PERIODISMO PATRIMONIAL E HISTÓRICO

Mella periodista

Por Gretchen Gómez

“Ser útil” fue “la martiana obsesión” de este muchacho, diría Cintio Vitier. “Siempre estaba apresurado, pendiente de alguna tarea”, recuerda Loló de la Torriente y sentencia: “no era hombre de gabinete”. Él mismo se calificó como un “eterno rebelde, falto de tiempo para las cosas del pensamiento”, aunque “apto para conquistar los laureles de Apolo junto con los de Marte… muchos hombres, han brillado igualmente con las armas y con la pluma[1]”. Quizás por esto al evocar a Mella se muestra como agitador y organizador político, militante comunista, maestro, y deportista, mientras se conoce menos como escritor y periodista. Estas dos facetas son tan relacionados con el resto, como ricas e indispensables en su legado, pues muestran, a decir de Juan Marinello: “el mejor Mella”, y lo convierten, apunta Ana Núñez Machín, en un “clásico del periodismo cubano”.

Primero quiso ser militar, porque su vocación era “la ciencia de la Guerra” —como fue la de su abuelo, el prócer independentista dominicano, general Ramón Matías Mella y Castillo— y con 14 años, en medio de la Primera Guerra Mundial, casi se alistó en el ejército norteamericano. Tres años después intentó matricular en la Escuela Militar de San Jacinto, México, sin éxito por ser extranjero, de modo que lo más cercano a sus sueños de “arengar a un ejército” fueron sus locuciones ante el grupo defensivo y fraternidad universitaria los Manicatos. Luego quiso ser abogado, para lo que estudió cuatro años en la Universidad de La Habana, hasta su expulsión en 1925. Los próximos tres años, es en México, “universidad de pueblos… magno laboratorio de sociología”, donde obtiene pupitre y casa; entonces aprende “para el pueblo obrero y campesino de Cuba”. Al cabo, lo aceptan en la Universidad Nacional de ese país, pero tampoco llega a graduarse.

De esta manera, su otra pasión de adolescente: escribir, porque “facilidad no me falta, tampoco para la Literatura,” es la que durante más tiempo desarrolla; encontrando, en el entonces oficio de periodista, las mejores posibilidades para su realización. Cuenta con la base que pudo ofrecerle la lectura de los periódicos y revistas que su padre Nicanor Mella se ocupaba de recibir en casa; la experiencia del progenitor con la fundación de la revista: El sastre y la moda; actitudes para la redacción, reconocidas por sus profesores de la Academia Newton; y una inmensa capacidad de asimilación y retención de las lecturas juveniles: “grandes obras de la belleza”, lo mismo de la historia de Grecia o Roma, que de Martí y Marx. De este último incorpora las concepciones del periodista como “agitador político” y del periódico como “organizador”.

Esa visión de la prensa fue esencial en su papel como fundador del Partido Comunista de Cuba en 1925 —donde atendió la Secretaría de Prensa y Publicidad— y desde mucho antes, en la que puede llamarse su escuela de periodismo: la Revista Alma Mater, que fundó el 18 de noviembre de 1922. A esta la convertiría poco después en la voz de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). Para que existiera, debió aplicar ingenio y osadía al hacerse cargo de lo que fuera la Revista Varsity, y transformarla aprovechando que su director Tomás Yanes culminaba estudios. También demandó entrega personal: las oficinas debieron radicar en el tercer piso de la casa familiar, y para mantenerla tuvo que cubrir, con sus fondos, los gastos “que no pagaban los lectores ni los anunciantes”, entre estos últimos el padre con su sastrería. Se encargaba incluso de imprimirla, primero con la Sociedad de Resistencia de Ciudad de La Habana y luego con la imprenta El Ideal, en la sede de la Federación de Torcedores, mediante promesas de pago y numerosas gestiones para cumplirlas, incluyendo la convocatoria a los estudiantes a contribuir con un peso anual que serían para “mover la opinión pública” y “realizar las obras magnas” que se proponía la FEUH.

Alma Mater nos asoma al interés de su pluma. Numerosos editoriales, la columna “En el Feudo de Bustamante” que dedicada a los estudiantes de Derecho, los artículos y comentarios, abordan la vida universitaria: la reforma, las elecciones, las actividades extradocentes; como también el ideario martiano y marxista y la condena a la injerencia yanqui y los gobiernos corruptos.

Mella cree “en el eterno: Renovarse o Morir”. Muestras son la edición semanal en el 1923, del Boletín de la Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana (FEUH), para acortar la periodicidad de salida de las informaciones universitarias y la sustitución de Alma Máter por Juventud, en octubre de 1923 para ganar en economía y profundidad del contenido.

Entre 1922 y 1925 colabora además con múltiples críticas sociales que llevan su pie de firma, lo mismo en noticias, artículos, comentarios y crónicas que en manifiestos de publicaciones como El Heraldo, Cuestiones Sociales, Lucha de Clases —órgano de la Agrupación Comunista de La Habana—, Venezuela Libre, y Aurora.

Desde la FEU, cada organización que fundó, nació con su órgano de prensa: el boletín de la Confederación Nacional de Estudiantes de Cuba (1924), El Libertador (1927), órgano de la Liga Antiimperialista de las Américas y Cuba Libre (1928), medio de la Asociación de Emigrados Revolucionarios de Cuba.

Durante su exilio en México fue corresponsal del Boletín del Torcedor, órgano de la Federación Nacional de Torcedores entre 1926 a 1929. Desde 1927, aparecen sus trabajos en El Machete, donde efectuó el mayor volumen de publicaciones con énfasis en la situación del proletariado y la economía. También incursiona en un Cursillo para corresponsales y con “valiosas críticas literarias sobre el muralismo mexicano”, según las califica Erasmo Dumpierre. Así mismo comparte críticas de arte de obras como Vas Spirituale, de Andrés de la Piedra Bueno —donde “con ruda sinceridad” cuestiona su contenido—, el Libro del Gay vivir, de Luis L. Franco —en que difiere sobre la forma de expresión— y la película Octubre.

En tierra azteca tomó parte de la revista bimensual del Instituto Mexicano de Investigaciones Económicas y del periódico El Tren Blindado (1928), para los estudiantes de la Universidad de México. Su pluma inquieta dejó huellas incluso durante las breves estancias en la Unión Soviética, con su escrito en el Boletín Socorro Rojo en febrero de 1927, y en Estados Unidos, donde colabora con la edición en inglés de la Defensa Obrera de Nueva York.

En cada trabajo, aunque use los seudónimos de Zeus, Lord Mac Partlannd, C. Z. —Cuauhtémoc Zapata—, o Kim, se aprecia su sello coloquial y desenfadado la mayor parte del tiempo, enérgico e implacable ante la denuncia y la arenga, irónico, ingenioso y culto, siempre. Las evocaciones literarias son constantes, y también su empleo de eficaces atractivos para temas escabrosos. No se olvidan sus “rebautizos” a los presidentes de la corrupta república: Zayas, “El Gran Budha Nacional” y Machado, “El Mussolini Tropical”.

Más de una vez proyecta su clara visión de los acontecimientos. En torno a Machado, que aún no había asumido como presidente, alertó: “Muy pronto saldremos de nuestro letargo cuando veamos al nuevo amo actuar como los anteriores”. En medio de los debates sobre la Isla de Pinos expresó: “Hoy la prensa protesta, el gobierno protesta, pero, nos atemoriza el pensamiento de que ante la fuerza de los cañones y la elocuencia del oro, gobierno y prensa, pretextando, sepa el Diablo qué cosa, crea de justicia entregar la isla en litigio al extranjero.” También se pronuncia contra la formación de una Liga de Estudiantes Panamericanos.

Cuando su instinto y su razón fallan, no duda en rectificar. Con Víctor Haya de la Torre llegó a escribir: “Como Haya debió ser Martí… es el arquetipo de la juventud latinoamericana”. Pero a la luz de nuevos acontecimientos, enfrenta las burlas de sus enemigos, supera el romanticismo y engaño iniciales y desarticula los postulados de ese sujeto con el contundente folleto “¿Qué es el ARPA?”.

Conquista personalidades para que le colaboren como Carlos Baliño con Juventud, y Emilio Roig con El Libertador; mientras las caricaturas de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, lograron vender El Libertador.

Mientras estuvo en Cuba, una máquina de escribir en un lugar tranquilo como su casa, el buró de la imprenta en la Federación de los Torcedores, o incluso la cárcel y unos cuantos caramelos parecían ser las únicas condiciones que necesitaba para escribir. En México, cuando conversa con un amigo al respecto, menciona una máquina de escribir, una pluma fuente y una motocicleta. Allí llegó a tener las dos primeras y sin motocicleta, con “aquel caminar a grandes trancos, un poco desgonzado de la cintura abajo”, con el que lo caracterizara Marinello, llegó a recónditos parajes como las minas de cobre y la escuela Francisco I. Madero.

Mella, que redactó noticias y dio origen a ellas, dejó en el tintero la crónica de su corta vida. Alcanzó el título que confiere el duro combate, pluma en mano: ser útil, hasta después de muerto.

[1] En lo adelante, excepto cuando se indique lo contrario, las citas son de Mella.

Redacción Cubaperiodistas
Sitio de la Unión de Periodistas de Cuba

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *