FIEL DEL LENGUAJE

Fiel del lenguaje 30 / El idioma necesita amparo

En la anterior entrega se citaron reparos a la programación televisual deportiva y, aunque el columnista puntualizó que no es la única en merecerlos, como locutores eminentes nombró dos de otras áreas. En busca de equilibrio, menciona hoy dos que se ocuparon del deporte: Eddy Martin, quien cumpliría noventa y un años cuando se escribe el presente texto, cubrió con altura diversos temas, no solo deportivos, y Bobby Salamanca brilló por su inigualada creatividad. Ambos siguen siendo ejemplos.

Pero le sale al paso al articulista otra deuda, prevista en “Fiel 29”. A pesar del empeño que puso al tratar el uso del artículo, no más publicada esa entrega alguien lo llamó para decirle que seguiría diciendo la ALBA, porque de el ALBA nadie lo convencería. La llamada le recordó a una de las profesoras de mecanografía de su adolescencia, por las que siente firme gratitud. Una de ellas, pasión por la finura, pasaba trabajo para decir la agua, aunque el agua cumplía la norma y le habría costado mucho menos esfuerzo.

Mucho antes de nacida esta columna, el autor había tratado la importancia de esa partícula gramatical, chiquitica, sí, pero… ¡cómo se hace sentir! Hasta su nombre complica las cosas. Citó la definición leninista de materia, que se percibe traducida literalmente del ruso, lengua sin artículos. De ahí la explicación según la cual materia —sin artículo— es “una categoría filosófica” y, a la vez, “la realidad objetiva que existe independientemente de nuestros sentidos”. ¿No sería más claro decir: “materia es una categoría filosófica” y “la materia es la realidad objetiva…” con todo lo que sigue?

Memorable muestra de maestría en el manejo de los artículos dio Ñico Saquito en “Compay gallo”. El artículo determinado el presenta al protagonista de la guaracha y víctima particular: el perico. Al agresor le va un porque, tratándose de un gallo, cualquiera habría puesto en igual peligro al perico, dada la entidad imaginada por quien, apetente, lo confundió con gallina, pura esencia desnuda de artículos.

Entonces el columnista recordó que el artículo es relevante incluso para el trabajo policial. Usó como ejemplo el arroz, y ahora lo hará con otro producto. Una cosa es “compré la carne de res”, en referencia a una dieta médica autorizada por la OFICODA —si falta un diccionario nacional de siglas no es responsabilidad del columnista—, o a una venta ocasional en establecimientos lícitos de operación en divisas, y otra cosa “compré carne de res”. Esta formulación suscitará distintos efectos, hasta ilusiones, pero dará ciertas señales a los agentes del orden. Para explicarlo no se requieren muchos argumentos. Basta el curso de gramática de la cotidianidad.

La lengua tiene normas, y deben cumplirse, aunque infringirlas no cueste multas, no al menos como las establecidas para infracciones de leyes del tránsito. Pero ¿no debería aplicarse alguna evaluación laboral que amoneste a quienes, por maltratar el idioma, o permitir que sea maltratado, incumplan su cometido en esferas que especialmente requieran cuidarlo? Para expresarse correctamente, y no depender de que lo dicho o escrito se entienda como quiera que salga, el cuidado es necesario: sobre todo, pero no solo, cuando se tienen responsabilidades profesionales en su uso, incluida la enseñanza.

No todo es cosa de capricho, o de supuesta “creatividad” que oculta desconocimiento. Además de normas, hay circunstancias por las que pueden sacrificarse preferencias personales. Más de una vez el autor —ni el primero ni el único— ha manifestado su poco o ningún gusto por capital humano, y más recientemente no ocultó —tampoco único ni primero— que en lugar de distanciamiento social le gustaría que se empleara, por ejemplo, distanciamiento sanitario o físico.

Los dos últimos sintagmas se ajustan más a lo buscado para enfrentar la pandemia que el otro, exitoso pero con un hálito que recuerda diferencias sociales distantes de los ideales que se defienden en Cuba, emparentadas con aquello de distancia y categoría. Solo que, frente a muestras de indisciplina que ponían y ponen en peligro el triunfo de las medidas tomadas por el país en su fructífero esfuerzo por vencer a la COVID-19, era o es más útil priorizar un propósito vital que insistir en lo que pudiera ser disociador para dicha meta. Eso, sin embargo, no invita a eludir un replanteamiento lexical atendible.

Otros códigos, empezando por el moral, reclaman que la niñez disfrute de amparo, y el filial es el brindado por los hijos, no el destinado a ellos. Salvo en casos de maternidad o paternidad precoces, no se tienen hijos durante la niñez. Deben niños y niñas recibir amparo paterno y materno, familiar en general. A partir de cierta edad es que alguien puede ofrecer amparo filial al padre o a la madre, a quienes amará filialmente. Pero con frecuencia en los medios de información y en discursos diversos se habla de niños y niñas “sin amparo filial”, con lo que se expresa erróneamente una realidad terrible.

También el idioma necesita amparo, para que cumpla bien su función, comunicar, y lo haga con la mayor claridad, sea o no sea pertinente la altura artística. Ese cuidado no se debe ridiculizar con cierta broma hecha en torno a un editor apasionado a quien un ómnibus en marcha rozó. Era de los editores que honran la profesión y sufren cuando detectan pifias, aún más si son suyas. Al ocurrir el accidente, que le ocasionó lesiones —felizmente leves—, cruzaba la calle cargando una lata de pintura y brochas, porque se preparaba para remozar la casa, y alguien en su colectivo de trabajo inventó la anécdota: no había podido contenerse y le partió para arriba al ómnibus para pintar las tildes que faltaban en el rótulo VIA TUNEL, en lugar de VÍA TÚNEL.

Sirva el “chiste” para apuntar que en español las mayúsculas se acentúan, a pesar de criterios asociables a entornos idiomáticos en que no se emplean tildes. Donde se usan —a veces mucho más numerosas y complicadas que en el humilde sistema de acentuación del español—, cada virgulilla de esas tiene una significación fundamental para la pronunciación y para el significado de los sonidos.

En las últimas décadas ha crecido con los recursos tecnológicos la influencia del inglés, que no usa acentos gráficos ni lleva en su alfabeto una letra de la significación que tiene para hispanohablantes la eñe, presente en el mismo nombre del idioma, español, en el del país donde este se originó y en palabras de tan especial sentido como cariño, niñez, ñoñería… y maraña y alguna interjección que huelga citar. Se habló incluso de eliminar ese carácter, lo que en tierras de habla española desató intenso y natural rechazo.

Ciertos dominios de la tecnología, como las direcciones electrónicas, no admiten ni la ñ ni tildes, y eso acarrea escollos para personas cuyos nombres o apellidos incluyen dichos signos gráficos. Por falsa creencia o por comodidad, y tal vez también por el uso de máquinas fabricadas en países de otras lenguas, a menudo no solo se ha impuesto esa ausencia en las cuentas de correo —que revitalizaron el símbolo de arroba cuando ya parecía muerto—, y de paso se le impone al nombre del titular de la cuenta. Incluso de personas con alta responsabilidad en el buen uso del idioma, nombres como Álvaro o Raúl, y apellidos como Fernández y Pérez, aparecen incorrectamente sin tilde.

Sucede asimismo que personas que en lengua española deberían seguir llamándose Cipriano del Prado y Petra del Soto, la contracción del aparece ahora con inicial mayúscula, Del, por una sencilla “razón”: en los espacios reservados para nombres propios, al oprimir el espaciador del teclado se activa la mayúscula. Pero es ahí donde el ser humano debe probar que la máquina es eso, una máquina, y no más inteligente que él, ni más tenaz. Basta desactivar la mayúscula cuando sea menester.

Con lo útil que es, con tanto que ayuda, es injusto y poco razonable culpar a la tecnología de faltas imputables a quienes manejan máquinas y dispositivos, sea una computadora o un teléfono, u otros.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

2 thoughts on “Fiel del lenguaje 30 / El idioma necesita amparo

  1. Estimado compañero:

    Antes que todo, quisiera agradecerle el empeño que ha puesto en esta batalla por nuestro maltratado idioma. Necesito de su ayuda para aclarar un asunto. Se trata de la formación del plural en sustantivos que están compuestos por más de un vocablo, por ejemplo: casa de cultivo, cabeza de ganado, y otros. El hecho es que en la televisión se escucha frecuentemente decir a los periodistas: “… las casas de cultivos…”,”…800 cabezas de ganados…”. Siempre he tenido por correcto, casas de cultivo, cabezas de ganado, etc. Si estoy equivocado, por favor corríjame, si no lo estoy, por favor que los corrijan a ellos.

    Un saludo cordial.

  2. Además de importante y esclarecedor, me resultó muy ameno el artículo. Soy amante de todo lo que verse sobre el buen uso del lenguaje, cualquiera este sea. Coincido plenamente con Ud. en que el término ¨distanciamiento social¨ diverge plenamente con la intención pretendida y, a mi entendimiento, resulta hasta opuesto a nuestro compromiso social. Nadie revisa? Seguro que otro término, además del que Ud. apunta, hubiera sido más feliz. Lo referido al ¨amparo filial ¨ suscita a la risa aunque … al paso que van las nuevas generaciones -de las que vivo enamorada- pronto los pájaros tirarán a las escopetas. Ha sido un tremendo gusto leerle.

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