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27 de noviembre: ¡los muertos son las raíces de los pueblos!

El pasado año, la presentación de la película “Inocencia”, de Alejandro Gil, colocó un hecho que el tiempo había despojado un poco de su significación histórica y humana en un primer plano de la atención popular; aunque quizás, para algunos, dejó vacíos relacionados con la carencia de determinadas informaciones.

Los hechos

El 24 de noviembre de 1871, alumnos de primer año de Medicina esperaban a su profesor en el An­fiteatro Anatómico (San Lázaro entre Aramburu y Hospital), cercano al antiguo cementerio de Espada. Entera­dos de que el maestro demoraría, algunos entraron en la necrópolis y recorrieron sus patios, mientras que Ángel Laborde Perera, Anacleto Bermúdez González de Piñera, José de Marcos Medina y Juan Pascual Rodríguez Pérez (de 17, 20, 20 y 21 años, respectivamente) montaron en el vehículo que se usaba para conducir los cadáveres a la sala de disección y pasearon en él por la plaza anterior al cementerio. Por su parte, Alonso Álvarez de la Campa Gamba, de 16 años, tomó una flor que estaba delante de las oficinas del cementerio.

Vicente Cobas, el celador del cementerio, los delató alegando que habían rayado el cristal que cubría el nicho de la tumba de Gonzalo Casta­ñón, periodista de La Voz de Cuba, quien comenzaba sus artículos con la frase “¡Sangre y fuego!” y predi­caba el exterminio de los criollos para repoblar la isla con españoles.

Dionisio López Roberts, gobernador político de La Habana, se personó en el aula del doctor Juan Manuel Sánchez Bustamante e intentó reducir a prisión a sus estudiantes; pero la enérgica actitud del maestro lo impidió. Sin embargo, en la cla­se de Pablo Valencia repitió su acusación con éxito por la cobarde aceptación del catedrático. Con la excepción de un alumno peninsular a quien se exone­ró de culpa, fueron apresados y conducidos a la cárcel 45 estudiantes.

En la madrugada del día 27 se realizó un consejo de guerra, cuya sentencia dejó inconformes a los volun­tarios, que exigieron al general Romualdo Crespo mayor severidad. Al mediodía todavía deliberaba el segundo consejo de guerra, no precisamente sobre la sentencia, sino sobre la canti­dad de prisioneros que serían fusilados, hasta que se decidió que fueran ocho: el joven que había arrancado la flor y los cuatro que habían jugado con el vehículo para transportar los cadáveres a la clase de disección. Los tres restantes se escogieron al azar: Carlos de la Torre Madrigal, Eladio González Toledo y Carlos Verdugo Martínez, quien el día en cuestión se encon­traba en su casa, en Matanzas.

De los demás estudiantes, 11 fueron condenados a seis años de prisión, 20 a cuatro, y cuatro a seis meses de reclusión. La repercusión internacional del hecho obligó al indulto; aunque este se basaba en “[…] el indu­dable arrepentimiento de los jóvenes penados, hijos de leales y buenos españoles”.

También se debe recordar a los mártires que intentaron salvar a los condenados y que, a causa de su acción temeraria, fueron cazados a tiros por las calles cercanas: cinco héroes negros, cuyos nombres no fueron recogidos por la historia, se inmolaron aquel día. Su valiente acción no es más que el reflejo de lo que sentía la población.
Fermín

Uno de los jóvenes encausados en el proceso seguido por los sucesos del cementerio fue Fermín Valdés-Domínguez y Quintanó (La Habana, 1853-1910), a quien Martí llamaba “mi hermanote”, pues a partir del momento en que se habían conocido en San Anacleto, compartieron su vida escolar, la prisión, el destierro y siempre, siempre, su amor por Cuba.

Junto a Martí, Fermín había cumplido seis meses de presidio por el asunto de la carta, en que acusaban a Carlos de Castro y de Castro de apostasía. Desde el destierro, Martí sufría la doble angustia de la tremenda injusticia cometida contra aquellos estudiantes y el terrible hecho de no saber, en definitiva, qué pena aplicarían a su hermano del alma.

Condenado de nuevo en el proceso contra los estudiantes de Medicina a seis años de prisión, el 30 de mayo de 1872, a Fermín le fue conmutada esa pena por la de destierro y, en junio, los dos amigos se reencontraron en Madrid y luego marcharon juntos a Zaragoza, donde concluyeron sus estudios.

Fermín Valdés-Domínguez es considerado “el vindicador” de los estudiantes de Medicina, pues sus gestiones trajeron como resultado el testimonio del hijo de Gonzalo de Castañón de que no había violencia en la tumba del padre.

En España, el periodista

A pesar de las frecuentes recaídas que le causaba su quebrantada salud, el ánimo de Martí no flaqueaba: leía, estudiaba y combatía, de la forma en que podía hacerlo. Por esos días escribió el poema “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”. Participaba de la vida política del régimen republicano instaurado en España y escribió “La República Española ante la Revolución Cubana”: una reflexión en la que reclamaba los derechos del pueblo cubano a ser libre, interesante trabajo que circuló en formato de folleto y el 12 de abril fue reproducido por el periódico La Cuestión Cubana, de Sevilla. Esta etapa resultó crucial en la formación política de nuestro Apóstol, pues le permitió comprender que para los republicanos españoles, la idea de la integridad incluía la preservación de sus territorios de ultramar, por lo que no podía esperarse nada de España. De modo que solo quedaba un camino: la lucha armada por la independencia patria.

Años después de los sucesos del 27 de noviembre, el 9 de abril de 1887, publicó Martí, en el periódico cubano La Lucha, un trabajo titulado “Fermín Valdés-Domínguez”, en el cual el respeto y la admiración por el amigo se entremezclan con el repudio y la profunda indignación que sentía ante uno de los crímenes más bárbaros cometidos por España en Cuba.

La palabra florida del periodista avezado recuerda y reflexiona: “Los grandes crímenes son útiles, porque demuestran hasta dónde puede llegar la nobleza necesaria para perdonarlos. Hace dieciséis años arrancó un niño una rosa que florecía en nuestro cementerio, y, habituados a mirar la muerte sin temor, esperaban otros, paseando entre las tumbas, la hora de estudiarla […]”. Pero también fustiga con la fuerza de un látigo: “¡El hierro no se ha calentado todavía a fuego bastante intenso para marcar como fuera debido la frente del primer infame!”*

En este trabajo se ve la figura de Fermín engrandecida por la admiración que sentía Martí hacia el amigo, el hermano: “¿Qué hay en nuestra historia tan bello, desde que cesamos de morir, como ese joven que se acerca refrenando las lágrimas, al ataúd de donde surgió la muerte de sus ocho compañeros, para pedir a un hijo conmovido que no deje ir cargadas con el crimen las cenizas nunca ofendidas de su padre?”*

El Maestro valora su coraje y su generosidad: “Fermín Valdés Domínguez, pródigo siempre de nobleza, llevaba en los ojos, desde que heló aquel horror su juventud, como la sombra de una culpa involuntaria: la culpa de no haber vindicado a sus amigos. Él narró con desorden patético aquellas escenas que el mismo que pudo impedirlas, el general Crespo, declaró en un documento publicado en Madrid ‘solo comparables a la época del terror de la República Francesa por su sangriento colorido’”.*

De esa manera, sin decirlo, pone en evidencia la hipocresía de los representantes de aquel régimen sangriento. En comparación con la pequeñez moral de ese general Crespo, se alza en el verbo martiano la estatura de Fermín: “Él, tan bueno y tan justo, sacudió en días difíciles su ira sobre los que el rumor público acusaba de instigadores de aquella extraordinaria maldad. Él, con la sencillez de la grandeza, alzó la mano en nombre de Dios frente al cadáver que decían profanado por sus condiscípulos, y en un dramático momento, digno de que el pincel lo perpetúe, levantó las sombras de sus amigos inocentes entre el féretro intacto del padre y el primer beso apasionado de su hijo […] ¡Glorioso joven! ¡Ya puede morir, puesto que no ha de prestar a su patria un servicio mayor!”*

Para aquellos estudiantes asesinados en la flor de la vida por un régimen tiránico, brota de la palabra martiana el recuerdo compasivo y la certeza de que “¡[…] los muertos son las raíces de los pueblos, y, abonada con ellos la tierra, el aire nos los devuelve y nutre de ellos; ellos encienden en el corazón cansado el fuego que se apaga; ellos vigilan, sentados en la sombra, a los que pierden la virtud […]!”*

Justas palabras que se convirtieron por siempre en lección perenne para nosotros cuando el 27 de noviembre de 1891, a veinte años del horrendo crimen, el propio Martí sentenció: “Otros lamenten la muerte necesaria: yo creo en ella como la almohada, la levadura, y el triunfo de la vida […] La amapola más roja y más leve crece sobre las tumbas desatendidas. El árbol que da mejor fruta es el que tiene debajo un muerto”.1

 Notas
*
José Martí: “Fermín Valdés Domínguez”, en Obras completas, t. 4, Centro de Estudios Martianos, Colección digital, 2007, pp. 355-358.

1 __________: “Los pinos nuevos”, discurso pronunciado en conmemoración del 27 de noviembre de 1871, en el Liceo Cubano de Tampa, en 1991, en ob. cit., p. 71.

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María Luisa García Moreno
Profesora de Español e Historia, Licenciada en Lengua y Literatura hispánicas. Periodista, editora y escritora.

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