IDIOMA ESPAÑOL

Del género

Con respecto al género (femenino / masculino) de los sustantivos y adjetivos, se presentan una serie de irregularidades que, a veces, resultan curiosas.

Lo más normal es que expresemos la oposición usando para el femenino el morfema gramatical -a y para el masculino -o, -e, como puede verse en gat -a / gat -o, monj -a / monj -e. Pero no siempre ocurre así.

A veces la oposición de género se expresa con vocablos diferentes: mujer / hombre, madre / padre, vaca / toro… En otras ocasiones, se utilizan para el femenino sufijos más cultos: poet -isa, alcald -esa, hero -ína, actr -iz. En ocasiones, se hace necesario recurrir al artículo para establecer la diferenciación: la periodista / el periodista, la solista / el solista

Puede ocurrir además que la oposición dé lugar a diferentes significados: naranja, manzana, cereza (la fruta) / naranjo, manzano, cerezo (el árbol); la trompeta (el instrumento) / el trompeta (el músico); la farola, la cesta, la cuba (más grande) / el farol, el cesto, el cubo (más pequeño); la cólera (sentimiento) /el cólera (la enfermedad)…

Otras palabras — azúcar, sartén, mar, radio, arte— se usan indistintamente en uno u otro género. En el caso de  azúcar suele usarse el masculino cuando va con un artículo o pronombre y el femenino cuando va con un adjetivo: el azúcar / azúcar prieta; en el caso de arte se usa el masculino en singular y el femenino en plural: arte cubano / las bellas artes; en el caso de mar se utiliza más en femenino por parte de los poetas, lo que no quiere decir que las personas comunes no podamos hacerlo.

Hoy, en busca de una reivindicación social de las mujeres a través del lenguaje, han aparecido soluciones descabelladas: la primera fue el empleo del símbolo de arroba —@— para indicar el femenino, la cual, por suerte, ha ido perdiendo fuerza; sin embargo, las repeticiones: “niños y niñas”, “trabajadores y trabajadoras”… generadoras de textos innecesariamente largos, repetitivos y aburridos, tienen mayor permanencia e, incluso, son recomendadas por algunos.

¿Por qué no esforzarnos en hallar formas más englobadoras o inclusivas? ¿Por qué en vez de decir “hombres y mujeres” no hablamos de género humano, especie humana o humanidad? ¿Por qué en vez de decir “niños y niñas” no hablamos de niñez o infancia? De igual modo puede decirse profesorado, personal docente, claustro; alumnado, estudiantado, muchachada; profesionales de la salud; clase obrera… expresiones más elegantes y que, además, eliminan la invisibilidad femenina. Todo ello, sin olvidar que en español, el masculino incluye al femenino y que, por ejemplo, la primera acepción de hombre es “ser animado racional, varón o mujer”.

Tampoco debemos olvidar que, aunque en otros tiempos la ministra era la esposa del ministro o la alcaldesa la esposa del alcalde, y muy pocas profesiones tenían en cuenta a la mujer, en la actualidad ocurre lo contrario, y en la medida en que las féminas alcanzamos un desarrollo más pleno, oímos cada vez más: la médica, la ministra, la generala, la cirujana, la consulesa, y así, muchos más. Incluso, el proceso se invierte y de azafata, surge azafato, “persona que atiende a los pasajeros en un avión u otro medio de transporte” y, por imitación, el cubanismo ferromozo, -a, que, según el Diccionario básico escolar, del Centro de Lingüística Aplicada de Santiago de Cuba, define a la “persona que durante un viaje en tren atiende a los pasajeros”.

La historia no se puede cambiar y el lenguaje es expresión de ella. Durante siglos la mujer ha sido preterida; aún lo es en algunos lugares… Por eso, cuando Martí dice “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro”,1 al menos yo, me siento incluida.

Nota

[1] José Martí: “Mi raza”, en Obras completas, t. 2, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, p. 299.

María Luisa García Moreno
María Luisa García Moreno
Profesora de Español e Historia, Licenciada en Lengua y Literatura hispánicas. Periodista, editora y escritora.

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