COLUMNISTAS

El virus que infectó nuestras libertades

Se llevaron tu libertad, tal es la frase que en diferentes sitios y en las redes sociales cunde con respecto al coronavirus. Y pudiera parecer exagerado, pero si se analiza el sitio de excepción y toque de queda en que se sumerge el mundo, de parálisis, de falta de respuestas institucionales efectivas y, paradójicamente, indiferencia de las potencias ante la consecuencia real de la plaga; veremos que en efecto, la primera víctima ha sido la libertad de los más humildes y de la clase media. Ni siquiera en las más delirantes distopías se pudo imaginar que un virus de misterioso proceder nos atacase tan rápido, socavando las bases del sistema social imperante, hasta dejar al capitalismo sin respuestas y con la única opción de eliminarles a sus ciudadanos el último atisbo de autonomía, de privacidad, de decoro en un mundo repleto de injusticias.

La prueba de que a las élites no les importa este estado de cosas la tenemos en que la agenda injerencista, militar, ha continuado, pues no solo se envían refuerzos allende los mares, sino que se aprovecha la debilidad de la economía para asestarles los golpes más sensibles y dolorosos a aquellos que se consideran incómodos, de manera que la crisis funciona como un arma arrojadiza, de cuyas consecuencias se hace ingeniería social y se prepara el camino del golpe blando que abre lugar al zarpazo. En tal sentido, la ceguera de la clase elitista llega a tal grado que no se da cuenta de que pone en peligro la propia existencia de su proyecto hegemónico y ahí está el estado de California, pidiendo su separación de los Estados Unidos en un probable referendo para el año 2021, proceso que de ocurrir, no solo daría paso al surgimiento de una nueva potencia anglosajona en Occidente, sino que sería el principio del fin norteamericano.

Estados Unidos, como nación atípica en el plano político, tiene un precario contrato social, que en sus inicios se basó en el sustento de las libertades civiles, cierto que la base del proyecto era la propiedad privada, pero sin dudas para el siglo XVIII se trató de un avanzadísimo país, que surgía en un mundo de imperios monárquicos. El contrato norteamericano, a su vez, incluye el respeto a la particularidad de cada instancia estatal dentro de la federación y la crisis ha puesto en duda dicho pacto. En Nueva York, el otro centro neurálgico del país, el gobernador no para de echar críticas cada vez más fuertes, toda vez que se hizo evidente la necesidad de un sistema de salud sólido, que evitase la propagación de desastres y lo que se tiene es la precariedad, la duda, la carencia de planes contingentes, el bandazo y, en ocasiones, el absurdo.

Este panorama que coloca a californianos y neoyorquinos en la senda contraria al contrato social norteamericano pudiera generar una fisura sin retroceso, una marca que quede en un país que pronto se enfrentaría a elecciones presidenciales, donde entre otras cosas se decide qué filosofía política deberá regir las últimas décadas de hegemonía real que puedan quedarle al país de camino a su claudicación como economía central del mundo. Si en la población sigue creciendo la percepción, fuerte desde el 2001, de que el Estado federal se roba sus libertades y oprime su bolsillo, difícilmente se pueda sostener un proyecto cuya ideología reside precisamente en el liberalismo clásico y no en el intervencionismo ramplón, la manipulación mediática y la ingeniería social que plantea la muerte de quienes ya no son orgánicos ni al mercado ni a la hegemonía. El pueblo, entidad con poder todavía para votar, mal que le pese a las élites, pudiera decidirse por otro tipo de política central, por otro contrato.

Ese mismo fenómeno lo podemos ver hoy en otras potencias neoliberales que han lastrado la noción de la unidad y le restan libertades a sus ciudadanos, sin que exista un proyecto común con tintes claros. En el Reino Unido, tras el Brexit, se espera que de un momento a otro Escocia pida otro referendo para salirse del control de la corona británica, lo cual supondría el fin de una potencia imperialista tradicional en el tablero del hegemonismo capitalista. Cataluña cada vez le pide más a Madrid que, o respeta el contrato social del Estado de Bienestar, o podrían votar por una separación definitiva. El neoliberalismo ha arrasado con la libertad de todas estas identidades reales, que van desde la ciudadana, hasta el mosaico cultural de los pueblos. Y es que, a diferencia del dinero, la gente sí tiene un sistema de valores, uno que sí cuenta con nociones claras, identitarias, al que no se está dispuesto a renunciar y contra el cual se invierten anualmente millones de dólares en un desesperado anhelo por el globalismo del mercado.

¿Que el coronavirus pudiera formar parte de esa ingeniería que quiere salvaguardar el sistema neoliberal?, pululan por el mundo infinidad de teorías de la conspiración de tal tino, sin embargo no hay que ser un “conspiranoico” (neologismo de estos tiempos) para darnos cuenta de que la plaga a la vez que daña al sistema, pareciera confirmarnos lo que ya sabíamos, a la élite no solo no les interesan los pobres, sino que quieren que se mueran. Palpable en multiplicidad de acciones y pensamientos que han salido a la luz en los días de la crisis y que, solo se han detenido un poco, luego de que elementos de la cúpula de la oficialidad como el propio Primer Ministro Boris Johnson, se enfermaran, lo cual demuestra la peligrosidad de este boomerang biológico. Las libertades y los pobres, dos elementos explosivos para una revolución, fueron las primeras víctimas y el sistema ha sacado rédito de ello, un beneficio sin dudas que pudiera estirar en algo el agónico fin del neoliberalismo como hegemón para las próximas décadas.

El virus puede que haya surgido como un acto accidental, sin que mediaran ingenierías conscientes de los efectos para determinados grupos e intereses, pero al cabo pudiera estar siendo usado. Acabar con lo último que le quedaba al ser humano de autónomo y no restituirlo, o hacerlo artificialmente, sería  una meditada ganancia para el sistema que hoy hace aguas. A fin de cuentas, la inmensa mayoría de los contagiados son pobres, ancianos, personas desahuciadas por una maquinaria que ya no ofrece empleos suficientes, ni precios asequibles de una vivienda, de servicios vitales y de alimentos. La respuesta ante las brechas adquisitivas es la eugenesia, que prevalezcan los supuestamente más duros, mejores o simplemente con la cuenta bancaria más inflada.

Cualquiera que haya leído el libro “El informe Lugano” de Susan George halló un espeluznante panorama de cómo las élites planifican con frialdad la muerte de millones de pobres, solo porque el sistema capitalista no puede sostenerse ante la evidencia de su propio producto: la miseria. La respuesta, lejos de la revolución, no puede ser otra cosa que la matanza de las víctimas. El dueño no va a renunciar a sus propiedades y lejos de eso buscará una manera, ya sea sutil o extremista, para sostenerse. El libro se publicó como un rejuego de ficción, sin embargo, los razonamientos, los datos y el manejo de las conclusiones nos dan a pensar que, en efecto, estamos ante una operación gigantesca de ingeniería social a nivel del orbe, ante la cual la Humanidad no ha construido alternativas y anda a ciegas, como un cordero hacia el sacrificio.

El mercado, el cómputo, no tienen que tener, a fin de cuentas humanidad, sino que van al cálculo de las ganancias y para ello se automatiza la política, se le resta ideología, y ahí tenemos que en los últimos años han desaparecido la derecha y la izquierda, dando paso a partidos taxis, que son usados para ingenierías sociales, más allá de un programa de gobierno que se acerque medianamente a planes de la ciudadanía. En países como Argentina, un neoliberal Mauricio Macri se denomina “izquierdista” y suelta a los habitantes más endeudados que nunca en la historia. En España, Podemos, que llegó con las promesas de acabar con la tiranía de los bancos y la abundancia de los desalojos, no solo olvidó esa agenda, sino que, ante la crisis del coronavirus, persiste en su fracasado “enfoque de género” (argucia para no tocar el problema de la propiedad, ni el abordaje de la lucha de clases), ya que luego de absurdas leyes apartheid contra los varones, que vulneran los derechos humanos, sólo se ha logrado disminuir en -1 persona las muertes de mujeres en una década, en el marco de las relaciones de parejas heterosexuales.

Con un mundo sin identidades, confinado en sus casas, con las calles patrulladas por policías tanto de la acción física como del pensamiento, no está lejos la dictadura global. En todo caso, se ha reducido al humano a una existencia informática y pasiva, en las redes sociales, donde su conciencia no podrá jamás esconderse ya que deja trazas de cada uno de los pasos ya sea en lo doméstico o ya en lo más complejo y comprometedor. Estamos más que nunca a punto de desaparecer como ciudadanos, en tanto nuestros derechos se reducen globalmente a la cuentas de Facebook y de Twitter. No más como seres que salen a participar de una vida pública tangible, sino como personas amedrentadas, sin la suficiente información, que habitan lo que Michel Foucault llamó el panóptico, o sea un espacio donde el poder lo ve todo, pero tú no lo ves a él.

Puede ser que el coronavirus afecte a todos, pero no de la misma manera, porque de hecho, la asimetría adquisitiva sí tiene un impacto, tanto en el acceso a los servicios como en la visibilidad del mal. Recordemos que anualmente, enfermedades curables como la diarrea matan muchas más personas y nadie dice nada, solo ahora saltan las alarmas, se toman medidas y no se dice cuándo acabará todo, ni se da un compás de tiempo para la normalización. Lejos de ello, los líderes del mercado apuestan por iniciar ya las operaciones comerciales, aunque sigamos en estas prisiones, con nuestras libertades perdidas, ¿un intento de que el actual orden quede ya establecido, con una economía funcional que lo sustente?, todo es posible. Lo que sí no debemos dudar es del pragmatismo de un sistema para el cual nuestra identidad, nuestra capacidad de elegir y ser resistentes a la avasallante publicidad, ya son obstáculos. Quizás el verdadero virus, el que nos enferme definitivamente la subjetividad, ya nos haya infectado a todos y sea solo el comienzo en un largo camino en el hallazgo de una vacuna que se encarne en otro proyecto sociopolítico, un pacto que nos incluya como Humanidad.

Mauricio Escuela
Mauricio Escuela
Lic. Periodismo por la Universidad Marta Abreu, estudiante de Ciencias Politicas por la propia casa de estudios, columnista de las publicaciones La Jiribilla y Cubahora. Se desempeñó como analista de temas internacionales en el diario Granma.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *