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¿Cuál es el problema que calla The social dilemma? (I)

                                                          Los genios se deben a la virtud y al perfeccionamiento de la humanidad.

                                                                                                                                                                                       José Martí

I

“Nada vasto entra en la vida de los mortales sin una maldición”, Sófocles. Tal es el exergo del docudrama norteamericano The social dilemma, conocido en castellano como El dilema de las redes sociales. Dirigido por Jeff Orlowski y presentado a inicios de este año por Netflix, constituye una denuncia brillante del lado oscuro de las redes sociales. El audiovisual es construido como una narración ficticia atravesada por testimonios de exejecutivos de Google, Facebook, Instagram, Pinterest, Twitter, Youtube y otras plataformas sociales.

Sin embargo, el documental —con el perdón de la imagen— parece un par de tenis con los cordones hechos un nudo gordiano: podemos calzarlos, pero no caminar con ellos. ¿Por qué? Porque desde el inicio, cuando a cada denunciante se le pregunta cuál es el problema, todos guardan silencio. Un silencio espeso, sustancioso, cómplice. Y debo decir que, aunque soy defensor del corolario de Wittgenstein: “de lo que no se puede hablar mejor es callar”, dudo mucho que profesionales altamente calificados como ellos ignoren realmente de qué se trata.

El título del documental plantea en español el problema que resuelve en inglés: el dilema de las redes sociales es un dilema social, no de redes. Pero, ¿en qué consiste este dilema?

II

Al principio del documental, en un primer nivel de análisis, casi todos los testimonios van dirigidos a señalar el manejo poco escrupuloso de la información por parte de las redes sociales. Jeff Seibert, exejecutivo de Twitter, revela que todo lo que hacemos online es registrado, monitoreado, medido. ¿Para qué? Justin Rosenstein, ingeniero que trabajó en Facebook y en Google, dice que las redes venden esta información a las grandes empresas comerciales. Sandy Parakilas, exdirector de Operaciones de Facebook y de Productos de Uber, así como Aza Raskin, exempleado de los Laboratorios Firefox & Mozila, cofundador del Centro para la Tecnología Humana e inventor del Infinite Scroll, especifican que las redes no venden nuestros datos, sino que a partir de ellos nos modelan para predecir nuestra conducta. Por su parte, la profesora de la Escuela de Negocios de Harvard, Shoshana Zuboff, refuerza este criterio cuando afirma que las redes venden buenas predicciones a los grandes comercios, les venden “futuros humanos”.

Por otra parte, Jaron Lanier, quien es un científico de la computación, subraya que este criterio resulta muy simplista, pues en realidad hay una intención más activa: cambiar nuestra percepción de la realidad para modificar nuestra conducta, es decir, cambiar lo que pensamos, lo que hacemos, lo que somos.

Esto, por supuesto, es cierto, pero no debemos olvidar que la información es, desde hace mucho tiempo, una mercancía. Por tanto, el fetichismo mercantil funciona en este caso como un fetichismo informativo. Pareciera que todo en las redes sociales se reduce a un ir y venir de datos, pero esto no es más que una apariencia: detrás de todo ese movimiento fantasmagórico hay tecnología actuando.

En un segundo nivel de argumentación, las críticas se dirigen al célebre conflicto entre el ser humano y la inteligencia artificial (IA) de las máquinas. El exdirector de Nydia, exdirector ejecutivo de la Mindful School y cofundador del Centro para la Tecnología Humana, Radima (Randy) Fernando, señala que desde los años 60 hasta hoy la potencia de procesamiento ha aumentado tres mil millones de veces, dejando atrás a nuestro cerebro. Pero Tristan Harris —quien fuera diseñador ético de Google y cofundador del Centro para la Tecnología Humana— va más allá y enfatiza en el rol de la tecnología persuasiva, esto es, del diseño aplicado intencionalmente a la modificación de la conducta de las personas. Mientras, Chamath Palihapitiya, quien trabajó como vicepresidente de Crecimiento de Facebook, se refiere al empleo exitoso de las técnicas de crecimiento acelerado para “hackear” la mente de las personas e incrementar sus visualizaciones. Nos tratan —afirma Parakilas— como ratas de laboratorio. Harris insiste en que las redes sociales no son simples herramientas, como muchos creyeron inocentemente al comienzo, ya que usan nuestra psicología contra nosotros mismos; estas son, aclara, un “chupete digital” que tiene poder sobre la naturaleza humana y le da jaque mate a la humanidad. Medios racionales para fines irracionales, como advertían Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración.

Vale la pena subrayar un dato que apunta Tristan Harris: en Twitter, las fake news se difunden seis veces más rápido que la verdad. Ello significa que, si en realidad la mentira tiene piernas cortas, en Internet tiene alas largas.

Por su parte, la Dra. Ana Lembke, directora de Medicina Adictiva de la Escuela de Medicina de la Universidad de Stanford, califica las redes como una droga. De hecho, en la dramatización que corre paralela al documental, hay una niña de once años llamada Isla, que se encuentra aislada de su familia por su adicción al móvil.

La tecnología que nos esclaviza se resume en algoritmos, que son diagramas complejos parecidos a árboles; secuencias de instrucciones que modelan soluciones a problemas. Dichos algoritmos contribuyen a dirigir la información en cierto sentido y, curiosamente, la personalizan, esto es, le comunican a cada usuario datos diferentes para que perciban realidades distintas. De este modo los contornos de la verdad se difuminan y es casi imposible llegar a una opinión común. Sin verdad no hay revolución, porque solo puede superarse lo que se conoce. La gente se desorienta más, pero las empresas se orientan mejor en el mercado y ganan más dinero.

El caos social que genera la desinformación pudiera servir de pretexto al establecimiento de tiranías militares, las cuales heredarían todos los mecanismos modernos de control para perpetuarse. Preguntémonos: ¿qué habrían logrado los nazis si Himmler hubiese tenido a su alcance las cámaras de vigilancia, el Dr. Mengele la ingeniería genética, y Goebbels la internet? La interrogante, por sí sola, espanta.

Uno diría entonces que basta con jugar al ajedrez como Capablanca o como Fischer y abstenerse de consumir drogas digitales para mantenerse a salvo de este problema. Lo que ocurre es que este nivel de análisis tampoco es lo suficientemente profundo para revelarnos el núcleo del dilema social que palpita bajo las redes.

Joe Toscano, exdiseñador de Google, plantea que ellos no quisieron ser malos, más bien que el problema es el “modelo de negocios”. O sea, que para él no es cuestión de uso, sino de abuso. En la misma línea, Rosenstein reconoce que mientras las corporaciones no sean reguladas y continúen manejando la economía a su antojo, seguirán destruyendo el planeta y haciendo que un árbol o una ballena valgan más muertos que vivos. La Zuboff, en cambio, va mucho más allá y sostiene:

Estos mercados socavan la democracia y socavan la libertad, y deberían estar prohibidos. Esto no es una propuesta radical. Hay otros mercados que prohibimos. Prohibimos los mercados de órganos humanos. Prohibimos los mercados de esclavos humanos. Porque tienen consecuencias destructivas inevitables.

Pero la cosa trasciende las prohibiciones legales. Como bien dice la científica de la información Cathy O’Neal, los algoritmos son opiniones codificadas. Y esto es un axioma: los algoritmos son el modo en que los programadores traducen racionalmente el interés irracional de obtener ganancia a toda costa. Tristan Harris lo dice de manera ilustrativa: cincuenta diseñadores de entre veinte y treintaicinco años, en California, pueden influir en las decisiones de dos mil millones de personas en el planeta. Solo le faltó añadir que esos diseñadores no actúan por su cuenta, sino que sirven a los intereses del capital.

Por eso, el supuesto conflicto entre el hombre y la máquina es solo la apariencia de otro que sí es esencial: aquel que se da entre los que somos manipulados por las máquinas y los dueños de las mismas. Se trata de una relación social, la misma que Marx identificó como relación entre el trabajo y el capital, solo que, ahora, a un nivel de complejidad mayor. Dicho sea de otra forma: de un lado estamos nosotros, las ratas de laboratorio; del otro están las e-ratas o roedores electrónicos, si se me excusa el neologismo.

Tres niveles de análisis, tres niveles de profundidad. La manipulación de la información (nivel informativo) se realiza a través de algoritmos que gobiernan las máquinas (nivel tecnológico), los cuales responden a los intereses de la oligarquía global (nivel social).

III

Pero ¿qué es la oligarquía global? Es el actor principal de lo que, en otros textos, he denominado neoimperialismo, es decir, del capitalismo en el que el capital global (no solo financiero) crea monopolios de la información (no solo simples monopolios), los cuales exportan su ideología (no solo mercancías y capitales) para repartirse el mundo culturalmente (no solo territorial y económicamente). Y es útil recordar algunos detalles al respecto.

  1. Los que están detrás de todos los manejos de las redes sociales no son meros capitalistas comerciales, como se asegura en el documental, sino una auténtica oligarquía global. Esta oligarquía es la personificación del capital global, que no es más que la fusión de los capitales industrial, bancario y comercial; es el 1% de la población mundial con el 99% del poder y la riqueza. Independientemente del loable genio de los diseñadores e ingenieros, la oligarquía global usa los medios de comunicación en función de sus intereses, no de los intereses populares. Ya lo hizo con la energía nuclear al lanzar las bombas atómicas en Japón. Medios racionales en función de fines irracionales. El sueño del capital global es la globalización capitalista, que es el proceso de interconexión creciente entre los territorios, los mercados y las mentes, el cual tiene tanta carga positiva en el sustantivo como negativa en el adjetivo.
  2. Los monopolios de la información —entiéndanse las redes sociales— cumplen dos funciones: obtener información y ejercer influencia. Esta última, que es la más importante pues les permite frenar el factor subjetivo de la historia, consiste en informar datos que deforman la realidad con el fin de conformar una opinión pública incapaz de reformarla y mucho menos de transformarla. Así, poco a poco, van construyendo la hegemonía del capital, un consenso que pretende disimular su dictadura. La oligarquía global vence con los cañones y convence desde las redes. Mata cuerpos y descabeza espíritus.
  3. Para exportar sus modelos ideológicos los monopolios de la información no solo apelan a mecanismos sofisticados, como las tecnologías de la persuasión o las técnicas de crecimiento acelerado, sino que imponen un paradigma cognoscitivo que potencia el rol de la comunicación y los sentidos, en detrimento de la práctica y la razón. Este empirismo comunicativo es la clave para crear receptores pasivos de información, dóciles consumidores de la ideología neoimperialista. Su lema es: escucha, mira y cree; no cuestiones ni intentes probar nada. Este escolasticismo de las redes nos recuerda cuánto de premoderno hay en lo posmoderno.
  4. El reparto cultural del mundo se refleja en guerras en tres dimensiones: por territorios, por mercados y por mentes, como es el caso de la cruzada contra el terrorismo en el Oriente Medio, iniciada después del 11 de septiembre de 2001, que no solo buscó enclaves estratégicos y petróleo, sino también acabar con el islam.

La oligarquía global pretende convertir a la humanidad en un rebaño de ovejas. En estas condiciones, internet no es un instrumento de los pueblos, sino que los pueblos son un instrumento de internet. Para el capital todo es mercancía, todo tiene un precio. Por eso, bajo su batuta, todo lo sólido se desvanece en el aire. La batalla actual enfrenta a la humanidad y a la oligarquía global. Si triunfa lo mejor del ser humano, tendremos un planeta saludable, justicia social y una espiritualidad elevada; en cambio, si se imponen los oligarcas, nuestra especie estará condenada a la extinción. Por eso hace muy bien Orlowski, casi al final del documental, al plantear la ecuación: the social dilemma = our social dilemma.

En este punto es legítimo preguntarse si el mea culpa de los exejecutivos de las plataformas resulta sincero. El veneno tiene sus peones. ¿Será que de veras han caído en una crisis ética? ¿Será que al tener más de treintaicinco años e hijos casi adolescentes —como apunta Tim Kendall, exejecutivo de Facebook y expresidente de Pinterest– algunos de ellos se sienten víctimas de su propio engendro? ¿O será que los dioses del capital, que siempre necesitan sangre nueva, apuestan ahora por talentos más jóvenes y con menos escrúpulos? En un final, estos profesionales de las redes que aparecen en The social dilemma —por más que tengan una alta calificación y hayan ganado mucho dinero— no son para la oligarquía global más que empleados prescindibles. Y eso es algo que siempre les van a recordar.

Es cierto, toda gran obra humana es ambivalente: la energía nuclear da luz a todo un país y puede matar a miles de inocentes; un microbio descubierto puede convertirse en vacuna o en arma biológica; la IA puede liberarnos o esclavizarnos. Pero la culpa jamás es de los medios, porque el fin lo pone el hombre de acuerdo con sus principios. Así que Sófocles estaba en lo cierto, y Martí también.

Ya hemos definido el problema, ¿y la solución?

Tomado de La Jiribilla

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