FIEL DEL LENGUAJE

Fiel del lenguaje 16: Con voluntad de crear no basta

En la acción creativa es frecuente y fértil la “contaminación” entre esferas, si no se ignoran sus respectivas peculiaridades. La creatividad —no confundirla con sofisticación y pose— tiene espacios y aires propios en cada expresión del quehacer humano, y se logra o no se logra, porque no siempre querer es poder.

A menudo se tiene la impresión de que ciertos complejos generan el afán de rebasar llanuras sobreponiéndoles, como con una boleadora de helado, mogotes que les son ajenos. Pero el periodismo no está condenado a ser plano, ni se le regalan forzosamente alturas a la poesía, que puede considerarse cima de la expresión por lo que vale en sí misma y lo mucho que puede generar en las demás.

Una crónica o un reportaje elevados lo son por sus propios logros, no porque se tenga el empeño de que parezcan páginas líricas. Ni siquiera hay que literaturizar a la literatura. Es literatura, buena, regular o mala, y el periodismo es periodismo, bueno, regular o malo. Ambos comparten el mismo vehículo de realización —el lenguaje— y tienen sus propios reinos, que, felizmente, no son estancos: se comunican entre sí.

Independientemente de la esfera del conocimiento en que se ubique, ningún texto está autorizado ni condenado a estar mal escrito y ser farragoso. Pero el dictamen de un jurista no tiene por qué parecerse a un poema lírico, o épico. Aunque se dejen abiertas todas las ventanas a la individualidad creadora y a la posibilidad de que alguien con talento haga de un tratado sobre entomología, o de cualquier otro asunto, una obra bella, con poesía incluso. Vale recordar, en su especificidad, los bestiarios poéticos.

A nada hay que negarle vuelo, ni suponer que algo esté predestinado a no tenerlo. Pero creer que un texto se embellece porque se le incrusten ristras de palabras rebuscadas no parece ser un buen camino para que sea eficaz, y hasta puede ahuyentar lectores, al dificultarles la entrada en él. Con este juicio no se sugiere —¡ni se quiere sugerir!— mimar a quienes estimen atinado empobrecer el lenguaje usando solo las palabras más cotidianas. Si el buen paladar fisiológico sabe distinguir y disfrutar sabores —y comer no es solo tarea de sabios—, la inteligencia con que se lee será tanto más provechosa cuanto mejor contribuya a disfrutar los matices aportados por un vocablo u otro.

Los sinónimos lo son parcialmente, y entre ellos se dan diferencias que pueden ser relevantes. Aunque compartan una determinada zona de significado, no es necesario acudir a los extremos de seguidor y secuaz para ilustrar la afirmación.  Existen más ejemplos, y palabras que comparten su sinonimia con otras que poco tienen que ver entre sí, como fatal, que remite a lo inevitable, aunque no sea malo, y a las desgracias. Y no es lo mismo ser sano que ser sanote, no digamos ya sanaco.

Un autor debe lidiar amorosa y aun arduamente con el idioma para saber qué vocablo emplear, aunque solo sea para evitar repeticiones indeseables, como cuando, si ya se ha usado inevitable e ineludible, procede acudir a ineluctable y, además, cada vocablo tiene su impronta, que el contexto reclama o condiciona. ¿Debe quien lee sentirse autorizado a esperar y exigir que todo se le dé masticado, y a prescindir de búsquedas para comprender mejor lo que en una primera lectura pudiera escapársele, algo que puede ocurrirles incluso a quienes pueden llamarse lectores profesionales?

Si alguien como Rubén Darío decía que el diccionario era (es) el libro que más debe leer un escritor (o escritora), algo de esa responsabilidad placentera y nutricia les toca asimismo a quienes quieran leer bien. Si un país puede esperar y hasta reclamar que así sea, es Cuba, por los muchos esfuerzos y recursos que ha dedicado a la instrucción universal gratuita. El paternalismo —que no es necesariamente luminoso— resulta esterilizante y autoritario en la dirección de una sociedad y en la factura de los textos.

Otra cosa es rellenar los escritos con tiras de sinónimos creyendo que eso los engalana, aunque sobren holgadamente varios vocablos. Y otra es también, aunque para gusto se han hecho colores y palabras, darse a la tarea de desenterrar innecesariamente algunas que a estas alturas pueden tener el sabor de antiguallas evitables —principiar y empero, por ejemplo, ¿volverán a ser de uso habitual?—, cuando no las justifican el contexto y la intención. No es cierto que el verbo emprestar sea una incorrección, sino un arcaísmo, o un término de la economía, donde comparte familia con empréstito, pero habrá que saber usarlo.

En ocasiones un término puede saber a viejo y no ser necesariamente apetecible. Lo sublime será siempre estupendo, pero la palabra sublime puede tener algo de alimento “vencido”, que ya no sirve. Si no se tiene el propósito y el acierto de revivirla estéticamente, lo escrito puede saber a rancio, no meramente en el sentido de arcaico, sino en el de aceite estropeado. Mofarse de cómo escribía Amado Nervo, quien en su contexto literario supo hacerlo bien y ganarse un espacio, sería tan descaminado como imitarlo hoy acríticamente, a riesgo de ganarse de cuando en cuando algún chascarrillo. No siempre la cursilería se compara con la actitud que tendría en mente Nicolás Guillén al confesar: “A veces tengo ganas de ser cursi”.

La vocación creativa puede llevar a considerar personal el texto pasado por el embudo de la primera persona gramatical. Así, al reseñar un libro, en vez de argumentar las emociones que este es capaz de producir, alguien puede regodearse diciendo lo que la obra ha provocado en él, o en ella, quien así, de paso, se acredita como persona sensible. Pero esa condición debe apreciarse en lo que la reseña extrae del texto comentado. Si quien la escribe supone que los demás lectores van a guiarse por las confesiones de su gusto, puede ganarse que se le vea practicando una egolatría que está de más, a menos que se trate de alguien cuya autoridad en la materia justifique su tendencia a la confesión personal. Pero lo más probable es que quien tenga esa preparación no acuda a un yoísmo que escora hacia lo que cabría llamar baba egolátrica.

Tal práctica se apreciará fácilmente, digamos, cuando alguien llamado a rendir homenaje a un autor extraordinario, empieza citando una de sus obras para añadir: “Esa es la que yo hubiera querido escribir”, o pintar, o componer… Pero semejante desahogo tendría razón de ser, sin que corra la baba egolátrica —¡y cuidado!—, si se tratara de una valoración hecha sobre Gustave Flaubert por Emile Zola, o por Gabriel García Márquez sobre Juan Rulfo, para citar unos pocos ejemplos. Si no, ¿a quién le interesará de veras la flamante confesión más allá de quien la hace y su amante?

Queden para otro momento ciertos casos de pretensa originalidad que hacen recordar al cliente que, para encargar un traje, le exponía al sastre cómo quería que se lo hiciera: telas de seis colores diferentes, una manga más corta que otra, solapas de distintos anchos, una amarilla con parche rojo y otra blanca con parche verde, de largo irregular el faldón, el cuello de la camisa mitad esmoquin y mitad francés, y así por el estilo. Complaciente, el sastre le respondía: “Puede ser”, hasta que llegó un momento en que no pudo más y le dijo: “Pues puede ser… puede ser un espanto”.

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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