COLUMNISTAS

¿Vivir sin TIC?

Carlos Gardel no tenía razón, en cuanto al paso del tiempo. Obviamente, 20 años son algo, a veces demasiado, y cuando pasas del medio siglo de ejercicio profesional, por lógica, el peso de lo acumulado desmiente la afirmación del autor del famoso tango.

El o la  periodista que los acumule, tendrá en su interior muchos paisajes naturales y humanos acopiados y experiencias a veces asombrosas y otras tantas muy ingratas.

Pero no es eso, en propiedad, lo que pretendo comentarles. Sí referirme a las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones. Pienso con frecuencia que de haber existido antes, los ya veteranos en estas lides nos habríamos ahorrado sinsabores y el intenso estrés característico de verse obligado@s a reportar en un horario prefijado.

El cierre es sagrado. Eso nos enseñaron. Correteando por este mundo,  sufrimos mirando el reloj, en medio de una conferencia interesante o sin llegar al desenlace del evento a reportar, calculando cuánto más era posible permanecer tomando notas, considerando las inconveniencias del siempre aventurado medio de transporte y las distancias que nos separaban de las teletipias en un Centro de prensa.

No fueron pocos los cálculos sobre diferencias horarias, si se estaba en el exterior, o cábalas para sortear dificultades –nunca faltan- si tenías que enviar informaciones desde alguna provincia con operadoras de por medio y el código: Llamada revertida, urgente de prensa. A veces, para no perder el espacio reservado en primera plana, muchos sufrimos dictando a alguien por teléfono hasta del Vedado a Centro Habana.

En los años 80 perseguí  en Santiago de Cuba al cosmonauta  Yuri Romanenko, para hacerle una entrevista. Con ayuda de su edecán y traductor, logré “acorralarlo” en un sitio donde, para sorpresa y molestia mías, al poco tiempo entraron colegas locales y con pasmosa tranquilidad, sin decir palabra, tomaron notas y grabaron las respuestas que daba quien fuera compañero de vuelo de nuestro Arnaldo Tamayo en su viaje estelar.

Me percaté en seguida del riesgo: ellos tenían mejores condiciones para publicar primero lo con esfuerzo logrado.

Al concluir, corrí hacia un teletipo (era lo más moderno entonces) y redacté de forma directa, casi descuidada por el apuro, aquel diálogo con el visitante soviético.

Advertí  a la redacción del incidente, por supuesto, no fuera que alguien decidiera dejarlo para el día siguiente. Por fortuna trabajaba entonces para Juventud Rebelde y como aún era vespertino, estuvimos a tiempo de ser los punteros con aquella primicia.

Años después, por esos imponderables de la vida, me ocurrió algo similar, esta vez en Moscú,  con otro  cosmonauta: Vladimir Shatalov. Por cierto, no olvido la pregunta que le hice referida al por qué la URSS no usaba los transbordadores tan a la moda en Estados Unidos por entonces.

—Podemos hacerlo, me dijo, refiriéndose al Burán, nave que fue y llegó sin tropiezos del espacio exterior. Pero los científicos y tecnólogos entonces, y todavía ahora, parece que consideran más efectivos, controlables y económicos, los cohetes  clásicos. Por algo será que la NASA sigue empleando los motores rusos en esos menesteres.

Si en aquellas etapas hubiera contado con un celular o la posibilidad de un correo electrónico,  menos adrenalina habría circulado por mi torrente emocional y, con mayor margen de tiempo, perfeccionar el trabajo. Tuve oportunidad de comprobarlo, un poco tarde, cierto, pues hasta pasada la mitad de los 90, era preciso ir a las oficinas de Prensa Latina, por ejemplo, para enviar hacia La Habana cualquier material desde equis país.

Recuerdo esas incomodidades y apuros con el agradecimiento de quien crece, se ajusta o sufre, según tienen lugar los avances y puedes, aprendes a usarlos, atesorando lo antes acumulado.

Nadie sabe si le hará falta en excepcionales circunstancias desarrollar habilidades obtenidas por los hoy veteranos. Sería bueno reflexionar sobre ello. Lo digo porque cada cual se inventa sus trucos, mañas, fórmulas para sortear reveses y cumplir con el deber encomendado.

Desde la puesta a punto de la imprenta Gutenberg en el siglo XV, hasta hoy, en  el XXI, la evolución de los recursos técnicos, ha sido extraordinaria, sobre todo en esta materia, inventada como recuso militar de inicio, pero pronto trasladada al uso civil desde donde se considera un salto de elevadas proporciones. Sobre todo para el periodismo. No porque el antiguo modo de reproducir sobre papel ideas y noticias desaparezca, sino por lo inmediato y extendido, los innegables alcances de Internet.

Esto, desde luego, como casi todo, tiene dos filos. Uno corta lo necesario y el otro hiere. Si me lo permiten, como dice el inefable Pánfilo, esa es otra historia con muchas sub tramas y, desde luego, para otro momento.

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