COVID-19. Reportes periodísticos

COVID-19, ¿en reversa?

Ha sido un cubo de agua fría. O, más bien, el traspié que te lanza al mismísimo inicio del camino después de haber desandado un buen trecho. La diferencia, aunque parezca remota, es que en este caso la zancadilla nos la hemos puesto nosotros mismos.

Porque, que a poco más de cuatro meses de convivir obligatoriamente con el nuevo coronavirus se haya logrado —el pasado 20 de julio— cero casos confirmados, cero fallecidos, cero graves ni críticos fue un jonrón de todos: los que nos quedamos en casa, los que se tuvieron que aislar en hospitales a sanar a otros, los que condujeron y conducen esta batalla día a día.

Y que tan solo en menos de un mes después, el pasado 9 de agosto, se reportaran como nunca 93 personas contagiadas con el SARS-CoV-2 también fue un strike nuestro.

Inconcebible, nos traicionó la confianza. Hicimos que la curva se fuera aplanando y como un resorte propiciamos que se fuera elevando y elevando después. El rebrote que los científicos pronosticaban para noviembre lo adelantamos tanto que hace rato se está padeciendo.

En las calles ahora contagian no pocos criterios: que si se precipitaron en darle luz verde a La Habana; que si la gente, como aquí en Sancti Spíritus, ya no se acordaba de andar con el nasobuco; que si las personas están tomando la COVID-19 como un catarro común; que si hasta han quedado en desuso los pomos de hipoclorito a las entradas de las distintas instalaciones…

Mas, lo cierto es que las culpas pesan casi siempre en la irresponsabilidad ciudadana: una fiesta religiosa en Bauta, un bar habanero, una piscina en Guanabacoa, una asistencia al trabajo con síntomas respiratorios… Pero, no vayamos tan lejos. Si desde hace más de cuatro meses —y crucemos los dedos— en Sancti Spíritus no se reportan casos positivos al nuevo coronavirus no es tan solo obra y gracia del control sistemático de las autoridades sanitarias de la provincia ni de la percepción de riesgo de algunos coterráneos; se debe, también, a un puro milagro.

Lo digo, más allá del misticismo, porque de aquí también han ido personas, por ejemplo, a tatuarse a lugares de riesgo; de aquí, igual, han viajado personas a La Habana; aquí, del mismo modo, han hospedado en sus casas a familiares de territorios hoy en transmisión; aquí, también, se han celebrado fiestas; aquí, a veces, les hemos abierto las puertas a los peligros.

Y se las hemos dejado entrejuntas. A las personas, como dice el refrán, se les ha dado un dedo y se han cogido la mano entera. Les han dicho: mantengan el distanciamiento y ya se cuchichea desde las colas hasta en las paradas; les han pedido: quédense en casa y por salir han plantado hasta una caldosa en un río.

Pero la falta de percepción de riesgo no solo infesta a usted o a mí; se propaga, además, entre quienes llevan las riendas de diferentes instalaciones. De lo contrario, ¿cómo es posible que entre tanta gente, por ejemplo, a Rancho Querete, ese paraje natural en Yaguajay, al punto que uno casi nada en las aguas de la indisciplina?

No me lo contó nadie, lo viví: más de 10 guaguas el sábado 8 de agosto —lo mismo de Chambas que de Remedios—, pocetas repletas, gente en los céspedes, en los ranchones… hasta a la sombra de los ómnibus.

A lo mejor fue una excepción, ojalá, pero si en ese, como en otros lugares, existen las reservaciones, debería respetarse una limitada capacidad entonces; máxime ahora que un chapuzón irresponsable nos puede ahogar sin remedio en la pandemia.

Pero Rancho Querete es solo una teja para alertar de las tantas goteras que, a lo mejor, nos están cayendo encima. Porque, como mismo sucedió allí, puede que ocurra en otros sitios igual de solicitados y concurridos.

Si usted no se ha dado cuenta, estamos expuestos. El nuevo coronavirus nos tiene rodeados: casos en Villa Clara y en Ciego de Ávila; hasta el otro día no pocas personas andaban vacacionando, por ejemplo, en Varadero; todavía la gente sigue bañándose en piscinas particulares sin distancias y sin permisos… Mas, atinadamente, para intentar evitar un rebrote de la enfermedad, desde el pasado 31 de agosto entraron en vigor nuevas medidas adoptadas por el Consejo de Defensa Provincial que van desde el uso obligatorio del nasobuco, la reapertura de los 12 puntos sanitarios de control de fronteras, hasta la exigencia de solicitar un permiso ante las autoridades para salir del territorio provincial.

Son algunas medidas; las otras deben obedecer a la sensatez de cada cual. Y a estas alturas no puede haber concesiones con los incautos. Lo ha cuestionado duramente Miguel Díaz-Canel Bermúdez, como lo hizo el pasado lunes 24 de agosto en la reunión del Grupo temporal que diariamente dirige. “Ya no estamos en tiempo de hacer más convocatorias —recalcaba el mandatario—. Ya a la gente le hemos pedido toda la responsabilidad social necesaria, le hemos dado todos los argumentos”.

Hablaba refiriéndose a La Habana, pero el sayo le sirve a cualquiera. Porque seamos honestos: tal parece que nos hemos acostumbrado a que la COVID-19 se diagnostique muchas veces tempranamente; a que, en ocasiones, las transgresiones a lo dispuesto no pasen de una multa; a que los médicos salven casi a todos titánicamente.

Y nadie es inmune. Deberíamos recriminarnos, entonces, tanta indisciplina, la misma que ha acelerado otra vez los contagios en distintas partes de la isla y que ha puesto a la COVID-19 en reversa.

(Tomado de Escambray)

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