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Información y comunicación en la Cuba actual

En Cuba los líderes creativos del periodismo han sido los actores más importantes de la comunicación; no fueron los dueños, ni son necesariamente los jefes, ni los que ocupan un cargo en cualquier medio constituyen sus paladines de opinión, aunque decidan determinadas líneas, empresariales u oficiales. Un grupo de buenos periodistas pueden definir la calidad de un medio, por lo que su atención personalizada resulta esencial para lograr que el propio medio mantenga un prestigio de alto nivel profesional. Esta atención implica que se escuchen y se tengan en cuenta sus opiniones o criterios al tomar decisiones, y se viabilicen sus proyectos.

La sectorialización del trabajo periodístico suele chocar con la horizontalidad que exigen las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones. Un periodista ubicado en un medio de prensa no puede ser un simple subordinado a las agendas institucionales de un sector; además de cumplir con la agenda del medio, tiene que ser un servidor apegado a la agenda pública. No hay que confundir a un periodista de un medio oficial o de una agencia de prensa con un comunicador vocero de una entidad; todos son necesarios, pero se trata de funciones diferentes con papeles también diferentes bajo el objetivo estratégico común de ser servidores del pueblo, con formas, caminos, métodos, actores, intermediaciones… diferentes. Nuestras instituciones, públicas y privadas, necesitan sus voceros, y de nuestros periodistas insertados en los medios de comunicación pública se espera que se involucren más en su agenda, lo que la gente busca y demanda.

Las noticias no se pueden planificar, pero algunas se pueden prever; surgen con un abanico de versiones rápidamente conocidas, tienen una causa no pocas veces escondida o enmascarada, pero hay que socializarlas con la inmediatez que exige la comunicación moderna: si nos demoramos, perdemos el impacto de la primera versión y desaprovechamos su efecto psicológico. El debate en torno a las versiones se genera a partir de puntos de vista encontrados o diversos, antagónicos o no, sobre una realidad compleja y susceptible de múltiples opiniones, una lógica tan normal como la salida y la puesta del sol. Todo periodismo equilibrado necesita un contrapeso o contraparte para moderar el debate público, que en Cuba debe contemplar mecanismos de control popular, incluidos los que se crean en las redes digitales. Garantizarlo exige una legislación que respalde ese espíritu que debe regir la democracia socialista, aun bajo el asedio de la potencia mediática mayor del planeta. Consolidar este sistema es un reto permanente, sujeto a cambios constantes, en dependencia de los que ocurran en la guerra planteada, pero siempre articulando un diálogo con la ciudadanía, como corresponde a los medios públicos.

La agenda pública ha de erigirse en la guía más importante del periodismo cubano, y el resto de las agendas deben tributar a ella. Lograr este propósito mediante una acción responsable, precisa y profunda, requiere trabajo de investigación en equipos multidisciplinarios, análisis y discusión, con el auxilio de las herramientas de las ciencias sociales. La planificación de contenidos en los medios bajo tales premisas será entonces una rutina productiva que responda tanto a la inmediatez de la noticia como a la estrategia de profundizar en ella y en otros contenidos desde diferentes ángulos. Cuba cuenta con un alto potencial de psicólogos, sociólogos y cientistas sociales que podrían ser involucrados más en este empeño. Además, se necesita no solo la opinión de los ejecutores del medio, y de los especialistas o expertos, sino la del público, en interacción con las redes y otros espacios de participación. En la construcción de consensos esta intervención y retroalimentación, este ejercicio crítico permanente, es imprescindible.

Por otra parte, en la dinámica del periodismo no hay por qué renunciar a la belleza. El periodista debe aspirar a un estilo propio, basado en la claridad expositiva, la concisión sin “palabras parásitas”, frases hechas o manidas, la densidad sin “metatranca”, la identificación de lo significativo, la precisión o exactitud alejada de la pedantería, el rigor con agilidad, la unión equilibrada de razón y emoción, la observación personal directa y el empleo de fuentes confiables, el distanciamiento de artificios pirotécnicos de la palabra o de afectaciones del vocabulario que pretendan suplantar la vasta cultura, la originalidad y la naturalidad. Si se emplea la narración han de tenerse en cuenta ciertas técnicas modernas procedentes de la literatura; de usarse la descripción, no hay por qué hacerla como en tiempos del Romanticismo; reproducir una escena o un diálogo requiere manejar novedosos procedimientos para lograr el impacto deseado, y con ello huir de la erudición “adiposa”, el sentimentalismo fácil y la cursilería, sin perder de vista el público meta del medio.

No es preciso “inflar” o apurar proyectos de liderazgos jóvenes ni continuar perpetuando o “apuntalando” a otros que alguna vez lo fueron, pero hoy no convocan a ninguna reflexión entre las más recientes generaciones —y a veces ni en las antiguas—, por muy sólidos que sean sus argumentos. Los líderes profesionales de opinión necesitan madurar y solo tendrán mayor permanencia en los medios cuando se personalice su atención y preparación para un recorrido que, como cualquier otro, no estará exento de errores. La academia puede contribuir a evitar el vacío de continuidad que se viene notando hoy. De hecho, sería saludable que muchos ejercicios de fin de curso en las carreras de comunicación contaran con la presencia y colaboración de más decisores y directivos de prensa. Algunos de estos futuros periodistas y comunicadores cuentan con talento, formación e ideas novedosas que les permitirían asumir los dinámicos procesos de cambios actuales, pero necesitan ser más fogueados en la práctica cotidiana, mediante la interacción entre academia y medios.

Es indispensable debatir con claridad y transparencia cómo deberán operar las inevitables mediaciones. Existe una mediación de carácter objetivo, que deriva de la insuficiente capacidad tecnológica y la obsolescencia de equipos y medios; esta no resulta de fácil solución bajo el bloqueo y no depende de la voluntad de nadie. La otra, de carácter subjetivo, no pocas veces ha limitado el desarrollo de las potencialidades de los periodistas y la efectividad de la comunicación con sus públicos. No puede ocurrir que determinadas instituciones se arroguen el falso derecho de no brindar a la prensa una información que no sea secreto de Estado; todo lo contrario: están en la obligación de hacerlo. En estos momentos ese “secretismo” se ha convertido en un obstáculo peligroso, por falta de respuestas a lo que todo el mundo sabe. Quien “torpedea” la transparencia no solo es cómplice de la corrupción y la ineficiencia, sino que erosiona la credibilidad de la política de la Revolución y la confianza en ella. Continuar regulando y establecer con precisión normas basadas en leyes es un desafío complejo pero necesario en este momento de guerra cultural; puntualizar y afinar sus mecanismos, esencial para el servicio de la comunicación pública en una democracia socialista.

Una de las sistemáticas demandas de los periodistas cubanos ha sido atendida recientemente, junto a las del sector presupuestado: el aumento salarial y, asociado a este, el compromiso de elevar el nivel de eficacia comunicativa. Es el momento para debatir cómo alcanzar mejores resultados. Las formulaciones de los objetivos de la política informativa colocan en primer lugar el consenso para la unidad en torno a la patria y el reforzamiento de la identidad y la cultura de la nación, fortalecer el diálogo social e institucional con responsabilidad y participación del pueblo en la fiscalización de la gestión pública, en apego a la legalidad y en defensa del patrimonio común, así como tener en cuenta siempre, en primera instancia, la defensa de la soberanía. También se plantean los principios: la información y la comunicación constituyen “un bien público y un derecho ciudadano”, y los directivos de las instituciones, “de modo personal e intransferible”, son los responsables de hacerlos realidad.

Entre los principios de la política de información y comunicación aprobada se encuentra el respeto a “la diversidad cultural, de género, identidad de género, orientación sexual, creencia religiosa, color de la piel y origen territorial, así como la dignidad y la privacidad de las personas”. Tal ratificación representa una continuidad de la voluntad de la Revolución para fortalecer su democracia. La violación de estos presupuestos debe ser criticada públicamente, e implicar no solo disculpas, sino rectificaciones. Resulta novedosa entre nosotros la posibilidad de obtener “ingresos de la venta de servicios y espacios de publicidad, la comercialización dentro y fuera del país de su producción y patrimonio comunicativos, los ingresos del patrocinio, donaciones y la cooperación nacional e internacional, siempre que estas vías no contravengan la legislación vigente, su política editorial y los principios que rigen nuestra sociedad socialista”. Un desafío para avanzar con la celeridad requerida, sin echar mano a las nocivas improvisaciones.

El estudio y la propuesta acerca de la representatividad y subordinación de cada medio de comunicación y su perfil editorial, con el objetivo de determinar con claridad cuáles son oficiales y cuáles no, es un paso más para reforzar el perfil y el verdadero rostro de la actual sociedad civil cubana. En cualquier lugar hay criterios diferentes sobre sucesos y noticias, nacionales e internacionales, independientemente de las opiniones oficiales, bien por coyunturas contextuales o por determinadas estrategias; unos y otras existen y coexisten. Articular este sistema, sin que represente un peligro para la nación, constituye una necesidad; para ello se necesita experiencia y fijar reglas que garanticen su funcionamiento, al igual que el orden para establecer la dinámica y el control de la publicidad en nuestras condiciones actuales. No solo hay que estimular más debates, sino poner en práctica propuestas más que debatidas.

Las acciones inmediatas solicitan diseñar una estrategia de comunicación clara que acompañe la actualización del modelo económico y social, y lo primero posiblemente sea la incorporación de contenidos que tengan más en cuenta la agenda pública. Para ello, la comunicación social debe formar parte de la superación de los cuadros y de su recalificación, y de la de otros profesionales que estén de cara al público. La articulación de equipos de investigación social y monitoreo en el campo de la comunicación, cohesionados con las diferentes instituciones, definirá la llamada “Marca País” del socialismo que queremos. ¿Estamos listos para construir ese sistema y evaluar y rectificar regularmente las quejas, preocupaciones y denuncias de la población? ¿Estamos en condiciones de establecer el marco legal para la implementación de la política de información y comunicación? (Tomado de Cubarte).

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