COLUMNISTAS

Que los músculos no nos ahoguen

Las competencias deportivas forman parte de la cultura aunque estén heridas por la comercialización; el profesionalismo extremo que alimenta lo más brutal de los seres humanos y llega al asesinato: el boxeo, las carreras de ataúdes con gomas, el fútbol de tipo norteamericano…  Para drogar a las masas al estilo del circo romano, proliferan las apuestas, los arreglos, el soborno, el doping, el chovinismo, el fanatismo, el robo de músculos…

Dichas laceraciones enlazan el sector con la barbarie. Desgraciadamente, muchos ven estas vilezas como normales y hasta son capaces de ensalzarlas por los medios. Atrapado por las transnacionales, el deporte mismo es un monopolio en muchísimos casos. Mella lo esclareció cuando el monstruo estaba en pañales: “… las grandes peleas de boxeo y los encuentros de fútbol o base-ball pueden competir, en cuanto a potencia mercantil, con cualquier negocio en una hacienda bananera o hasta en un campo de petróleo”.

Golpiza sobre la masividad, la recreación y la educación física. Lo importante: el show, la ganancia. El papel esencial del ámbito: la formación de hombres y mujeres superiores física y mentalmente,  es marginado o esclavizado por las ansias de fama y plata muy aupadas; el subproducto -las medallas, las marcas- en primer plano mientras las raíces son relegadas.

La televisión de los poderosos hace cambiar reglas, golpea lo atlético para beneficiar lo espectacular y favorecer las ganancias pese a que los protagonistas salgan perdiendo. Pierre de Coubertin advirtió en su discurso de dimisión del Comité Olímpico Internacional  (1925): “… el organizador del espectáculo tiende a corromper al atleta para mejor satisfacer al espectador.” Agrego:…y envilecer también a este.

Palpable muestra: magnates y politiqueros desean más sangre en el pugilismo aficionado. Quitaron la cabecera, aparecieron los refuerzos mercenarios, aumentan los rounds, quieren adicionar muchos más y guantes más pequeños, de menos relleno en la parte de los nudillos; así los puñetazos dañan “sabroso”. Quieren parecerse al mundillo de las trompadas pagadas,  atraer a partir del morbo de los espectadores  y robustecerlo,  amén de danzar mejor con el dinero.

Vivir con los pies en la tierra, jamás de espaldas a los tiempos, no significa callar ante lo lesionador de lo atlético, lo humano y lo divino. José Martí enseñó: “…que quien quiera triunfar en la tierra, ¡ay, no ha de vivir cerca del cielo! La victoria está hecha de cesiones”. Pero expresó: “…hay que pasar volando porque de cada grano de polvo se levanta el enemigo, a echar abajo, a garfio y a saeta, cuanto nace con ala”. Dominemos el terreno que pisamos, adaptémonos a él sin debilitar  nuestros valores.

En el dopaje, la esencia son los intereses lucrativos y politiqueros; y aun existió, con enorme empuje, en países del campo socialista, desmerengados en la actualidad. La gran culpa no cae sobre el contendiente: recorre entidades y gobiernos capaces de crear, impulsar y mantener esta llaga por nefastas intenciones. Lo aclaró Sor Juana Inés de la Cruz: quien paga por pecar es más culpable que el que peca por la paga.

El olimpismo no ha salido incólume de dichos males y lo infecta una atmósfera al estilo de Las Vegas. Se ha soslayado el quehacer y las ideas de Pierre de Coubertin, quien expresó en su mensaje a la juventud en 1927: “Mis amigos y yo no hemos trabajado para daros los Juegos Olímpicos y hacer de ellos, un objeto de museo, ni para que se amparen en ellos intereses mercantiles o electorales”.  Las inmoralidades ascienden montadas sobre una dialéctica esgrimida por quienes ignoran la Dialéctica y, en aras de combatir posiciones conservadoras y ser objetivos, abrazan un dogmatismo  oportunista que pone precio a todo.

A la injusta mercantilización mundializada de las citadas lides, no podemos responder solo con la justa medida de la contratación y la remuneración: tenemos que realizar una labor de más calidad en la formación integral de nuestros atletas, y una óptima atención en lo espiritual y lo material para evitar que la maldad los lesione compitan donde compitan. Merecen y precisan cuidado especial porque las características de su trinchera lo exigen ya desde la base.

Un entrenador, un manager, un profesor de educación física, un directivo, son primero escultores de almas: nunca deben limitarse a proporcionar habilidad o robustez y a cantar por las preseas. A sus alumnos les es indispensable la misma estatura como personas: a quienes sean únicamente estrellas de las justas, la vida suele arrancarles las medallas. Un instructor o un funcionario manchados no están aptos para tan importante magisterio: el ejemplo personal por delante, y palabras convincentes con igual potencia que el saber sobre la lid del músculo.

La indisciplina, la autosuficiencia, la embriaguez de fama, una existencia desordenada, las ambiciones desmedidas, estimarse por encima de la patria, ser más atleta que ciudadano,  terminan mal.     El deportista necesita nivel ideológico, educacional, ético; en fin, cultural. Sin ello, la propia victoria le será más difícil: ninguna especialidad puede desconocer la revolución científico-técnica, y la debilidad intelectual dificulta el dominio de tácticas, estrategias, y entrenamiento modernos. Y, ante todo, andar por un camino tan  lleno de virus sin antivurus trae pésimas consecuencias.

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