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Declaración de amor a Puerto Rico

Ramón Emeterio Betances y los compatriotas que lo seguían y lo siguen tendrían y tendrán derecho a juzgar cada quien a su modo la realidad perceptible en la desgarrada pregunta, o exclamación, que se atribuye al médico de Cabo Rojo, como reclamo de un nuevo Lares, tras el levantamiento cubano de 1895: “¡Qué hacen los puertorriqueños que no se rebelan!”

También podrán tener su propio entendimiento de esa realidad las hijas y los hijos de Cuba que saben de la participación —señaladamente la del propio Betances y la de quienes combatieron y murieron en la gesta— con que el pueblo puertorriqueño contribuyó a la causa independentista cubana. Si hijas e hijos de Puerto Rico no hallaban manera de encauzar la lucha emancipadora en su tierra —donde, lección si las hay, el autonomismo urdido por España minó el afán de independencia y preparó un camino favorable a los planes de los Estados Unidos—, no dudaron en dar su apoyo al proyecto de José Martí, fundador y guía del Partido Revolucionario Cubano, a cuyo nombre Betances añadía el completamiento “y Puertorriqueño”.

Desde el primer artículo de sus Bases esa organización política se declaró constituida “para lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres [léase: seres humanos] de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”. La matización entre ambos fines expresaba —expresa— respeto a la capacidad de iniciativa y el derecho del pueblo puertorriqueño a su autodeterminación.

Quienes vienen de esa herencia, no la traicionarán, ni se permitirán lastimar a un pueblo que, para males, tiene desde 1898 el sojuzgamiento que le ha impuesto la arrogante potencia imperialista en que Martí supo ver el mayor peligro del que debían librarse Cuba, las Antillas y nuestra América toda. Y aquel Partido cubano —y puertorriquño, al autorizado decir de Betances— fue una lección táctica y estratégica de lo necesaria que es la unidad revolucionaria en general, y sobre todo si se trata de combatir contra un enemigo tan poderoso como el imperialismo estadounidense.

A la potencia que tanta sangre ha hecho derramar en el mundo, y tantos saqueos ha perpetrado desde que se fundó como nación, la regocijará la desunión de las fuerzas que en Puerto Rico pueden desafiarla, enfrentársele, luchar contra ella para alcanzar la independencia. Cuantas más organizaciones independentistas ocupen el lugar de la unidad que afirma y fortalece, más seguro se sentirá el imperio, porque más lejos estará la posibilidad del triunfo de esas filas.

Si, para colmo, entre ellas se desataran contradicciones y hasta querellas, incluso mordidas entre hermanos y hermanas, más capitalizará la desunión de esas fuerzas el imperio. Es el mismo poder que, enfermo de odios en sus entrañas, y minado por facciones intestinas, a todo se sobrepone pragmáticamente para unir sus tendencias y sus recursos al servicio de la dominación que ejerce —como en el caso ostensible de Puerto Rico—, y para conservar la hegemonía mundial que ve peligrar cada vez más.

Al hijo de un pueblo que alcanzó la plena independencia en 1959 por medio de la lucha revolucionaria armada, le satisfaría que la hermana Puerto Rico la alcanzara por la vía que se lo propicie. Se vive una época en que, de tanto poder que conserva el imperio, y de tanto que se expande y cala la derechización que él promueve y manipula, resulta difícil prever la consumación y el éxito de la lucha armada, que esa derechización tilda de terrorismo.

En semejante contexto, lo peor que le podría pasar al independentismo puertorriqueño sería que creciera su fraccionamiento. Así ocurriría si parte de esas fuerzas satanizaran o buscaran el desprestigio de quienes, para expresar y defender su fe patriótica, no ven otra opción que participar resuelta y limpiamente en la contienda de las urnas. Esta, además, será harto difícil, debido a la experiencia acumulada en ella por el imperio y sus secuaces, máxime en un escenario bajo dominio imperial.

Pero ¿habrá que repudiar a quienes, así y todo, en un medio terriblemente adverso, decidan combatir en el único frente donde entienden posible encaminar la lucha, o al menos buscar apoyo masivo para la vocación de independencia? Al menos por ahora, porque el topo de la historia y el saldo de la opresión pueden generar sorpresas imprevisibles hoy, cuando el imperio pone todo su arsenal en lograr que la independencia no sea siquiera imaginable.

La Habana, 24 de septiembre de 2020

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

One thought on “Declaración de amor a Puerto Rico

  1. Ha sido respetuoso el autor en sus consideraciones respecto a la necesaria unidad de filas para alcanzar un logro tan grande como es la independencia de Puerto Rico. Los cubanos tenemos a la unidad como una herramienta indiscutible para el éxito. Es hondo el autor en su amor a Puerto Rico. Llegue a los hermanos y las hermanas boricuas también el mío.

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