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El 2019 y la butaca de mimbre

Más de una cómoda butaca de mimbre debe haberse retorcido mientras Miguel Díaz-Canel hacía su última rendición de cuenta del año al Parlamento y en las vísperas de los 60 años del triunfo de la Revolución.

Es presumible que algunas asentaderas no pudieron quedarse quietas sobre sus poltronas cuando el mandatario reivindicaba palabras o conceptos que a algunos parecerían verdaderas apariciones fantasmales de las que huir despavoridos, cuando deberían erigirse como estandartes de la reconfiguración del proyecto humanista del socialismo cubano.

No pude menos que notar la diferencia entre la visión de determinados funcionarios, para los que la palabra «empoderamiento» no pasaba, hasta hace poco, de ser una palabreja innombrable, y la visión ofrecida en esa peculiar intervención, en la que consideró que la Constitución aprobada por la Asamblea Nacional —y que será sometida a ratificación el 24 de febrero— constituye «un reforzamiento del empoderamiento del pueblo en el Gobierno de la nación».

En el espíritu de sus consideraciones siento una defensa honda y sustancial de símbolos que en oportunidades nos hemos dejado arrebatar; y por ese camino podríamos favorecer que nos sean «pugilateadas» hasta las sagradas palabras con las que abrió una nueva era de desenfado revolucionario y de esperanzas la inusitada insurrección popular que, liderada por Fidel y la Generación del Centenario, triunfó en enero de 1959.

Como remarqué en oportunidades anteriores, los vocablos rebeldía, disidencia, libertad, transparencia; todos con los que los humanos se rebelaron contra la desidia y la humillación para escalar hasta la dignidad, la justicia e igualdad, siempre deberían pertenecer en esta Isla a los revolucionarios. No hay que manifestar miedo, sospecha o vergüenza de ellos. El desafío real es el de mantenerles su sentido, su más honda y limpia esencia.

Son precisamente esencias las que sacuden en otras  consideraciones realizadas por Díaz-Canel y que no debiéramos permitirnos que queden como simples enunciados de eso que en este Archipiélago bautizamos —no sin cierta dosis burocrática— como voluntad política.

El discurso clausura de la última sesión parlamentaria resultó toda una revelación de claves políticas de lo que será el Gobierno de una nueva generación que —como subrayó—, de manera gradual y paulatina, en clara expresión de continuidad, comenzó a asumir tareas principales de dirección del país.

Entre otras numerosas perlas que no merecen pasar inadvertidas en el debate político cubano, llamó a jamás olvidar que, como servidores públicos, el mayor objetivo es el bienestar del pueblo.

También dijo que al nuevo Gobierno le interesa promover la rendición de cuenta de los que dirigen, favoreciendo la comunicación en directo con el pueblo, a través de los medios de prensa y en las redes sociales. Una rendición de cuenta que —resaltó— está comprometida con la solución de los problemas que más preocupan al pueblo, «que son los que absorben cada minuto de nuestros días y cada partícula de nuestras energías».

Con el debate de la Constitución —opinó— no solo se enriqueció la cultura política, el sentido de pertenencia a una nación y el futuro del país, sino que posibilitó acercarse más a las preocupaciones y demandas de la gente, «objetivo fundamental de la Revolución, del que siempre han intentado distraernos los adversarios, empeñados en fracturar y dividir a la sociedad cubana, conscientes de que la unidad es su más cara fortaleza».

Destacó igualmente que la Ley Fundamental recién aprobada reafirma el rumbo socialista de la Revolución y permite encauzar la labor del Estado, el Gobierno, las organizaciones y todo el pueblo en el perfeccionamiento continuo de la sociedad; refuerza la institucionalidad; establece la prevalencia de la Constitución en nuestro actuar, una mayor inclusión, justicia e igualdad social.

Punto y seguido merece su alerta de que el contexto económico descrito demanda una planificación movilizadora, dirigida a impedir que la burocracia paralice el desempeño de los principales actores económicos, por lo que insistió en no cansarse de oír a los que saben, valorar sus propuestas y articularlas con lo que se propone lograr.

No menos llamativo fue su aldabonazo acerca de una actitud más proactiva, inteligente y concreta de los dirigentes, impulsando —no trabando ni demorando— soluciones seguras y particulares a los problemas, con la búsqueda continua e intensa de respuestas ágiles y eficientes.

Lo anterior tendría el puntillazo en su llamado a actuar sin dogmas y con realismo, atendiendo las prioridades, facilitando el real fortalecimiento de la empresa estatal y su encadenamiento productivo con la inversión extranjera, las empresas mixtas y el sector no estatal de la economía, y combinarlo con el reto de integrar a todos los actores, formas de propiedad y de gestión presentes en nuestro entorno económico social, a la batalla por la economía que, reiteró, es hoy la batalla fundamental.

Pero convertir todo lo anterior en sangre y carne de la nación y sus ciudadanos, requiere rescatar, atemperados a las premisas de la contemporaneidad y extrayendo las lecciones de nuestro propio aprendizaje secular, nuestra plataforma, válida para el porvenir y para dar respuesta a los desafíos actuales, como ha subrayado Graziella Pogolotti y resume el nuevo texto constitucional.

En su distinción entre humanismo y humanitarismo la estudiosa indica que el humanismo eficaz es aquel que confiere a las personas un real protagonismo, basado en una participación responsable en la tarea concreta, en el empleo social de los diversos saberes, en la reivindicación del destino de la Patria; hacer de cada quien objeto y sujeto de la historia.

En definitiva, empoderar al que la Constitución que se someterá a ratificación el 24 de febrero nombra como el «soberano» para, como bien lo dicta el significado, «aumentar su fortaleza, mejorar sus capacidades y acrecentar su potencial»; ese que asusta a algunos que se mecen enajenados en sus cómodas butacas de mimbre. (Tomado de Juventud Rebelde)

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