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No nos falles Martí, no nos falles

Ayer me levanté con una flor en el pecho. Flor invisible que se fue, por ese hilillo de mi memoria, a mis manos de niño. Niño con maestra, casi novia, camino de la escuela para depositarla allí, junto aquel pedazo de hombre hecho de piedra, del cual solo conocía los hombros y su cabeza por el busto, y que le llamaban Apóstol; único guardián que tenía mi Bandera, esa de “tres listas azules y dos listas blancas”, ¡tan listas!, que se hicieron bordar “un triángulo rojo y una estrella de plata….”

Ayer me levanté y redescubrí la obsesión por recitar de memoria –casi sin memoria ya – aquellos versos donde la sencillez bebe del alma, y el alma del sueño, y el sueño es una patria –geografía invisible para la niñez que se imagina como el patio de la casa–, tierra que se enyerba o florece, donde unos cultivan cardos y otros rosas, según la vocación de cada mano.

Era, entonces, yo un grano de mostaza sin toda la gloria del mundo en mí, que solo la maestra fue guardando, de a poquito en cada clase, cuando sembraba célula a célula, desde su voz emocionada, aquel pie descalzo de adolescente como yo, que sufría el grillete “de mortales engaños,/ y de sublimes dolores.”

Y así crecí, desde mis pequeñeces, por tratar de poner “la mano osada,/ de horror y júbilo yerta,/ sobre la estrella apagada/ que cayó frente a mi puerta” hasta llegar aquí, a este instante en que la Patria tiembla, porque somos todos Cuba ante una travesía nueva, montados en el mismo yate que trajo una vez, también, a insomnes navegantes para redimirnos del yugo que te hizo caminar, lacerado y glorioso, hacia el Gólgota de Dos Ríos.

¡Ah, Martí de mis amores, no me abandones que esta plegaria no es solo mía! Es de todos quienes te pedimos, en esta hora, que no duermas.

Enséñanos a subir otra vez la montaña con la misma mirada límpida, fija en la cumbre, de la muchacha manzanillera que te colocó donde debía.

Que la paloma vuelva a posarse en el hombro de aquel barbudo que nos sopló su espíritu para no perecer, otra vez, bajo el yugo de la ignominia.

Que nos acompañe, en esta nueva maniobra, el mismo ahogo de una boina con la Estrella ya encendida y rescatada, que frente a la puerta de este pueblo convirtió el asma en heroísmo y su mirada en permanente lumbre.

Que no nos falte el café, pero tampoco la vergüenza de hacer un país nuevo como aquel soñado desde la Libertad, mientras ella, angustiada, sorbía la sangre de tantos hijos tuyos, por sobrevivir alzando en sus manos la Estrella rediviva, que volvemos, una y otra vez, a rescatar.

Exorciza ese gran necio que habita en nosotros y muchas veces no nos permite ver más allá del meñique, que prefiere morir en el esquema ante el riesgo de ser creativo para reinventarnos en este otro viaje, donde la inteligencia y la virtud nos pongan raíz y ala, como tú pediste, para llegar desde este estrecho arroyito, por donde navegamos, a mar abierto y democrático.

Sálvanos del error innecesario, de toda burocracia inútil, de la vil discriminación por cualquier causa, de todo acomodamiento, de la falta de aliento común, del poder que no lleve implícito el don de la humildad y del servicio.

Ayúdanos a descubrir los matices en cada acto, como esas levedades sonoras que contrastan con los grandes andantes de una sinfonía, para que la música fluya desde dentro, limpiándolo todo, como respeto a los contrastes entre el ojo tan negro del canario y el amarillo vibrante de su pluma.

Chamán de la honradez junto a Bolívar y a San Martín, impide que Nemesia pierda sus zapaticos blancos; que “la niña mala” del romance de Raúl Ferrer pueda seguir llevando en sus manitas una flor para la maestra; que el tan controvertido verso del Tengo, de Guillén, vuelva a ser una realidad en nuestras vidas desde una perspectiva más austera; que aprendamos a valorar y a cuidar hasta al gorrión más simple que picotea la mata de savia del patio y moja sus plumas en el regadío del campo.

Úngenos de tu gracia y tu pasión en las cartas a Carmen. Sostennos en brazos como a tus Ismaelillos. Edúcanos una vez más. Cámbianos la cabeza las veces que sea necesario, sin necesidad de dañar el corazón.

Ahora, y en la hora de nuestra vida, “no nos dejes caer en la tentación/ de olvidar o vender este pasado”, como decía Benedetti, y ayúdanos a entender tus profecías, tus conjuros desde las esencias de como cuidar la Estrella heredada, para que no sea pisoteada por la bota; de aprender con Nitza a macerar los versos de Heredia, junto a los de Cintio y de Lezama, en una nueva pócima de “huesos alumbrados”, a lo Carilda.

Muévenos el alma al camino con la generosidad que hasta aquí nos ha alcanzado hacia el más débil, al amigo lejano y más pobre, aún, que nosotros; con o sin sandalias, con los pies frescos o llagados, pero caminando siempre.

Concédenos tu gracia, pero, sobre todo, repréndenos si no somos sinceros y rectos como la Palma para que fluya el verso cotidiano; ese endecasílabo rebelde de la décima o esa cuarteta amorosa que, definitivamente, queremos construir desde nosotros mismos sin tantos accidentes poéticos, cuando ahora sí, de verdad, “La era está pariendo un corazón…y hay que quemar el cielo, si es preciso, por vivir.”

No nos desampares, sigue ahí con la pupila insomne de Villena. ¡No nos falles, Martí, no nos falles que no te fallaremos…! ¡Que no te fallamos!  (Esta crónica forma parte del libro Cadáver Público, próximo a aparecer por Ediciones Pablo).

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