasa instrucción escolar, se llamara limpiapié a un pedazo de machete, u otro material parecido, que se fijaba a una base cerca de la entrada de una vivienda para limpiarse con él las suelas de los zapatos.

Una duda se refuerza ante las imprecisiones con que las redes borran las diferencias entre una raíz y un tubérculo. ¿Será que el saber científico —la botánica y la agronomía en estos casos— ha renunciado al rigor de las clasificaciones, que ha sido una de sus características? ¿No será que la real o falsa democratización del conocimiento en internet —cuya utilidad nadie en su sano juicio querrá ignorar—propicia, también en áreas científicas, que cada quien diga lo que se le antoje?

Las falsificaciones y los oscurantismos que han circulado en torno a la covid-19 resultan escalofriantes. Lo fundadamente llamado infodemia, y hasta infopandemia, debería bastar para adquirir conciencia de cuán peligroso sería, o es, dejar el conocimiento y su divulgación en cualquier mano, y de cualquier mano aceptar lo difundido.

Están a la vista los estragos de haber asumido la falsa sinonimia de humano y humanitario lanzada o calzada, al parecer, por Wikipedia, y conveniente en cualquier caso a las dolosas manipulaciones conceptuales de la OTAN, particularmente en sus crímenes llamados “humanitarios”. Hay por ahí tela para seguir cortando.

En el propio terreno de la divulgación científica pululan errores no menos ostensibles que las imprecisiones antes apuntadas. También desde los primeros grados escolares aprendimos que el Cauto es el río más largo de Cuba, pero no el más caudaloso, cualidad que le corresponde al Toa. Sin embargo, en una información calzada en general por la sabiduría se ha oído que el primero de esos ríos es el más caudaloso. Una cosa es la extensión de una corriente fluvial, y otra su volumen de agua.

El desliz puede haber sido fruto de un lapsus pasajero, pero queda en el aire la duda de si, más que eso, será consecuencia de una deplorable y generalizada propensión al descuido, a menospreciar la importancia del rigor. No se trata de una minucia volandera, sino de algo comparable a confundir en medio de una tormenta la altura de las olas del mar y la extensión del área que puede llegar a tener el desbordamiento de sus aguas.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

4 thoughts on “Fiel del lenguaje 51 / Una serpiente acuática no es un pez

  1. Deliciosamente dusfrutable y, como siempre, para aprender. Sean 50.100 o miles, nunca te desanimes ni pongas en duda la utilidad de esta prédica tuya de utilidad inestimable, y solo comparable, en su necesidad, a tu defensa sin concesiones de las esencias martianas.

  2. Somos unos cuantos los que seguimos su columna, aunque estemos jubilados, pero no retirados de esta profesión. Usted tiene lectores y lectoras que no son del gremio pero les interesa dominar el idioma. Me ha dado un buen tema para una colaboración “antes que se me olvide,,,” No pierda el buen ánimo, profesor.

  3. Don Luis: su columna me parece de excepcional relevancia. No ceje en su empeño de defender nuestra lengua. Algunos (como es mi caso) que aprendimos las primeras letras con maestras normalistas, creemos que un pueblo digno y culto debe hablar y escribir correctamente.

  4. Soy entrenador de tiro deportivo. Hace muy pocos días cometí el error de decirles a mis atletas que lo que se daba debajo debía tierra eran tubérculos. Ya tengo la razón para rectificar mi error. Muchas gracias.

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