COLUMNISTAS

Mi Diario de un tornado

DOMINGO 27.01               DIA 0

Madrugada raramente silenciosa con la que concluye el día cero de nuestro personal tsunami terrestre. Así podríamos llamarle sus víctimas al aterrador tornado –inédito y sin aviso previo posible–  que con vientos rondando los 300 kilómetros por hora, e incalculable trayectoria, penetró, golpeó, arremolinó, demolió y devastó hasta lo inaudito a su paso por varios municipios de la capital de todos los cubanos, entre ellos el de mayor población, 10 de Octubre, en el que vivo.

Comienzo este diario muchas horas después del breve e intensísimo episodio vivido por nosotros, posiblemente de un par de minutos de duración, que permanecerá eternamente en la memoria de los que lo sufrimos y marcará un antes y un después en nuestras vidas.

No hay manera de describir con precisión qué sintió cada cual a su efímero y devastador paso, que en total duró 16 minutos en un trayecto que hizo a una velocidad de 42 kilómetros por hora. Si la calculadora no falla, recorrió poco mas de 11 kilómetros en la geografía capitalina, tras nacer en el entorno del cercano Casino Deportivo y avanzar casi en línea recta hasta Berroa, en La Habana del Este.

Yo lo intento ahora, extrayendo de mis recuerdos fugaces escenas: se fue la luz mientras trabajaba en la computadora. Era la cuarta ocasión en el día y nuevamente me frustraba lo que escribía por carecer de la batería de reserva o “backup”. Me incorporé en la penumbra de las 8:,30 pm y dentro de mi cerrado cuartico de trabajo escuché una especie de bramido que se acercaba y semejaba los motores de una columna de tanques de guerra o la turbina de un gigantesco avión. Me encaminé a la parte trasera de mi apartamento, en la planta baja de un edificio de dos pisos, ubicado en Santos Suárez. Pensaba que era un corte eléctrico mas y que duraría poco tiempo cuando al extraño sonido se unió un gigantesco tirón de aire en la puerta que comenzaba a abrir y que prácticamente la selló en su marco.

Alarmado, me encaminé hacia la parte delantera, en la que ya mi esposa cerraba la ventana de cristal del comedor y yo fui a hacer lo mismo con la de la saleta. Entonces, fugaz como si me asomara un instante al averno, me percaté de una masa gris intenso que parecía mirarme desde el exterior con rabiosas ráfagas de aire. Logré concluir la operación rápidamente cuando, a continuación, un golpe seco en la fachada de la vivienda hizo la escena sonoramente más kafkiana. Con linterna en mano, nos asomamos a la sala y vimos plegadas hacia adentro cuatro mal llamadas “tablillas” (porque son de metal) de una sección central de las ventanas y otras tres, de la de al lado, abofadas hacia afuera. Ese gigantesco piñazo causado por la naturaleza había permitido que se formará un manto de hojas, basuras trituradas y hasta unos pequeños juguetes de plástico tapizando el piso y los muebles.

“¿Qué cosa es esto?”, recuerdo que exclamamos y repetimos varias veces, mirándonos con asombro, cuando “eso” se alejaba, camino a la Calzada de 10 de Octubre, en diagonal, según calculé después. Al revisar el resto del apartamento encontramos una escena parecida de hojas y pequeños destrozos en nuestro dormitorio, en el que una ventana parcialmente abierta había dejado pasar una ráfaga que derribó cuadritos de nuestras nietas y adornos de cristal, sin afectaciones mayores.

Aires huracanados hemos sentido en nuestras vidas, algunos tan fuertes como aquel que derribó un frondoso árbol en la gran escuela que tenemos frente a nuestro hogar –hace algunos años—pero los de esa noche del 27 de enero de 2019 no eran medibles por anemómetro alguno porque perecen ante su paso.

Al asomarnos al pequeño portal, lo hicimos al verdadero caos: las plantas ornamentales que lo animaban yacían revueltas, con varias macetas rotas y todas derribadas. Enfrente apreciamos, en un siniestro contraluz de una noche sin electricidad, un único árbol con las ramas peladas de hojas, cual esqueleto de la linda flora que había sido. En la distancia, el mas que centenario de la esquina del gran patio de la escuela Aguayo yacía sobre la calle Figueroa, con el muro a su costado derribado en varias decenas de metros. Casi al entrar nos dimos cuenta de que uno de los pasamanos de la escalera que lleva a nuestra casa había desaparecido y calculamos –y al día siguiente confirmamos—que había sido por el golpe de un tronco proyectado por lo que comenzamos a llamar tornado, y que fue el que ocasionó, a continuación, la avería en nuestra fachada (rajó la pared de la sala en dos lugares e incluso la desplazó un par de pulgadas hacia adentro, ya que no tenía anclaje y que había sido construida por un inquilino anterior a nosotros, hace más de 30 años, en lo que era el portal del apartamento.

Ante los daños visibles hasta entonces, tuvimos la tranquilidad de que no haber sufrido pérdidas mayores (en la sala, el televisor y una mesita de cristal con adornos presenciaban indemnes la escena). No había electricidad, gas, agua corriente ni teléfono pero estábamos bien y vía celular supimos que nuestros allegados estaban igual. Dejando para la mañana el resto de la indagación, tras limpiar la sala y el cuarto lo mejor posible, y somnífero mediante, aún desconcertados por lo ocurrido, intentamos dormir.

LUNES 28.01                                               DIA 1

Desde alrededor de las cuatro de la madrugada yacimos despiertos en la cama, esperando que amaneciera. Con los primeros rayos del sol, luego de la llamada de nuestra hija desde donde reside, Puerto Rico, recién enterada del desastre,  volvimos a salir de la casa para apreciar mejor lo que había dejado (o se había llevado) el tornado. La escena parecía el clásico “campo de guerra tras la batalla”. Desde nuestra posición, a la altura de un primer piso, se apreciaba a nuestra izquierda que el lindo techo de planchas de plástico del patio exterior de la casa de Sandra ya no impedía ver la esquina. El árbol de moringa que había sembrado nuestro difunto amigo Fabio hacía más de una década ya no daría sus benefactores frutos porque había sido arrancado de cuajo y proyectado contra una ahora derribada cerca exterior. El poste telefónico colindante estaba casi en el piso y, más allá, sobre lo que quedaba de tendido eléctrico, se doblaban tejas flexibles procedentes de vaya saber dónde.

Frente a nosotros se notaba un limpio claro en la acera, donde hasta anoche había alumbrado la luminaria de un poste, y los dos pisos del gran centro escolar, cuyo lateral es nuestro paisaje cotidiano, no mostraban casi ninguna de sus 20 grandes ventanas. Partes de sus blancos conductos de desagüe exterior habían desaparecido y las paredes grises de churre pedían una urgente limpieza (como la de la entrada a nuestra casa y los ventanales de cristal). A través de los huecos que fueron ventanas se notaba que su planta superior no tenía su singular techo de tejas.

A nuestra derecha, de la fachada del edificio colindante, colgaba como “moco de pavo” la parte delantera de la reja perimetral de su azotea y a la primera ventana lateral del apartamento de nuestra amiga Mayra le faltaban varios de sus cristales. En la distancia, en esa dirección, se veían otros árboles que siguieron el destino del grande de la esquina, junto a postes inclinados, y la ausencia del techo de la parte delantera del estudio de grabación del amigo Julio.

Al entrar, vimos un orificio en el cristal superior de la puerta, con rajaduras que nacían en él y se extendían en varias direcciones. Empleé la fórmula de enmascararlo por fuera con postales floridas que me regalara una amiga mexicana y, por dentro, tapiarlo con fotos de nuestras nietas e hijos.

Fuimos entonces a la parte exterior trasera y lateral de nuestra casa a enfrentar lo propio. Nos percatamos de lo mucho que tendríamos que trabajar para llevar a la normalidad las cosas: el virtual jardín de plantas en macetas de mi esposa en el pasillo derecho era un desastre, solo unas pocas soportaron el vendaval. Los proyectiles que cayeron  –tejas sobre todo—yacían fragmentados en el patio donde se tendía la ropa. El agua acumulada por el tragante tupido daba por encima del tobillo. Uno de los dos alambres que se extendían a lo largo del área para que lo lavado se secara había recibido tal impacto que el erguido tubo metálico que lo sostenía en uno de sus extremos había sido doblado casi en forma de L. Una parte de la antena del televisor soportó la furia del aire y la sección arrancada pendía enredada con el bajante.

Luego supimos que la tapa del tanque del agua había sufrido también similar suerte, partido y con un pedazo de teja en su interior. Un techito de planchas de fibrocemento y plástico de la parte trasera corrió similar suerte con secciones rotas o corridas de lugar pero sin peligro de desplome. El otro lateral, protegido por el edificio vecino, era el que menores afectaciones tenía, aunque por allí apareció la parte de la partida tapa del tanque de agua y hasta una teja plástica pequeña que servía de visera a la entrada de nuestro portalito.

La primera y principal ayuda nos llegó temprano en la mañana en la persona de nuestro hijo David, quien había visto al “monstruo” desde lo alto del edificio donde vive en el Reparto Bahía cuando pasaba por Regla, con su kilómetro de diámetro, según calculó y luego el meteorólogo Rubiera informó. Desde el apartamento de los altos de nuestra vivienda bajaron los jóvenes que estaban allí durante el paso del fenómeno y comenzaron a rescatar lo salvable en la caótica calle –incluida la baranda arrancada—y a poner orden en el desorden mayúsculo que nos rodeaba. Como curiosidad, destacó que entre lo acumulado en el portalito descubrí y devolví, algo humedecida, una cajetilla de cigarros que la noche anterior se les había quedado en la terraza y el remolino la depositó en mi puerta, broma macabra a alguien que dejó de fumar hace mas de 30 años.

Siguiendo la recomendación de David, ya enderezando lo torcido y evaluando las tareas a realizar, mi esposa y yo nos fuimos a la calle para apreciar lo sucedido más allá de lo visible en nuestro entorno inmediato. Confirmamos que estuvimos entre los que menos sufrieron el paso de ese devastador visitante no invitado.

La angustia propia se esfumó ante la tragedia ajena: por la calle Estrada Palma, la maltrecha fachada de la propia escuela Aguayo y el copioso árbol atravesado a la entrada de la cercana posta médica de urgencia, con acera levantada por sus grandes raíces ahora al aire, fueron solo los primeros reflejos de lo acontecido. Por la calle Cortina, a 50 metros de esa escena, yacía un auto reluciente, que debía de haber sido hermoso antes de que fuera proyectado, ruedas arriba, contra un poste atravesado en plena vía. A continuación, apreciamos un muro de piedra caído y espacios donde habían estado techos de garajes, todo ello en un entorno de mucha gente deambulando con móviles en función de cámaras de video. El recorrido nos llevó hasta donde una farmacia, en la calle Lacret, había perdido su fachada de cristales y, frente a ella, en la inmediación de la biblioteca municipal, se inclinaba peligrosamente un poste portador de un transformador eléctrico. Después supimos que por allí un ómnibus articulado de la ruta P 2 había recibido el impacto del paso del tornado, con ventanillas rotas y pasajeros heridos en consecuencia. Ya nos habíamos cruzado con Martica, nuestra delegada del Poder Popular, en afanes de tomar nota de los daños ocasionados con un rostro que reflejaba la gravedad de lo apreciado.

Para nuestra agradable sorpresa, en la panadería de Figueroa y Lacret estaban vendiendo el preciado producto, traído de otras unidades que no habían sido afectadas, y pudimos regresar a la casa con algo mas entre las manos que la tensión de los momentos vividos y los por vivir.

***

Comencé a escribir este diario de forma manuscrita, con letra que ni yo mismo entiendo, como mecanismo para liberar lo que generaron los acontecimientos del 27/01. En los días subsiguientes reflejé detalles que, a la distancia de cuando pongo en orden definitivo mis ideas, resultan irrelevantes ante la magnitud de lo que les ocurrió a muchos otros. A pesar de la falta de la electricidad me mantuve en contacto con la realidad –mas allá de la propia inmediata — por contar con un móvil con radio. Pero soy esencialmente, como periodista, amante de la comunicación, y esa fue una de las principales primeras carencias que sufrí desde el día 1. Sobre esto me referiré en recuadro uno.

***

La primera jornada fue de mucho trabajo, más de lo que la salud me hubiera permitido en condiciones normales. El esfuerzo y la tensión me pasaron la cuenta cuando ya la oscuridad imperaba y nos dirigimos a la cercana casa de nuestra amiga Conchita, que había quedado fuera de la trayectoria del monstruo, para recargar celulares y laptop. Por el cansancio, perdí el equilibrio primero y luego pisé una raíz de un árbol y me torcí el tobillo de la pierna derecha, la de mi tres veces operada rodilla. Aunque seguimos, llegamos y cumplimos el objetivo y regresamos a nuestra casa por nuestros pies, ese episodio me enclaustró aún más durante toda la semana que comenzaba, en mi atalaya particular, privado de desplazamiento alguno y con escasa participación en la rehabilitación doméstica y del barrio. Ello, por otro lado, me permitió mas tiempo para escribir a mano y pensar.

Esa noche, en la casa amiga vimos el noticiero de televisión y supimos detalles del paso del tornado que ahora he incorporado. Lo que era imposible saber aún eran los detalles de la gigantesca devastación que había ocasionado a su paso, pero con lo dicho bastaba para retirarnos a dormir aún mas acongojados que en la víspera.

MARTES 29.01                                           DIA 2

Despertamos temprano nuevamente, mas por hábito que por necesidad, ahora con el agravante de tobillo lesionado, rodilla arañada y contracción muscular consecuente con la caída, pero sin inflamación notable (recordé que hace décadas perdí el líquido sinovial en la articulación resultado de mis caídas y operaciones). Nueva llegada de David con sus 6 pies y 270 libras, frisando ya el medio siglo de edad, acompañado de Ocirema, su esposa, a continuar la recuperación iniciada la jornada anterior.

Ese día “pusieron el agua de la calle”, que ahora –al escribirlo—debo explicar a mis lectores no cubanos (porque este texto irá a facebook, decisión que acabo de adoptar): esa es la expresión que usamos cuando el suministro del vital líquido llega por vía del acueducto que tiene horarios de suministro según zonas y disponibilidad del agua potable. Todos los cubanos tenemos, como hábito, almacenarla para utilizarla cuando no esté disponible. Fue el primer síntoma de recuperación práctica.

Yo, como centinela sin sueño, viví ese día el desfile continuo de curiosos y algunos merodeadores que desde la víspera no dejaban de pasar. Los primeros tomando fotos y videos del cascarón de escuela y los otros extrayendo objetos o elementos que podrían serles útiles de entre los escombros y del virtual “plan tareco” que se desarrolló (los residentes de la cuadra sacando lo inservible o que ya no era de su interés). Aprecié, incluso, cuando un cartón tabla viejo que desechamos era “recolectado” casi al momento por alguien del vecindario. Recordé un programa humorístico de la televisión, liderado por el personaje de Pánfilo, cuando a ese proceder se le llamó “intercambio de regalos”.

La falta de combustible doméstico para cocinar nos obligó nuevamente a un almuerzo de emergencia, con panes y contenidos enlatados, rociado con agua sin refrigerar, pero suficiente como para no sentir hambre ni sed.

Ví como el tránsito desviado de la Avenida Santa Catalina, muy afectada en el tramo más cercano a mi casa, pasaba cerca pero no podía alcanzar directamente la otra vía ancha, Lacret, con rumbo al centro de la ciudad, porque la tala de los obstáculos recién comenzaba.

En este día –y los siguientes– se repitieron visitas de amigos cercanos para interesarse por nosotros y las afectaciones que ocasionó el tornado. Esa solidaridad la sentimos desde el principio y puso de relieve, al mismo tiempo por contraste, la falta de interés que reflejó el silencio de algunos allegados, a los que mejor olvidar a la hora de relacionar la pequeña pero atenta familia (Diana, Luisita, Franklin, Milagritos, Betty, Damarys, Leo, Bibiana) y cercanos (Conchita, Peña, Molina, Jesús, Mateo, Mario, Ariel, Panchi, Lourdes, Isabel, Zenaida, Teresita y otros que por suerte harían muy larga la relación).

Esta jornada contó, además, con un curioso desfile de personas, incluidos niños, con mesas de estudio y asientos escolares camino a la cercana escuela Alverente, donde reanudarían las clases en breve. El gran edificio que los albergaba en sus estudios había quedado inutilizado hasta próximo aviso, reparación mediante, aunque en su vasto patio, días después, se estableció un punto de distribución de materiales de construcción para los damnificados.

En el cierre de la jornada, tras otra excursión a recargar móviles y laptop de mi esposa, esta vez acompañada de nuestro hijo, volvimos a Nocturno, de Radio Progreso, escuchando los temas que nos llevaron, por un instante, a cuando éramos jóvenes y no conocíamos tornado alguno.

 MARTES 30.01                                          DIA 3

Llegó otro tornado, cualitativamente diferente y bienvenido.

Desde muy temprano un pelotón de jóvenes del Ministerio del Interior emprendió la recogida de los deshechos en la calle y aceras.

Ya el sonido de las motosierras en la calle de entrada de Aguayo presagiaba que la ofensiva rehabilitadora había comenzado en serio. Los jóvenes cadetes, con un oficial al frente, armador de  palas y cajas plásticas para transportar los deshechos y apilarlos, por lo laboriosos parecían abejas obreras llevando miel al panal. Portaban cantimploras con agua y me recordaron la que yo usé en la muy distante Campaña de Alfabetización, una reliquia que lamentablemente perdí en algún momento, no así otros elementos de aquella tarea.

El verde olivo de sus trajes se confundía con el follaje derribado que, a continuación, subían al lomo de camiones de volteo que aparecían, cargaban y desaparecían en interminable secuencia. Esa voluntad de servicio, incluyendo a un jefe que, pala en mano, predicaba con el ejemplo, debía de inspirarnos siempre en el día a día y evitar tristes imágenes a las que casi nos hemos acostumbrado de abulía y desinterés por cumplir bien lo encomendado.

Una “bulldozer” del MININT, por mi lado de la calle y otra por el otro extremo, se encargaron de izar lo más pesado y no dejar que a los camiones se les enfriara el impulso. En solo dos jornadas la calle Figueroa, entre Libertad y Estrada Palma, estuvo limpia. La tropa, victoriosa, se marchó a otros puntos cercanos, tan tranquilos y entusiastas como llegaron. Me nació gritarles, en mi mente , por lo hecho y por lo que representan: ¡GRACIAS MUCHACHOS!.

Casi para festejarlo, “llegó el gas”, que no había sido suministrado aún por un salidero detectado la víspera en el edificio vecino y cuya reparación nos permitió “comer caliente”, aunque aún sin electricidad ni teléfono. Durante el día, tuvimos la visita de diferentes trabajadores sociales, estudiantes de medicina y personal administrativo de apoyo, interesándose por daños y lesiones sufridas. Incluso mi esposa llenó y firmó una planilla que debía ser procesada en un puesto de mando habilitado especialmente para la ocasión, frente a la funeraria Santa Catalina. Como apunté en el Día 1, nuestra delegada, a solo horas del acontecimiento, había hecho lo mismo. El resto de esta arista lo agrupé en el Recuadro 3.

Luego de otra recarga energética en una casa amiga más cercana –la de Lourdes y Panchi-  mi esposa y yo volvimos a nuestra cita radial con Nocturno para esperar el día siguiente.

MIERCOLES 31.01                                     DIA 4

Una vez más amaneció el día soleado. Ni una nube empañaba el cielo, como si todas se hubieran concentrado en la fatídica noche del 27/01 y el tornado se las llevara. A pesar de tener un “frente frío” que casi no enfriaba, invitaba a salir a pasear, pero aún el ánimo –además de la pierna adolorida—no estaba para eso: había que concentrar energías en reparar, podar, enderezar… y yo observar.

Las potentes bocinas de los camiones de volteo animaron la mañana a su paso, mientras, en lamentable contraste de laboriosidad con lo apreciado ayer, vimos el ejemplo contrario en una cuadrilla de comunales, todos identificados con la chaquetica amarilla fluorescente que nos recordó las revueltas que por estos han estremecido a Francia. Sus más de 20 integrantes permanecieron tres horas apoyados o sentados sobre el muro sobreviviente de Aguayo, al parecer “esperando instrucciones”. Así les llegó la hora de almuerzo. Por si alguien lo duda, tengo imágenes que lo atestiguan.

Los detalles de este día se pierden ya en lo rutinario y no merecen repetirlos, con excepción de la reiterada experiencia de mi esposa en la asistencia a una de las ventas de “alimentos ligeros” que ya se habían extendido por el barrio. El día anterior ella vio –y no compró—una raquítica porción de pollo a 12 pesos y prefirió el clásico pan con carne de cerdo a 5. Luego supimos por Jesús, el secretario de mi núcleo del PCC, que se habían detectado adulteraciones de los precios establecidos y se había operado sobre los especuladores.

La medida tuvo efecto porque, incluso a unos 20 metros de mi casa, fue abierta otra carpa gastronómica y su oferta guardaba correspondencia con lo anunciado. Pero el tema merita abrir un segundo recuadro.

JUEVES 1.02                                    DIA 5 y SIGUIENTES

Hasta aquí llego en este relato, que trato de hilvanar a pesar de la amplia gama de acontecimientos sin trascendencia que he dejado fuera de mi relato manuscrito, pero que me lo condiciona. Solo relaciono que a esta altura, la carencia de electricidad y teléfono eran los obstáculos para declararnos libre de afectaciones mayores.

Ya nuestro hijo confeccionó, instaló y aseguró la tapa del tanque de agua; nuestro vecino de los altos con un amigo y su planta de soldar restauraron la baranda recuperada, tras varias horas de trabajo; casi todo el exterior de la vivienda fue liberado de las fangosas huellas de “eso”; las tendederas ya servían a su propósito y, mediante la lavadora libre de daños se llenaron casi a diario.

***

El domingo 3, junto a la de Sandra, nuestra casa recibió corriente eléctrica desde un lejano poste, una “tendedera” autorizada, porque el suministro habitual no tiene aún el soporte necesario.

Dos días después, una gestión particular nos hizo disponer de una curiosa antena del televisor de la sala, que sustituyó a la averiada y nos permitió volver a ver el noticiero de la noche y hasta el cara a cara de Amaury Pérez con su simpático invitado de la ocasión, Omar Franco.

En esta jornada se acercó la solución de la interrupción telefónica porque instalaron un poste en las inmediaciones de donde estuvo el desaparecido, con sus anclajes y todo el andamiaje que requiere para conectar la línea pero… aún hoy, miércoles 6 de febrero, cuando intento cerrar este ejercicio descriptivo-valorativo, están por regresar los técnicos de ETECSA para permitirme volver a ser el yo comunicacional que me alentó a contar lo que he contado.

El día 7, luego de ansiedad contenida que no sufrí ni siquiera con el paso del tornado, llegó la conexión telefónica. Fueron 11 días de incomuncación con mi medio habitual, correos e internet. Cual sobredosis esperada, vi, lei, borré, reexpedí y guardé casi 500 correos en la tarde-noche de la jornada.

Tras haber seguido la Mesa Redonda presidida por nuestro jefe de estado y gobierno, con abundantes datos, escenas y proyecciones en torno al mayúsculo desastre capitalino, cierro –ahora sí– esta aventura reporteril por cuenta propia, con la certeza de que, menos las valiosas vidas perdidas, recuperaremos lo afectado y seguiremos avanzando. Muchas lecciones se derivan de este fenómeno sufrido, desde la importancia de tener una defensa civil de altos quilates, encabezada por las principales autoridades del país y de cada territorio, a la necesaria mejor implementación de sus medidas en casos de desastres.

Aunque limitado en lo físico para aportar, contribuir y ayudar en la misión de restaurar esa sensible herida, mi voluntad de servicio permanece intacta, incluso se ha acrecentado, para desde mi trinchera de letras intentar ser útil a una sociedad que lo merece.

¡HASTA EL PRÓXIMO TORNADO…  SOLAVAYA!


I

Una consideración, propuesta o consejo comunicacional:

 Tengo en mis manos un tríptico que me entregó Martica, nuestra activa delegada del Poder Popular, quien debe haber bajado varias libras de peso en estas jornadas por su constante caminar atendiendo personas y problemas in situ y concurriendo a reuniones constantes. Es el número 1, emitido el 31 de enero, y que recibí el 2 de febrero porque estaba asomado a la calle, por donde ella lo repartía. Contiene informaciones sobre los daños en nuestro municipio de 10 de Octubre y sobre otros asuntos de interés, como los precios a los que se debían vender los productos en las áreas abiertas para los damnificados (me percaté que por primera vez en mi vida que mi esposa y yo nos encontrábamos en esa categoría).

Es de suponer que fueron emitidos otros pero no conozco a alguien que los posea y por tanto ignoro sus contenidos, desde advertencias útiles o necesarias o detalles de cómo se ha organizado la vida ciudadana tras el paso de “eso”.

Y se me ocurre preguntarme: ¿ya no existen vehículos con altoparlantes en Cuba? Los que en mi época juvenil servían para movilizar – en mi niñez los escuché haciendo propaganda electoral—y que recorrían zonas tras zonas en un martilleo sonoro persistente. La memoria me vuela hasta Jalapa, en el norte nicaragüense, hace décadas, cuando en la madrugada aún sin despertar el día, desde un vehículo similar el simpático y sandinista cura del pueblo convocaba a misa a los feligreses y solo excusaba de asistir a los que tenían que hacer guardia en previsión de ataques de los contrarrevolucionarios que operaban en aquella región.

Desde carros con altoparlantes se puede orientar “a viva voz” y con la dinámica e inmediatez que en semejantes casos lo meriten. Y lo escribo ahora pero lo he pensado desde hace mucho, cuando pasan ciclones y no solo se quita preventivamente el fluido eléctrico, sino que se sufren daños que deja sin el vital servicio a poblaciones “desinformadas”, entre otras carencias.

Creo que de esta forma se evitarían muchas de las “informaciones” que se generan espontánea o aviesamente, que van desde la existencia de más muertos que los seis oficialmente reportados (a mi, incluso, me preguntaron, de buena fe, si era cierto que había aparecido el cadáver de un custodio nocturno en el techo de la escuela Aguayo) hasta los precios a los que se ofertaron alimentos en las múltiples carpas habilitadas en las cercanías (las cajitas a 5 pesos llegaron a valer hasta 30 el primer día, según el inescrupuloso que las vendiera).

No basta con que las emisoras de radio divulguen esporádicamente reportes sobre los asuntos de interés específicamente para los afectados. En este caso más importante eran las capitalinas, donde, por cierto, abundaba la música y casi no se alteró la programación. Menos aún que aparezcan en una televisión “invisible” para los que perdieron antenas y bajantes, si el televisor sobrevivió, y carecían de electricidad, muchos hasta una semana después del tornado Z (así le llamo por ser la última letra del abecedario, con lo que doy por hecho que será el último que yo sufra).

 La comunicación “cara a cara” que se da en este tipo de casos, llámese chisme, bola, comentario, esa que distorsiona, amplifica o inventa males, omite realidades o crea alarmas injustificadas, solo se puede enfrentar con la transparencia y veracidad que nos ha caracterizado en tiempos de Revolución y con métodos que las haga accesible, creíble e incluso atractiva –desposeída de clisés- para todos


II

Todos sabemos que nuestra principal organización de masas, los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), esos que están en cada cuadra –como reza la canción que inmortalizó Sara González—hace mucho tiempo requieren renovación, revigorización y actualización de funciones y propósitos.

No estamos en los tiempos iniciales de lucha directa contra los desafectos devenidos terroristas de hecho, o contra el lumpen corrompido y bandiditos de poca monta, que causaban problemas en el vecindario y robaban de noche en inmuebles, particulares y estatales, para los que se necesitaba una guardia ciudadana desde las 11 pm a las 6 am, aunque los bulliciosos y ladrones siguen existiendo, pero en mucha menor escala.

Sin embargo, los CDR mantienen entre sus muchas tareas desde la recolección de materias primas –en mi barrio hace años que no se hace—hasta lograr donaciones voluntarias de sangre (algo para lo que estoy incapacitado por la diabetes, por lo que no pueden convocarme). Pero también es responsable del registro de direcciones, o sea, saben quienes viven permanentemente en su jurisdicción.

Y por ello me pregunto, y sugiero de paso, ¿por qué no utilizar esa instancia social, que mas o menos fuerte pero existente, pudiera ayudar en tiempos de desastres? ¿Por qué los alimentos subvencionados para los damnificados no se distribuyen a través de los CDR y se impide que acaparadores o gente que no han tenido problemas y proceden de otros territorios, se aprovechen de ese gesto del gobierno, en detrimento de los que verdaderamente lo necesitan y, ciertamente, agradecen?

Con unas cuantas motocicletas de carga, con su chofer-distribuidor-cobrador, dislocadas por la geografía del territorio afectado, controlado su trabajo por los organismos que intervienen, desde el Consejo Popular a las instancias de Comercio Interior locales, podría suprimirse esas Ferias Remediales en Tiempo de Paz, como les he llamado, en lo que los verdaderamente necesitados no tienen ni tiempo ni ánimo (ni quizás dinero) para hacer grandes colas, como las que se formaron en Lacret y Santa Catalina, el sábado siguiente al Dia 0, para llevar suministros necesarios para su familia.

No exagero si afirmo que más de la mitad de lo que el país destinó a ese esfuerzo extra de abastecimiento terminó en manos no damnificadas. No tengo forma de probarlo pero nadie tiene manera de afirmar lo contrario.

El nuestro ha sido, en plena efervescencia revolucionaria desde 1959, un país organizado y la actuación de los Consejos de Defensa, a todos los niveles, lo ha demostrado, pero hay brechas que pueden y deben cerrarse para hacer que lo planeado, lo deseado, corresponda con la realidad.


III

La voluntad de atender con urgencia las necesidades de las poblaciones afectadas por fenómenos climatológicos se ha puesto en evidencia en Cuba desde el propio triunfo revolucionario de 1959. Nunca se nos olvidará, aunque los capitalinos no lo vivimos en carne propia, el desastre ocasionado por el ciclón Flora, en 1963, cuando con Fidel a la cabeza, metiéndose en lugares peligrosos por el desbordamiento del río Cauto, dirigió “a pie de obra”, el rescate y atención de miles de campesinos del oriente cubano.

Esa respuesta rápida ha caracterizado desde entonces el accionar ante desastres provocados por la naturaleza, en particular ciclones, huracanes y penetraciones de mar, todos con mayores o menores consecuencias pero con el común denominador de haber permitido algún tiempo para enfrentarlos. Por ello, además de su intensidad y lugar por donde transitó, el tornado del 27.01 ha sido un desafío inédito.

Las oficinas de trámite abiertas en diferentes puntos de los municipios afectados (algunos dicen 5 y otros que fueron 6) no han podido gestionar todo lo que les puede llegar, porque ha sido muchísimo. Pero la faena es aún joven, sobre todo en materia de la vivienda dañada o destruida, y los menos afectados debemos apelar a la paciencia para que nuestro caso personal sea atendido.

Cierto que es desconcertante que, tras informes y visitas de todo tipo, hubiera que ir a una de esas oficinas para formalizar la solicitud de atención a los problemas dejados por el tornado. ¿A dónde habrá ido a parar, incluso, la planilla que mi esposa firmó? Esa es una arista del tema que merecerá ser perfeccionada.

Ya vemos el desfile desde el patio de la dañada escuela vecina, convertido en centro de distribución de materiales –con adecuada protección policial contra los amigos de lo ajeno—de tanques plásticos de azul intenso y transportes con bloques y tejas camino a hogares seriamente dañados de la zona. La cristalería perdida de la farmacia cercana ya está siendo sustituida por una pared de bloques. Las grúas ya han dejado sobre los techos de edificios altos los tanques de agua de fibrocemento… La reconstrucción avanza, a ojos vista, más allá de los reportes de la televisión,  la radio y la prensa escrita y digital. Con ese ritmo de trabajo, esperamos, que más temprano que tarde nos llegue la ficha técnica que nos permita adquirir las tejas rotas y el cemento, arena y recebo que permitan volver a la normalidad la fachada de nuestra casa.


Coda: No puedo cerrar este relato sin agradecer, una vez mas y por tantas cosas, el apoyo de Mary, mi esposa, no solo en la revisión conjunta del texto, con sus atinadas observaciones. También colaboró en aportarme ángulos y vivencias apreciados directamente en estos fatigosos días.

José Dos Santos
José Dos Santos
Periodista cubano. Licenciado en Ciencias Políticas. Comenzó su vida periodística en 1969 en la agencia Prensa Latina. Ocupó diversas responsabilidades en esa agencia noticiosa, entre ellas corresponsal jefe en la RDA y la RFA. Fue Vicepresidente para la Información (1984-1993). Dio cobertura, como enviado especial, a acontecimientos internacionales, entre ellos visitas de Fidel Castro a Ecuador, Venezuela, Brasil y la URSS y Cumbres Iberoamericanas y de Países No Alineados. Fue profesor auxiliar de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de la Habana. (La Habana, 1947)

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