ENTREVISTA

Juan Emilio Friguls en la memoria

De tan flaco, mientras levantaba la mano izquierda para reforzar algún parlamento, el anillo nupcial le bailaba como un hula hula caprichoso en el dedo anular. Aunque provenía de una época y de una rutina en la cual el traje era ineludible e igual de transcendental que el calzoncillo, milagrosamente no sufrió traumas, y hasta llegó a sentir devoción por las guayaberas blancas.

Hablaba bajo y, por más que comenzaba a encorvarse debido a la mucha edad, mantenía la prestancia y la agilidad en el andar. Allá y acá se le veía, como un zepelín, en cualquier cobertura donde se le acreditara. Siempre profesional, siempre serio, siempre cortés.

Tendría yo unos quince años la primera vez que me le acerqué, con el pretexto de que me contara sobre un hecho puntual de su pasado. En verdad me interesaba más que eso. Con inclinación natural hacia el periodismo, necesitaba sus lecciones, los trucos de más de medio siglo en la profesión que a temprana edad abrazó como reportero del diario Información, incluso antes de graduarse entre los mejores expedientes de la primera promoción de la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling.

Con sano orgullo me contó la ocasión en que le propusieron pasar a la nómina del Diario de la Marina, el más conservador e influyente de los periódicos de entonces. Él no quería abandonar la publicación que le abrió las puertas, pero por otra parte comprendía que esa oportunidad no era despreciable. Optó por seguir el consejo de un sacerdote amigo: “Pide al hijo de Pepín Rivero lo que no pueda darte”. Entonces exigió que apareciera impresa su biografía con foto incluida, anunciando su entrada en el rotativo. Además, un salariazo sin “botellas” y hasta un plazo razonable para que Santiago Claret, su jefe, encontrara un sustituto. Para su sorpresa, Gastón Baquero ‒quien además de colega llegaría a ser su amigo‒ le comunicó que sería complacido.

Todavía sin convencerse de mi verdadera vocación, pero seguro de mi fascinación por la historia, al concluir ese primer encuentro me repitió las palabras de su padre cuando se enteró que rompería con la tradición familiar de comerciantes: “Haz lo que quieras, hijo, pero trata de ganarte la vida no con el sudor de tu frente, sino con el placer de la mente”. Fue una sentencia.

Desde ese minuto Juan Emilio Friguls se convirtió en una sombra protectora. Recibí de él apoyo en situaciones clave, ayuda solidaria con todo lo que le solicitaba, así fueran sus propios libros y materiales. Lo poquito que hoy conozco sobre el catolicismo se lo debo a él. Y digo poquito porque, como experto en el tema, fue aplicado maestro, pero yo resulté pésimo alumno.

Visité mucho su apartamento, en los altos del banco que hace esquina en las calles Cuba y Teniente Rey. Allí creció, allí se casó, allí nacieron sus hijos y de allí solo marchó rumbo al cementerio. Allí los acompañé a él y a su esposa Berta cuando el cáncer les arrebató a María Rosa, la hija, monja de clausura y uno de los seres más encantadores que he conocido. Allí sus lágrimas humedecieron el cuello de mi camisa.

Parecía que el bandazo los aplastaría. Aunque se iba una parte de los dos, como les quedaba el varón, Joaquín, aferrados ambos a su fe cristiana, aceptaron la voluntad del altísimo. Prefirieron hacerse una coraza, resistir y seguir adelante. Sin embargo, no mucho después murió él, y detrás ella.

Quizá fuera el último en activo de los profesionales de su generación, y uno de los pocos que tuvo el privilegio de conocer y entrevistar a ocho presidentes cubanos: Carlos Mendieta, Carlos Hevia, Ramón Grau, Carlos Prío, Fulgencio Batista, Manuel Urrutia, Osvaldo Dorticós y Fidel Castro.

De todos esos instantes conservaba fotografías, al igual que de la audiencia concedida por el Papa Pío XII en el Vaticano, en 1950, para entregarle la distinción “Pro Ecclesia et Pontífice”, en virtud de sus servicios excepcionales a la Iglesia católica. Su constancia e inteligencia le permitieron entrevistar al Santo Padre, y casi dos décadas después, repetir la experiencia con Pablo VI, convirtiéndose en el único periodista cubano en conseguirlo.

Al triunfo de la Revolución, cuando el mundo al cual pertenecía se quebró, fue de los que se quedaron. Le tocó dirigir el Colegio Nacional de Periodistas, trabajó en la Imprenta Nacional y en el periódico El Mundo; colaboró con diversos órganos de prensa, hasta que a principios de la década del 70 la inmediatez de la radio lo cautivó para siempre.

El viernes 3 de agosto de 2007 hablamos por última vez, a propósito de su cumpleaños 88. Con una gripe que se resistía a soltarme, por temor a contagiarlo no quise ir a verlo. Al otro lado del teléfono, lo sentí agotado y con falta de aire. Era el preludio de la neumonía que incubaba. No obstante, continuó asistiendo a su otra casa, Radio Reloj, hasta el día antes de su fallecimiento. “El Profe”, como era conocido en su emisora del alma, se marchó como hubiera querido, mientras dormía, en la madrugada del día 8.

Casi enseguida, su hijo me buscó. Además de un montón de libros, papeles y recortes de prensa, el difunto había dejado un abultado sobre para mí con esta escueta nota: “Para M Cremata, en recuerdo de una amistad fraterna. Juan E. Friguls. 31-7-2005”.

Lo primero que me sorprendió fue la fecha. Aunque habían transcurrido dos años, por alguna razón el remitente quiso demorar la entrega. Al abrirlo, lo primero que extraje fue su carnet de la Márquez Sterling. Luego, fueron apareciendo ciertos tesoros que algún día comentaré. Debajo, muchísimas fotografías: niño, joven, adulto, anciano… En todas las instantáneas lo único que se repetía era su seriedad. Junto a la nariz, bastante pronunciada, lo perseguía ese acento grave y casi marcial que le acompañó hasta el fin de sus días.

Así lo recuerdo, excepto una tarde, cuando lo encontré en un banco del llamado Parque de los próceres africanos, en Playa. Lucía abstraído y en franca meditación, pero el semblante le cambió al verme. Tanto él, por Radio Reloj, como yo, un estudiante de prácticas en la AIN, debíamos cubrir la inauguración de un busto de Seretse Khama, líder independentista botsuano, por varios años presidente de aquella república. El orador sería su hijo, Seretse Khama Ian Khama, entonces vicepresidente de la nación africana, quien se encontraba aquí en visita oficial.

La llegada de la comitiva se dilataba, así que comenzamos a hablar de la relación de hermandad entre el continente sufrido y la mayor de las Antillas. Como fue inevitable evocar la guerra, al final acabamos los dos con un nudo en la garganta. Por más que uno lo sepa, el costo humano, para Cuba, fue grande.

A punto de llanto, le propuse cambiar de asunto con esta provocación: “Friguls, usted me ha hecho muchísimas historias y, sin embargo, no recuerdo ninguna que sea cómica”.

“Pues si supieras ‒se defendió él‒, antes de tu llegada, mientras veía todas esas cabecitas de bronce de políticos africanos, me acordaba de una simpatiquísima. Seguro ni habías nacido. Fue en Santiago de Cuba, cuando se produjo la llegada a esa ciudad de Julius Nyerere, fundador y primer presidente de la República de Tanzania. ¡Hasta Fidel fue a esperarlo al aeropuerto! Pero fue un viaje de esos repentino, organizado de ahora para ahorita, y el gobierno movilizó a muchísima gente con la misión de acudir a la terminal aérea. Entonces, los santiagueros, que siempre han sido jaraneros y amantes de la conga, lo recibieron con tremenda algarabía y un estribillo: ¡Nyerere, Nyerere, Santiago te recibe sin saber quién eres!… Imagínate que el hombre, al no entender nada de español, lo único que hacía era mostrar agradecimiento y sonreír frenéticamente. Aquello fue el acabose”.

Todavía hoy me resulta imposible olvidar la anécdota, que después supe la empleó Virulo en uno de sus hilarantes monólogos. Tampoco me abandonan las carcajadas de Juan Emilio Friguls. Fue la primera y la única vez en que lo vi reír a mandíbula batiente.

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