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Fidel: Perfil de la justicia

Probablemente la voz de Enrico Caruso aún se escuchaba en el fonógrafo de la casa, aquel aparato de trompeta con estampa de caracol que a él le parecía el comienzo de todos los infinitos y de un rumor que no se apagaría nunca en su espíritu hasta convertirse en tempestad o sinfonía en el alma: ansia de justicia; maravillosa, temeraria e inextinguible pasión que se avivaría primero en el niño y luego en el hombre Fidel Alejandro Castro Ruz, una emoción no sólo para sí, sino esencialmente, para los demás, como una vocación de vida indeclinable.

Una vez en su despacho de luces doradas en el atardecer y soladuras de barro en el piso, donde sus zancadas resonaban dulcemente de uno a otro lado de la habitación, me dijo: “Las ideas se desarrollan, Katiuska, las ideas se desarrollan”, afirmación que me llevaría a pensar que también los sentimientos palpitan, se desenvuelven, afloran. En el Comandante Fidel, la rebeldía ante lo injusto fue creciendo siempre, así como la búsqueda incesante de la justicia para todos en cualquier rincón de Cuba, Nuestra América o la humanidad.

Contaba pocos años de edad cuando comenzó a rebelarse, fueron verdaderas escaramuzas que logró vencer en el ámbito de lo cotidiano, cuando decidió no cumplir las órdenes en la casa de Santiago de Cuba, adonde lo enviaron por iniciativa de una maestra áspera, que utilizó malsanamente el deseo de Ángel y Lina —los padres de Fidel— de que sus hijos aprendieran y continuaran estudios superiores, imposibles en la pequeña escuela rural del poblado de Birán, una localidad al noroeste de la antigua provincia de Oriente, donde Fidel había nacido en el verano de 1926, entonces, lugar casi desconocido de la geografía nacional que ni siquiera aparecía en los mapas.

En Santiago, Fidel vivió un rigor de apetitos intensos e incomprensiones que le hicieron sufrir y decidirse a la insubordinación, aunque todo se interpretara como pueril esfuerzo de un niño. De ese tiempo, nunca olvidaría la triste fila de los braceros haitianos deportados: junto a la Alameda, el barco de chimeneas inmensas que los llevaría de regreso a mayores infortunios. Años después movería cielo y tierra para ayudar al país que protagonizó la primera gran revolución libertaria en el Caribe y Latinoamérica. En el año 2010, Haití, sacudida de dolor, arrastraba el peso de la venganza occidental que propició su ruina y de la ferocidad de una naturaleza que colapsa e intensifica huracanes, terremotos y crecidas del mar.

Pero en su niñez aún Fidel no vislumbraba tales desgracias. En el Colegio de La Salle, asumió igual actitud desafiante ante el atropello de un Hermano y el veredicto injusto del Director dado al viejo Ángel, que decidió no enviar a sus hijos nuevamente al colegio. Ante tal determinación, Fidel habló resueltamente con su mamá a quien convenció de que todo se trataba de una gran injusticia. Aquella vez amenazó con incendiar la casa si no lo enviaban a estudiar, aunque a lo largo de toda su vida siempre aseguró que nunca habría llegado a hacer nada en ese sentido. Tuvo el apoyo de Lina que intercedió con el viejo y, en el propio enero de 1938, don Ángel viajó a la ciudad capital de la provincia para inscribirlo en el Colegio Dolores de la Compañía de Jesús.

Eran los tiempos en que regresaba a Birán de vacaciones y percibía las diferencias entre él y sus amigos, hijos de empleados y campesinos, pero aún no se las explicaba, era todo como algo establecido, orden natural e incomprensible que despertaba en él solidaridades, gestos generosos y compartidores con los que, a sus ojos, tenían falta de ropas y alimentos. Inquieto, ya había preguntado por qué entre los alumnos de las escuelas no existían estudiantes negros. La respuesta no le convenció. Dijeron que para que no se sintieran incómodos al ser diferentes o encontrarse en minoría. Miraba a su alrededor y comenzaba a observar con perspicacia, se hacía numerosas preguntas. Con persistencia, recordaba que sus amigos de la infancia no habían podido estudiar.

Cuando ingresó al Colegio de Belén, en La Habana, recibió agravios por ser muchacho de campo, pero a la vuelta de los años —debido a sus buenos desempeños académicos y deportivos— resultó aclamado al graduarse de aquella institución donde cursaban estudios los hijos de las familias más acaudaladas del país. Allí estrechó amistad con el secretario docente y los empleados de la cocina; Gildo Fleitas, los hermanos Gómez. Ellos le acompañarán años después en el asalto al cielo que sería el ataque al Moncada, sublime acto de búsqueda de la justicia.

Inquietudes y adhesiones entonces fueron preludio de una catarata de luchas en la Universidad de La Habana donde se hizo de cuerpo entero, un revolucionario. Las lecturas sobre la Revolución Francesa avivaron en él los ímpetus combativos, pero consiguió verlo todo nítidamente al leer el Manifiesto Comunista, encontró al fin la brújula de sus días, la explicación nítida y certera que buscaba a cuanto acontecía en la sociedad. Como un Quijote, en la Universidad siempre se encontraba bajo los palos y los tiros. Casi en los albores sintió el estremecimiento por Hiroshima y Nagasaki.

No existió causa justa que no lo tuviera entre sus más vehementes defensores: el antirracismo, el adecentamiento de la vida universitaria y del país, la independencia de Puerto Rico, la solidaridad con el pueblo dominicano que sufría los desmanes de Trujillo, los pronunciamientos contra el dictador Somoza en Nicaragua, las luchas por la soberanía del canal de Panamá, el derecho argentino a Las Malvinas, la solidaridad antifascista, el estallido popular bogotano, las luchas sociales cubanas contra la carestía de la vida, el antimperialismo manifiesto, la idea de luchar porque Cuba fuera un país soberano y justo.

Cuando se graduó como abogado se puso al servicio de los pobres, de los atropellados, de los que nada tenían para pagarle el desempeño de sus oficios. Renunció por ética y delicadeza a pleitos donde podría haberse enriquecido. Defendió a los habitantes de varios barrios de la capital, como La Pelusa, para que no fueran desahuciados sin indemnización; a trabajadores del Sindicato de Cargadores del Mercado Único de la Habana, a grupos de estudiantes acusados de desorden público, a campesinos de la zona de Santa Cruz del Norte. Fidel también solidarizó con los carpinteros que les debían dineros a las madereras.

Integró las filas del Partido de los Ortodoxos, avalancha popular que sería fuente nutricia valiosa para sus luchas. Comenzó a soñar una Revolución, con dictar desde el Congreso leyes revolucionarias que cambiaran el rostro desigual e injusto de la Isla, razón por la cual se postuló a Representante. En 1951, orientó Fidel a su bufete seguir Expediente en la Dirección Central de Servicios Públicos contra la poderosa Telephone Company por el cobro en exceso a los usuarios. Las autoridades dilataron el proceso hasta 1954, cuando Fidel no pudo asistir por encontrarse en la Prisión de Isla de Pinos; por orientación de él, en su lugar, compareció el Dr. Pelayo Cuervo Navarro, quien fuera asesinado a quemarropa en 1957.

Fidel mostró gran valentía al representar a Justa Rodríguez, madre del joven ebanista Carlos Rodríguez, golpeado con brutalidad mortal por la represión policial en una manifestación en repudio al aumento del pasaje. Fidel pedía 30 años de cárcel para los responsables del crimen: Rafael Casals y Rafael Salas Cañizares, Jefe de la Sección Motorizada y Segundo Jefe de esa misma Sección, respectivamente. El juez ordenó la detención de ambos oficiales y Fidel, ante la probable evasión del ejecutivo de dicha orden del poder judicial y la pregunta de si creía posible que ambos escaparan de la justicia, declaró:

“Tendría que caerse el mundo, sería algo así como dar los primeros pasos para caer en un plano abierto de dictadura militar”.

Esto ocurre en septiembre de 1951, unos meses después tiene lugar el golpe de Estado de Batista, y, a la mañana siguiente del 10 de marzo de 1952, Rafael Salas Cañizares resultó designado Jefe de la Policía en La Habana. Fidel tiene que pasar de inmediato a la clandestinidad, pero aún en esas circunstancias, escribe su denuncia titulada: Revolución no, zarpazo y pone querella ante el Tribunal Constitucional contra los que han sustituido la Carta Magna por las bayonetas y el lugar de los magistrados por los militares.

Con el golpe comenzó otra etapa más conocida de Fidel en su ruta de lucha histórica contra la injusticia. Poco antes de asaltar el Moncada visitó la casa de sus padres en Birán, de vuelta a la raíz en una despedida. Cuando ya estaba en el presidio, escribió como quien desahogara un sentimiento triste con el ansia de aliviar, soñar y hacer algo para que una vez se desvanecieran todas las injusticias. Apuntó sobre aquel día:

Todo ha seguido igual desde hace más de veinte años. Mi escuelita un poco más vieja, mis pasos un poco más pesados, las caras de los niños quizás un poco más asombradas y ¡nada más!

Es probable que haya venido ocurriendo así desde que nació la República y continúe invariablemente igual sin que nadie ponga seriamente sus manos sobre tal estado de cosas. De ese modo, nos hacemos la ilusión de que poseemos una noción de justicia. Todo lo que se hiciera relativo a la técnica y organización de la enseñanza no valdría de nada si no se altera de manera profunda el “status quo” económico de la nación, es decir, de la masa del pueblo, que es donde está la única raíz de la tragedia. Más que ninguna teoría me ha convencido de esto, a través de los años, la palpitante realidad vivida. Aun cuando hubiese un genio enseñando en cada escuela, con material de sobra y lugar adecuado, y a los niños se les diese la comida y la ropa en la escuela, más tarde o más temprano, en una etapa u otra de su desarrollo mental, el hijo del campesino humilde se frustraría hundiéndose en las limitaciones económicas de la familia. Más todavía, admito que el joven llegue con la ayuda del Estado a obtener una verdadera capacitación técnica, pues también se hundiría con su título como en una barca de papel en las míseras estrecheces de nuestro actual “status quo” económico social.

Esto se traduciría en la pertinaz lucha de toda su existencia por una vida decorosa para los cubanos, con trabajo, asistencia gratuita de salud, cultura, paz, derechos plenos y en especial, educación.

Por la educación vivió y luchó Fidel. Movió sus energías por transformar el archipiélago mayor de las Antillas que es nuestra Patria, también Latinoamérica y el Mundo, porque no era posible la educación para todos, sin justicia para todos. La Revolución cubana se hizo para la justicia y ese es el estandarte que defiende hoy con belleza firme y audacia valiente por la plenitud feliz de los seres que habitan el planeta. La Revolución se hizo para la justicia y la educación que es lo mismo que decir para la vida. Con la educación —escribí hace algún tiempo—  la Revolución es verdadera, ella enraíza la idea de la Patria volcada a sus cercanías entrañables: caribeña y latinoamericana, y a su vocación humanista y planetaria. Con José Martí pensamos que Patria es humanidad.

En el plano social, Fidel sostuvo siempre que es necesaria la justicia para que no haya venganza. Fue la fórmula infalible para que el pueblo confiara a las autoridades el castigo a los criminales; compromiso cumplido a través de la justicia revolucionaria. Sostenía que la Revolución victoriosa debía aplicar la justicia de forma enérgica pero también magnánima. A comienzos de la Revolución, el 23 de enero, en su discurso en la Plaza Aérea El Silencio, mientras se encontraba en Caracas, Venezuela, reflexionaba:

Nunca un ejército en el mundo, nunca una revolución en el mundo se llevó a cabo tan ejemplarmente, tan caballerosamente, como se llevó a cabo la Revolución Cubana. Enseñamos a nuestros hombres que torturar a un prisionero era una cobardía, que únicamente los esbirros torturaban. Enseñamos a nuestros compañeros que asesinar prisioneros, asesinar a un combatiente cuando se ha rendido y cuando se le ha ofrecido la vida si se rinde era una cobardía, y no fue asesinado jamás un prisionero.

[…] Nosotros le dijimos al pueblo cubano: no arrastren a nadie y no teman absolutamente nada, los crímenes no quedarán impunes; habrá justicia para que no haya venganza, y el pueblo confió en nosotros. Le dijimos que habría justicia y confió en nosotros: no arrastró a nadie, no golpeó siquiera a ninguno de los esbirros que cayeron en sus manos, los entregaron a las autoridades revolucionarias. Tenía fe en que íbamos a hacer justicia, y era indispensable que hubiera justicia, porque sin justicia no puede haber democracia, sin justicia no puede haber paz, sin justicia no puede haber libertad.

El más terrible daño que se les ha hecho a nuestros pueblos es la impunidad del crimen, es la ausencia de justicia, porque en nuestros pueblos no ha habido justicia nunca.

Sería infinito el recuento de tantas adhesiones nobles y temerarias en Fidel a favor de los pueblos, con una humanidad que aún crece como árbol frondoso para el mañana: hasta la sangre por el heroico pueblo de Vietnam, a favor de la causa palestina y del frente saharaui, contra las dictaduras en el Cono Sur de nuestro Continente, contra la deuda externa impagable, contra la recolonización de Nuestra América pretendida por el ALCA, por los pueblos de África, contra invasiones y armas nucleares, contra el despojo y la humillación de los pueblos; la  lucha contra el apartheid es quizás la más humana y arriesgada de todas ellas, pero hay tantas que no acabaría nunca esta sesión para mencionarlas en su totalidad.

Las causas de los pueblos caben en las ansias de Fidel y la Revolución cubana desde siempre y al futuro. Cuba lo demuestra en la maravilla de ser ejemplo y vórtice de Revoluciones.

Palabras en el III Simposio Internacional Revolución Cubana: génesis y desarrollo histórico. Palacio de Convenciones, 31 de Octubre 2019.

(Tomado de Cubadebate)

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