FIEL DEL LENGUAJE

Fiel del lenguaje 36 / Pensamiento, saber, compostura

Obviar los matices que marcan diferencias entre palabras empobrece el idioma y la comunicación. Casi acaba de oírse una noticia sobre “el inconformismo del pueblo chileno” ante la política del gobierno de ese país. ¿Da igual inconformismo que inconformidad? Otro ejemplo: la atención puesta al escuchar para percibir bien lo que se dice, no la expresa oír, que puede ser un acto más o menos mecánico. Pero se percibe que el segundo de esos verbos sustituye cada vez más al primero.

A menudo, ante la duda de si su interlocutor telefónico está captando la conversación, el otro le pregunta: “¿Me escuchas?”, pero debería preguntarle: “¿Me oyes?”. Para pedir atención sí sería pertinente “¡Escúchame!”, mejor aún si se añade un atinado “por favor”. La diferencia entre escuchar y oír puede compararse con la que media entre mirar: observar con atención, y ver: percibir la imagen visual aun sin poner especial interés en hacerlo. No es la primera vez que esta columna lo comenta, pero lo que se hace por el buen uso del lenguaje parece caer en saco roto.

Los matices no son importantes solo en la escritura, sino también, o más, en el habla. Asumir que en Cuba “nos comemos las eses” —lo que, dicho en un contexto donde no se cecea, puede confundirse con “nos comemos las heces”—, no es razón para soslayar la importancia de los cuidados que deben tenerse al pronunciar. Ha de quedar claro si se quiere decir, por ejemplo, “La justicia no gusta” o “La justicia nos gusta”, “Los virus no atacan” o “Los virus nos atacan”. Por cómo se habla, a veces hay que adivinar.

Otra entrega de la columna trató el lenguaje profesional o gremial, o jerga. No son solo los médicos y las médicas quienes deben procurar que se entienda bien lo que dicen. Si no hay por qué confiar en que todo el mundo sabe qué es la diastenia —ni hablar de acrocefalosindactilia—, ¿conocerá el significado de rinorrea, o de cualidades como altricial —la del animal que nace con notable indefensión para valerse por sí, como el ser humano— y precocial —la del que nace mejor preparado para sobrevivir—, y otras muchas definiciones científicas ausentes en diccionarios comunes?

No se habla aquí de comunicación entre especialistas, sino de mensajes dirigidos a un público general. A este, al que pertenece —quizás no huelgue decirlo— la mayoría, es justo ofrecerle información, enriquecerle el saber. Pero no por tan noble propósito ha de olvidarse que a ciertos términos especializados se les pudiera añadir una explicación que, sin pedagogismos paternalistas, calce bien el conocimiento que se intenta expandir. ¿Por cultura etimológica o intuitiva asociación con rinitis y otorrinolaringólogo, de un lado, y con piorrea, leucorrea, diarrea y alguna otra -rrea menos elegante que aquellas, así como con la metafórica verborrea, podrá inferir el significado de rinorrea todo el que no lo sepa?

En distintas latitudes y épocas se les va dando a determinados vocablos connotaciones que alargan su significación, y los tornan menos precisos. Ya en internacionalista predominaba el vínculo con la solidaridad internacional en la acción y el pensamiento emancipadores, pero algún medio de información —quizás por el entorno cultural donde opera— lo está usando para denominar al experto en asuntos internacionales.

Asumido así, como aséptico “calificador de cargo” —valga la jerga administrativa—, no necesariamente el término internacionalista implica la perspectiva revolucionaria antes mencionada. Puede ser medularmente contrario a ella, y lo prueban quienes tratan temas internacionales en medios de información hegemónicos, voceros de los intereses rectores del capitalismo, aún más en su fase imperialista.

Se piensa en el uso, avieso, que en la política estadounidense se hace de socialista. Además de confusiones que se generan en los afanes por explicar la realidad de ese país, políticos del sistema intentan desacreditar con dicho rótulo a sus adversarios. Lo hacen aunque estos, por más que mencionen lo social en sus campañas, difícilmente puedan considerarse ni socialdemócratas, fuera de vérseles como representantes de una socialdemocracia imperialista.

Confusiones e imprecisiones se explayan si no se presta la debida atención al sentido prístino o cardinal de palabras e ideas. El vocablo extranjero viene de connotaciones discriminatorias, insultantes, emparentadas con bárbaro. El extranjero era el extraño, el otro, condiciones otorgadas desde los alminares dominantes, que también controlaban —y controlan— la información.

Pero tanto se ha asumido el término extranjero, que se usa hasta de más. Se que a Cuba han llegado “representaciones de países extranjeros”. ¿Es que hay de veras para Cuba, salvo ella misma, algún país que no sea extranjero? ¿No basta decir que “han llegado representaciones de otros países”? En una formulación como “personas del extranjero, del exterior de nuestro país”, la redundancia chilla.

Algo similar sucede al informarse que alguien —suele ser un deportista, pero no necesariamente— “se lesionó su brazo”. Nadie pude lesionarse un brazo ajeno, y “su brazo” supone que tiene uno solo. Si no se trata de un brazo específico —como, en el juego de pelota, el de lanzar— lo natural sería decir: “Se lesionó un brazo”. Una lectora cuya atención ha enriquecido esta columna, reacciona con desagrado, y con razón, al oír o leer que en una competencia alguien “defiende su récord personal”: ¿podría defender el de otra persona, si no lo hace en el sentido de entrenar o apoyar a quien compite?

La imprecisión de términos puede acarrear confusiones lamentables en calificativos como nacional e internacional, y universal, que se tratará en otro momento. En la radio o la televisión se anuncia un intérprete nacional, y luego uno internacional. Pero el primero puede ser Benny Moré, y el segundo alguien que no llega al bastón del Benny, pero no es cubano. Ese sería, en propiedad, extranjero, aunque venga del panorama internacional, en el que el Bárbaro del Ritmo tiene un lugar imperecedero, por lo que se le ha llamado estrella de la música latina en el siglo XX. Y ni ahí termina.

Las palabras se disfrutan y se entregan, pero es necesario dominarlas. Alguien que no tenía por qué saberlo, le preguntó al columnista el significado de baciyelmo, vocablo que había empleado en una nota de Facebook. Pronto le respondió sucintamente que se trata de la bacía usada en sus delirios por Don Quijote de la Mancha suponiendo que era un yelmo, casco afín a la armadura con que cabalgaba en busca de aventuras, y no un yelmo cualquiera, sino el del legendario rey Mambrino. Para zanjar discusiones con su empecinado señor, Sancho Panza creó la fusión baciyelmo. Y con la explicación, el columnista recordó un hecho relacionado con la bacía.

De ella se valían antiguamente los barberos para humedecer el cutis y la barba del cliente. Acomodaban el cuello de este en la escotadura del utensilio. A una gran profesora del preuniversitario, la doctora Amada Muñiz, agradece el autor conocer el hecho aludido: la bacía dio origen a bacia, sin tilde, como muchas personas, al menos en Cuba, llaman a la espuma de la jabonadura. Tal vez ignoren qué es una bacía, como no tienen por qué conocer el concepto de non plus ultra para usar una expresión derivada de él, y del desconocimiento, pero hermosa: lo improsulto.

El lenguaje lo atraviesa todo. El otro día en la televisión se entrevistó, como a un ser ejemplar —y de seguro lo merecía—, a un profesional adulto, no un muchacho. Se hallaba en su casa y vestía una camiseta con una palabra impresa en el pecho: FUCK. Así, en inglés, y patas arriba, pero nada ocultaba su significación, realzada con mayúsculas. Quien esto escribe recordó haber presenciado el acto con que en Dos Ríos se conmemoró el centenario de la muerte de José Martí. En el público, representantes del movimiento juvenil cubano llevaban camisetas con la palabra ¡COÑO! en el pecho.

Para difundir buenos ejemplos —y más para rendir homenaje a Martí— la televisión y todas las organizaciones y las personas correspondientes deben cuidar el lenguaje, el vestuario, la escenografía, la dramaturgia… el espíritu, saber qué se ha de esperar de lo que va a mostrarse al público. Si no se ha previsto bien cómo hacer una entrevista, ni se logra un feliz cambio de indumentaria, la cámara puede hallar soluciones emergentes. Sobre todo cuando la fineza y otras virtudes escasean más que los recursos económicos.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

One thought on “Fiel del lenguaje 36 / Pensamiento, saber, compostura

  1. Sugiero que estas clases magistrales de nuestro idioma sean publicadas en medios de comunicación de mayor acceso al gran público, sobre todo en la prensa escrita en papel.

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