LA CÁMARA LÚCIDA

La crítica cinematográfica en una ecuación impostergable

Toda obra cinematográfica está sometida al pulso de plurales lecturas. En primer lugar, la del lector fílmico de la sociedad toda que cualifica, examina, discrepa, polemiza, o “decide” con su llana asistencia a las salas de cine, sobre los “destinos” de un filme labrado también por la voluptuosidad de otras artes.

En otras baldas se ubican dialogantes las ciencias humanísticas. Historiadores, maestros, sociólogos, filósofos, politólogos, periodistas o psicólogos, por citar los más recurrentes, incorporan valoraciones de los filmes desde sus escenarios profesionales. Sus meridianas aportaciones son tomadas en cuenta en los medios de comunicación, así como en los espacios académicos y universitarios. Articulan preguntas y construyen respuestas conexas que emergen como relatos, desplegados en los contextos donde son protagonistas, edificando, obviamente, marcos de influencias.

Estos relevantes actores, desde otros cauces, se apropian de los atributos del cine para el desarrollo de su trabajo profesional y asumen el ser una suerte de “críticos de cine”, cristalizados desde los mestizajes de sus profesiones y saberes. Los que ejercemos la crítica cinematográfica tomamos de sus “acabadas piezas” para complementar, argumentar, enriquecer nuestra labor, pues somos parte de una vital ecuación social, también cultural y educativa.

En nuestra isla los medios de comunicación reconfiguran esa velada aritmética. Transitan sobre lo reiterado, pulsan la noticia de un estreno de cine con los ingredientes primarios de la información, entrevistan al realizador, a los actores protagónicos y a veces al director de fotografía, limitando el conocimiento del basto abanico de “oficios” que participan en una película. La meta: que el público asista a la proyección del filme para colmar ese maravilloso espacio de pensadas dimensiones que, tras la instantánea oscuridad, se nos revela como un momento mágico, pintado por el encanto de la luz y el sonido.

En los apuntes informativos que circulan en los medios —es una verdad contrastable— quedan relegadas las otras especialidades que hacen posible una obra genuinamente colectiva. Se construyen omisiones, se simplifican los procesos de producción, se agrieta el diapasón cognitivo y el divertimento del lector audiovisual, cuando es una pieza sustantiva.

Estas fisuras achican el rol medular que tiene el cine para el enriquecimiento cultural y, obviamente, los medios de comunicación son parte de esa estructura algebraica que ha de evolucionar desde una lógica, cuyo punto de mira es un lector, que, en la era digital, es cada vez más audiovisual.

La filosofía de las nuevas tecnologías está subvirtiendo las maneras de relacionarnos con el cine. Los productos audiovisuales que navegan en las redes sociales se distinguen porque se acortan los tiempos de pantalla, soportadas por otras estéticas que ameritan agudos estudios y que el tiempo, aquilatará en toda su dimensión.

Somos testigos, también parte, de una sociedad cada vez más heterogénea, que evoluciona desde dispares apropiaciones culturales, educativas, estéticas y de valores. Habitamos en una isla marcada por la impronta de la cotidianeidad y los desafíos de las limitaciones (humanas, materiales, económicas, financieras) que modelan comportamientos, actitudes, jerarquías sociales y los modos de consumir el cine.

En otro escenario, estamos los que asumimos el oficio de hacer la crítica cinematográfica, el de investigar sobre una película y sus hacedores. Nos toca hacerlo con hondura, y en ese edificar de palabras asentamos ideas, conceptos, simbologías y también relatos sobre un género, un período histórico, un tema que entronca con un compendio de filmes.

Nos asiste también el desarrollar la escribanía de una crónica o el dialogo culto sobre los esenciales cineastas de la isla y los más jóvenes, siempre desde el rigor; construir contenidos que favorezcan el enriquecimiento artístico, cinematográfico, humano y espiritual de los cubanos. Es también nuestra encomienda, como es la de los cineastas, cimentar saberes, huellas, memorias, signos, metáforas, y jerarquizar, en los puzles de la sociedad, las otras expresiones artísticas que convergen en el cine.

El libro, 50 años de cine cubano (1959-2008), asumido por la Editorial Letras Cubanas y compilado por los colegas Mario Naito y Luciano Castillo, es otra huella que contribuye a reciclar nuestro cine, a revelarnos aristas estéticas, trazos cinematográficos y escrituras que visibilizan las esencias del cine nacional en este período.

En el texto moran treinta y ocho críticos de cine. Nueve son mujeres. ¿En Cuba, la crítica cinematográfica es un asunto de hombres? Obviamente no. Cuando leemos, a manera de muestra, la revista Cine Cubano o Nuevo Cine Latinoamericano, lo que aportan publicaciones como La JiribillaEl Periódico CubarteCuba NowLa Gaceta de Cuba o Revolución y Cultura, también el periódico Bisiesto de la Muestra Joven, nos topamos con los pliegues femeninos de la crítica cinematográfica u otras miradas que enriquecen este esencial oficio.

En el cuerpo de este libro están reunidos sesenta y cuatro artículos que conforman un plano cromático de nuestra cinematografía, pintados por relieves de curvaturas y dispares acabados que son parte de la lógica de un texto de convocatorias y asimilaciones, donde la escritura se revela por estilos, calados, número de caracteres y las lógicas motivaciones de cada autor a la hora de encarar el análisis de los filmes.

Veinte tres filmes de ficción, veinte ocho documentales y trece dibujos animados son los núcleos vitales del libro. Esta diversidad, que también es riqueza, nos permite reconocer los abordajes de los autores desde una premisa: las obras, pasto de la escritura, son de una incuestionable relevancia en la cinematografía cubana.

Algunos escribientes cinematográficos asumieron el clásico despiece general, siempre agradecido. Este modo de construir la crítica le permite al lector fílmico visualizar, desde las partes de un todo, la cartografía de una pieza cinematográfica. Son las muchas especialidades que debemos singularizar para contribuir a la apreciación de un filme. Sin embargo, en esta entrega, es escaso el análisis de apartados tan importantes como dirección de arte, vestuario o escenografía, tan descollante en el cine cubano.

Pedro García Espinosa, Luis Lacosta, Derubín Jácome y Diana Fernández han desarrollado relevantes creaciones artísticas que la crítica cinematográfica debe significar. En sesenta años de cine cubano, sostenidos por calados conceptuales, estos cineastas han edificado profesionalidad, rigor y anchura estética.

Se impone un punto y aparte. Urge apuntar en nuestras reflexiones sobre el guion, que resulta un asunto medular en la cinematografía cubana. No abundan las buenas historias, nos faltan los acabados conflictos, los puntos de giro que atrapan al lector audiovisual crecen con oronda fragilidad, los personajes parecen desdibujados y sin potencialidades sicológicas. Son tan solo algunas ideas que invitan a repensar entre todos este asunto, donde ameritan reescribirse críticas que particularicen este desafío. Obviamente, esta idea no implica generalizaciones.

La colección Guion Cine Cubano, que coordina el narrador, ensayista y guionista Arturo Arango, secundada por Ediciones ICAIC, es una sustantiva aportación sobre este apartado.

Los guiones de Aventuras de Juan Quin Quin, argumento inspirado en la novela Aventuras de Juan Quin Quin en Pueblo Mocho, de Samuel Feijóo, que Julio García Espinosa llevó al cine; De cierta manera, de Sara Gómez y Tomás Gutiérrez Alea, y Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea y Edmundo Desnoes, son libros materializados por la editorial del ICAIC, pensados también para el fortalecimiento de la “cinelitura”, un término que acuñó el guionista y Premio Nacional de Literatura y Edición Ambrosio Fornet. Se encuentra en proceso editorial el guion del mítico filme, El hombre de Maisinicú, escrito por Manuel Pérez Paredes con la colaboración de Víctor Casaus. Esta próxima entrega enriquecerá la colección de lecturas para el desarrollo de nuestra labor.

Pero no solo debemos tomar nota de los libros que abordan esta, muchos de ellos disponibles en formato digital. Textos sobre análisis de obras literarias y teatrales, ensayos sobre lingüística y narración oral, o sobre los que disertan sobre semiótica y dramaturgia son lecturas que debemos tener en cuenta frente al reto de acompañar la escritura de historias fecundas.

Apropiándome del paradigma martiano de la utilidad de la virtud, 50 años de cine cubano (1959-2008) es un libro de gran importancia para los humanistas citados en los inicios de estos apuntes. Los saberes impresos en las páginas de este volumen son una alianza oportuna para el conocimiento del cine cubano de estas cinco décadas.

Los instructores de arte que hacen su labor en casas de cultura, en comunidades y centros de trabajos; los promotores de cines clubes; los que articulan una habitual programación en las aéreas de extensión universitaria de la enseñanza superior; los maestros de asignaturas humanísticas de las escuelas de enseñanza primaria y secundaria; todos ellos son tan solo algunos de los potenciales lectores de este libro, al que podrán acceder también los investigadores de otras naciones que visitan la Cinemateca de Cuba.

Es de agradecer la reunión de fichas, sinopsis y notas sobre los filmes incluidos en este libro, de obvia utilidad para los que trabajamos en la investigación del cine cubano. Se incluyen, además, la relación de la encuesta realizada por los miembros de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica en los apartados de guion, dirección de fotografía, edición, dirección artística, partituras, banda sonora, afiches de filmes, las secuencias más notables y las frases más recordadas que son parte del capital simbólico de la cultura cubana.

Les convido a no pasar por alto la lectura del prólogo, asumido por la Doctora Astrid Santana Fernández de Castro. La profesora de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana despliega con un virtuoso poder de síntesis un texto que se apropia de los bazares de la literatura, la hidalguía de la metáfora y los atributos de la poesía, para servirnos rutas, anticipaciones, premisas, que son algunos de los ejemplares ingredientes del texto La seducción de los clásicos: Una cartografía posible.

En su apertura Astrid sentencia: “El cine se enamora de la vida, la ve transcurrir, la capta con sus lentes, la monta en estructuras nuevas y la convierte en espejismo sobre la pantalla. Es un obrar de visiones y credos que sojuzgan al recuerdo. Una cultura sin expresión cinematográfica no ha descubierto todo su potencial para hablar y hablarse, para entrar de lleno en los espacios simbólicos de significación que comparte el sujeto contemporáneo. La importancia del cine es tal que hoy se reconoce como un generador de paradigmas y comportamientos masivos, un puente entre tiempos y geografías diversas”.

Mi agradecimiento a los colegas Mario Naito y Luciano Castillo por el probado empeño de hacer por el cine cubano desde los saberes de la crítica cinematográfica. A los autores compilados en este volumen que han erigido una antología necesaria. Y por supuesto, a la Editorial Letras Cubanas, por visibilizar los tesones de nuestros críticos de cine, reunidos en, 50 años de cine cubano (1959-2008).

Octavio Fraga Guerra
Octavio Fraga Guerra
Periodista y articulista de cine, Especialista de la Cinemateca de Cuba. Colaborador de las publicaciones Cubarte y La Jiribilla. Editor del blog https://cinereverso.org/ Licenciado en Comunicación Audiovisual por el Instituto Superior de Arte de La Habana.

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