PREMIOS 26 DE JULIO 2019

Homicidios: el peligro antes, durante… y después

Casi siempre, las crónicas rojas de la calle son más rojas que la sangre de las víctimas, y si se escribieran (en los periódicos), muchas terminarían siendo púrpuras en detalles espeluznantes y, a veces, reales. Pero si se escribieran sin el color del morbo que boicotea la calma de una ciudad acostumbrada a las comidillas comunes —y no a que un hombre mate a otro con la primera y última intención de quitarle su vida—, la gente tendría que leer entrelíneas, y comprender que el peligro no está solo en manos del homicida, sino en la negación de él, en ocultar y subestimar patrones de violencia, creyendo que no desembocarán en nada grave. Y sí: hay gravedad cuando se acepta la violencia (incluso verbal), cuando se agrede, y cuando se cree que cosas como esas no suelen ocurrir.

Aunque algunos pudieran no considerar alarmantes las datos de Ciego de Ávila (en caso de que pudieran compararlos con los de otras provincias), las actas de defunción que se computan en el departamento de registros médicos y estadísticas de la Dirección Provincial de Salud, especifican que, desde el 2011 y hasta el 2017, la cifra de homicidios, en un año, nunca ha sido menor que 16. Hay meses en los que ningún suceso terrible recorre las calles y otros en los que seis homicidios las manchan. Los hechos, por tanto, resultan, al menos, preocupantes en una ciudad (y país) que presume, con razones, de su tranquilidad ciudadana.

Al margen de que los abogados, fiscales o jueces los diferencien en asesinato u homicidio, para los archivos de Salud la cifra registrada solo excluye las muertes por accidente de tránsito (que en términos de leyes sí tipifica como homicidio). Para ellos no hay diferencias entre premeditación o reacción, simplemente, una persona le quitó la vida a otra. Y en el período de tiempo al que Invasor tuvo acceso (2011- julio 2018), los números corroboraron que no son tan “accidentales”. En esos siete años los homicidios se contabilizaron en 26, 24, 21, 30, 17, 16 y 22, respectivamente. Hasta julio, de este año, ya habían sido 12.

Si se observan, además, las edades y el sexo de los fallecidos, otras conclusiones pudieran aportarse. No obstante, ante el desconocimiento de las circunstancias en las que ocurrieron los hechos, podríamos caer en lo que tanto rechazamos: la especulación. Bastan los números para condolernos por muertes que no debieron ser.

Quizás, no llegue el consuelo ni contextualizando la situación con realidades más crudas y temibles donde Cuba aparece con una de las tasas de homicidios más discretas de la región. Según informa la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen (UNODC), el país reportó, en el 2016, 5 72 homicidios, lo que representó una tasa de 4, 99, por cada 100 000 habitantes, al tiempo que Chile y Argentina registraron indicadores similares en el continente, donde se ubican las ciudades de mayor tasa de homicidio del mundo: San Salvador (El Salvador), 136,7; Acapulco de Juárez (México), 108,1; San Pedro Sula (Honduras), 104,3…

 

Las polémicas cifras de Estados Unidos, que no engrosan las muertes “en defensa propia” —y que suman miles en frecuentes ráfagas que dispara la policía tras sentirse “amenazada” — y la cantidad de habitantes del norteño país, hacen que exhibiera, en el 2016, una tasa de 5,3, lo que representó, “solo”, 17 250 homicidios. De ahí que no todos los escenarios son debidamente interpretados con números. Y no todas las comparaciones, “felices”.
Por ello, en el caso cubano, el análisis más pertinente debe enfocarse hacia dentro, porque poseemos, para bien, realidades muy dispares a las de otras naciones.

Para ampliar el sondeo, tenemos el sitio https://homicide.igarape.org.br/, referente mundial en esos reportes, que confeccionara un mapa interactivo con estadísticas de 17 años que permiten acceder a los datos de cada país (y a los de cada estado o ciudad) y observar, además, el género del agresor y las edades promedio.

Allí, se encuentran los apuntes ofrecidos por el Ministerio de Salud Pública de Cuba a la oficina de Naciones Unidas, y aunque solo en tres años los “abrieron” por provincia, los números reflejan que, en el 2013, Cienfuegos (20) fue el territorio que menos homicidios reportó, seguido de Ciego de Ávila (21), mientras que La Habana (132), Santiago de Cuba(102), Camagüey (65) y Holguín (62) sobresalieron en cuantía. No obstante, en el 2012, cuatro territorios reportaban menos hechos que Ciego de Ávila y seis lo hicieron en el 2011.

Reportes del Ministerio de Salud Pública de Cuba a la UNODC (Foto: Ministerio de Salud Pública de Cuba).

Pero más allá de cotejos inter-provinciales, el análisis de las causales no debe variar de Ciego de Ávila a La Habana o a Santiago de Cuba… si varía. A estas alturas se impone más una mirada preventiva, que una autopsia.

¿Estarán tales actos asociados a la venta, al por mayor, de bebidas en casi cualquier lugar y a cualquier hora en un país donde se compra más fácil una botella de ron que un pan con croquetas? ¿Será la violencia doméstica acallada solo por siglos de machismo o también porque quien calla cree que serviría de poco rebelarse, cuando el agresor recibe una pírrica multa, un papel de advertencia (y ella posiblemente otra tunda)?

¿Acaso las penas determinadas por el Código Penal, que establece entre 7 y 30 años de privación de libertad para semejantes vejaciones, servirán de escarmiento y no lucirán insuficientes comparadas con las sanciones a otros delitos menores?

¿Son un poco culpables los padres que ya perdieron la calma, además de la educación, y aleccionan a los hijos con el “si te dan, das” que se ha vuelto costumbre, y, luego, crecen mani-sueltos y no hay quien les “corte” ya la mano?

¿Será que un cuchillo nos hace más fuertes y la muerte del otro es la única respuesta placentera ante nuestra incapacidad y, en medio de ese contexto, debamos dar gracias, incluso, por la no tenencia de armas de fuego?

Muchas interrogantes quedan libres mientras aquí, cada año, 20, 24, 30… víctimas (y en Cuba más de 500) ilustran un peligro que no acaba tras las rejas y deambula por la calle en crónica roja, sin que los periódicos intenten, siquiera, cambiarles el color; convirtiéndolo, tal vez, en peligro mayor, por ignorado.

Trabajo premiado en Comentario en el Concurso Nacional de Periodismo 26 de Julio, 2019.  Publicado en Invasor, el 5 de octubre de 2018.

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