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Eusebio Leal, el Principito de La Habana está en la eternidad

Soliloquio con el surtidor de amor de la Ciudad Maravilla

Nunca, nunca, nunca, te has ido. Nunca Eusebio Leal serás arrebatado de la memoria de tu ciudad natal, porque eres el Principito salvaguarda de La Habana a la que viste y seguirás viendo, a través de las generaciones, con el corazón más que con los ojos.

Sabes Leal, siempre que visitemos el Centro Histórico, o estemos frente a cualquiera de los tres castillos emblemáticos: El Morro, La Fuerza y La Punta, o simplemente ante las estatuas de personajes célebres que aparecen y hasta andan por plazas  y parques, y por las tantas, tantas obras con que embelleciste la capital cubana, allí estas tú esperándonos para contarnos, de manera vibrante y hermosa,  historias, leyendas mitos.  Nadie lo sabrá hacer y decir como tú, querido  Historiador de La Habana.

Recuerdo cuando tuve el privilegio de conocerte, horas antes de que inauguraran el primer salón del Museo de la Ciudad. Eran las cinco de la tarde de aquel soleado septiembre de 1967 y qué extraña coincidencia porque  naciste también en este mes, pero de 1942. Realmente la inauguración  sería en la noche, sin embargo apremiada por el cierre de la primera edición del periódico Granma, tuve que adelantar la información. Yo no sabía quién eras, pero el fotógrafo Beruvides, sí.  Estabas vestido igual que el resto de los constructores: camisa gris acero y pantalón beige.  Regañé a Beruvides porque se le iban a terminar las diapositivas si continuaba fotografiando al hombre de estatura mediana que se nos acercaba.   El fotógrafo no hizo caso y  me dijo: trata que no te hable, quedarás hechizada.

Tras presentarte como jefe de los constructores, revelaste uno de tus caros sueños y  describiste cómo sería el Museo, qué veríamos en cada una de las 40 salas, en especial la dedicada a las guerras por la independencia de Cuba, donde lograste colocar la primera bandera cubana  izada en la isla en 1850 y la enarbolada por Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, al proclamar la independencia nacional en 1868.

Tú hablabas como si todos los objetos de valor artístico e histórico ya estuvieran en exhibición. Y lo estuvieron tal como lo soñaste, el 5 de diciembre de 1967 cuando el Museo de la Ciudad abrió las puertas al público. Después, nos mostraste la única sala que se inauguraría en la noche.  Allí entre las pocas cosas habían aldabas, clavos, un quitrín, llaves y un maniquí con el chaleco de un calesero de finales del siglo XIX.  Tú contaste: Me encontré ese chaleco a la entrada de una casona y en el piso para que la gente se limpiara los pies, pedí permiso a la dueña y me llevé la pieza de incalculable valor histórico. Mi madre la lavó y  cosió los desgarrones; mientras  yo  me di a la tarea de buscar los botones dorados ¡qué difícil tarea! Pero, miren todos los botones son originales.

Esta mañana me dieron la triste noticia de que te has ido a la eternidad. Y sabes qué hice, busqué el libro que los dos esperábamos ofrecerles a los niños, niñas y adolescentes en vísperas del 500 aniversario de La Habana, Cuentos y Cartas al Rey, el pendiente de impresión por la editorial Pablo de la Torriente Brau. Ah, y por qué busqué las páginas digitales.  Pues, porque en la misma carpeta del libro, atesoro tu mensaje de agradecimiento por haberte incluido el último capítulo, El adiós, donde escribí:

La Habana con sus 500 años de existencia sigue impactando al viajero por su subyugante impronta fundida en el crisol aborigen, español, africano y definitivamente cubano.  La Habana Vieja, donde se halla el sitio fundacional, cuenta con un hijo empeñado en la conquista de lo más bello de su imagen, Eusebio Leal Spengler, el Historiador de la Ciudad,  que hace milagros de renacimientos con lo viejo porque ve mejor con el corazón, tal como le sucedió al Principito de Saint Exupery.  

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