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El amor a la camiseta

Reproducimos una de las crónicas* de Elio Menéndez, Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida, recientemente fallecido, hoy que se cumplen 57 años de la creación de la Unión de Periodistas de Cuba.

Confieso que ninguna otra cosa me impresionó tanto en el Mundial de Béisbol Italia 90 como el llanto de Maradona cuando los argentinos fueron al podio de premiaciones por sus medallas de plata.

No quise apreciar en aquellas lágrimas —¡me niego a verlo así! — la triste imagen del astro derrotado, sino un vivo reflejo de vergüenza, sentimiento no vedado a algunos profesionales del deporte, por muy bien pagados que sean.

Observándole, no pude identificar en aquel Maradona al futbolista de las piernas mejor cotizadas en el universo. No era para mí el Pibe de oro dueño de contratos fabulosos. Más bien, se me antojaba el Pelusa que un día irrumpió en Villa Fiorito para, en un abrir y cerrar de ojos, convertirse en símbolo futbolístico de su país.

Y más, creí ver en aquella premiación la imagen viva de millones de Pelusa que, en modestas canchas de su Argentina y de otras latitudes discuten el balón —y el honor— por el solo hecho de rivalizar.

Si alguien me preguntara qué es el amor a la camiseta, le respondería sin titubear que amor a la camiseta es eso que vislumbré en las lágrimas de Maradona, capitán ahíto de glorias que, arriesgando futuro y fortuna, peleó lesionado por la casaca albiceleste como el más humilde soldado de filas.

El llanto que bañó las mejillas del astro argentino, no se me diferenciaba en nada de aquel otro que, en julio de 1976, nos puso un nudo en las gargantas cuando la televisión trajo desde Montreal la figura de Alberto Juantorena mientras escuchaba las notas del Himno Nacional, con lágrimas en el rostro y su medalla de oro al cuello.

Mi primera experiencia acerca de eso que llaman amor a la camiseta, la experimenté en el Juanelo de mi infancia. Recién llegado allí, supe de la leyenda en torno a alguien que llamaban El Zurdo, un acreditado jugador de bolas cuya fama había rebasado las fronteras del modesto reparto, atrayendo a jugadores de «comarcas» vecinas a partidos en los cuales, junto a las canicas apostadas se arriesgaba algo más valioso: el honor del barrio.

Un día llegó a Juanelo, retador, un forastero de quien se decía tenía un «quimbe» asombroso. Se casaron apuestas, y la mañana del duelo más de quinientas bolas recolectadas entre los muchachos de uno y otro bandos fueron puestas en depósito, mientras los rivales se enfrascaban en un partido tenso y bien disputado. ¡Qué si bueno era El Zurdo, bueno también lo era el de afuera!

Se jugaba al quimbe y cuarta y llevaban largo tiempo en la pelea, cuando la bola del visitante se detuvo en una lomita casi imperceptible. El Zurdo pidió cuarta, afinó la puntería, tiró y la bola rodó deteniéndose a muy poca distancia de la otra.

En medio de la mayor expectación, el zurdo abrió cuanto pudo su mano derecha tratando de hacer cuarta, pero le faltaba un pelito para rozar la bola contraria, y el desaliento cundió entre los suyos. Probó de nuevo, y nada. Un pelito, un pelito tan solo… Restaba un intento y pidió tiempo, dio varias vueltas alrededor del terreno y, hallando un fondo de botella, ante la incrédula mirada de los presentes se rasgó la membrana que une los dedos índice y pulgar.

Contaban que podía oírse el zumbido de una mosca al volar cuando El Zurdo se arrodilló junto a las bolas, tiró del pulgar ligeramente descolgado ¡y completó la cuarta! En medio del estallido de júbilo, su gente se lo llevó en hombros, olvidando en la euforia del triunfo las bolas apostadas.

Esa mañana, El Zurdo, habitualmente descalzo, de raídos pantalones, raras veces con camisa y socio de ningún club, había enseñado en Juanelo lo que es el amor a la camiseta.

*El texto fue aportado por Magali García Moré, Premio Nacional de Periodismo José Martí, quien lo recibió de Marina Menéndez, hija de Elio.

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