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Historias de Irma: La periodista y el huracán

Cada quien tiene su historia del paso de Irma por Cuba. Esta es la mía, la de un padre que ve partir a su hija hacia el frente como sus propios padres lo vieron partir a él en otra época. Las botas de mil andanzas, de subir juntos la Sierra y el Turquino, de trabajar en el campo. Economía en la mochila: linterna, libreta de notas, bolígrafo, teléfono inteligente en lugar de las viejas grabadoras y cámaras, cargador, cepillo dental. No hace falta más. Pide un último consejo. Ahí le va: hacer su deber y cuidarse. ¡Ah, y dulce de guayaba, para sobrevivir!.

Es su primera cobertura de “guerra”, pero actúa por imitación, como vio hacer mil veces. Es parte de un equipo, de esos que son familia. A la cabeza va otra colega, veterana cazadora de noticias, razones y sentimientos, a quien la novel sigue. Juntas deben garantizar los testimonios del ojo del huracán y hacia él se dirigen al amanecer del viernes 8 de septiembre. En la ruta les recuerdan que es el casi olvidado Día Internacional del periodista. Van directo a la Zona de Defensa de Turiguanó, cuando apenas faltan unas horas para que el monstruo toque tierra cubana, después de haber revuelto los mares y cielos orientales.

La isla de Turiguanó fue un lugar preterido de los gobiernos, de los hombres y hasta de Dios, hasta que llegó la Revolución. En sus excepcionales pastos se creó una empresa genética especializada en ganado de la raza Santa Gertrudis, animales que ni en los duros años del período especial perdieron su porte y masa descomunal. Allí la mano sensible de Celia Sánchez concibió un poblado de viviendas tropicales inspiradas en la arquitectura holandesa. Un proyecto hermoso, hasta que pasó Irma.

Desde la construcción del pedraplén de Cayo Coco, el turismo se unió a la economía local, generando puestos de trabajo y un mercado adicional para los ganaderos y pescadores. Allí mismo, a la orilla de la Laguna de la Leche, fue plantado también el primer parque eólico experimental en los años noventas, cuando pocos hablaban de energías renovables y Fidel Castro buscaba ingeniosos caminos al futuro energético del país.

Venancio Rodríguez Domínguez, el director de la Empresa Pecuaria Genética de Turiguanó, es a la vez el Jefe de la Zona de Defensa. Los recibió y dio un recorrido cuando todavía se podía desafiar la furia de los vientos y las olas. Los platanales se mecían con sus racimos. Los cocoteros cargados de frutos crecían a la vera de la carretera. Relucían las más de cien instalaciones de la empresa. Solo las reses, rojas y rollizas, habían sido evacuadas. Y las personas, protegidas en las construcciones más altas y sólidas.

Avanzaron por el pedraplén. Lo conoció de niña y le impresionó aquel letrero que recogía la voluntad invencible de Fidel: “echen piedra y no miren pa´lante”. Ahora era una autopista bella, cuidada. No alcanza a ver los flamencos despreocupados que no levantaron vuelo y luego se supo que terminaron enredados entre el mangle y las rocas. El mar hirsuto solo les permite llegar hasta la Corona del Rey, como se conoce al pórtico de entrada a la cayería.

Regresan esa noche y pocas horas después comienza el combate, cuando Irma toca tierra en Cayo Romano e inicia su ruta por la Bahía de Perros. Es la noche más larga de la vida de la periodista. Durante horas batallan con equipos que a esa hora no responden. Como si no tuviera suficientes problemas, Venancio trata de buscarles soluciones para que cumplan su deber y pone a su disposición el acceso a Internet que nunca perdió la comunicación. Cerca de ellos, una mujer menuda, entrada en años, es la asistente perfecta, serena y precisa del Jefe. Recibe y transmite los partes y asegura con eléctrica energía que las órdenes e indicaciones se cumplan.

Cuando ya la pared sur del ojo de Irma está sobre ellos, en Turiguanó, la tierra y la vivienda de mampostería tiemblan. Un ruido ensordecedor le recuerda un animado de su niñez que nunca le gustó, cuando una estampida de ñus se lanza por un cañón donde debía morir el león protagonista. Todo está húmedo, mojado, diríase enchumbado. En un momento el teléfono propio es la única vía para comunicarse con la redacción y el mundo. Envía una señal al hogar. “Estamos bien, en el Consejo de Defensa. Irma está aquí”. Le responden: “Está bien. Crécete y cuídate”.

Al amanecer los platanales no están. El aguacate frondoso y preñado de frutos es un palo estéril y sufrido. La yerba, antes verde reluciente, es parda, de quemada. Los cocoteros cuelgan sobre la carretera y pueden alcanzarse con las manos sus escasos frutos. Las vaquerías yacen desguazadas. Ya no verán más a Venancio. Ha dejado indicaciones para ellos y su partida, y se ha ido a recorrer su isla y su laguna con sus compañeros y vecinos, con los militantes del partido y el delegado, con los trabajadores de la empresa y la gente sencilla que parece haberlo perdido todo. Todo, menos la fe, porque están vivos, y porque, a pesar de los quiebres, el pedraplén aún desafía las olas, la Corona del Rey se levanta y los molinos de viento plantados por Fidel han soportado ráfagas de más de 250 kilómetros por hora.

A partir de ahí la periodista y el equipo del que es parte inician el recorrido del dolor por Ciego de Ávila, donde los colegas del telecentro provincial los acogen y ayudan. Pasan por Sancti Spíritus y, a pesar de los sembrados desolados, se alegran de las aguas que corren hacia el embalse de Zaza. Hacen escala en Cienfuegos. Rotos todos de sueño se despiertan unos a otros para captar los detalles de la tragedia y transmitir el gesto y la voz popular que se resiste a rendirse y ser derrotada, porque eso es lo aprendido desde la cuna y que no forma parte de su vocabulario. Santa Clara, donde ha estado tantas veces, la conmueve. Matanzas, la bella Atenas, duele. Es domingo 11 cuando se desvían de la Carretera Central y entran a Guanabo y a Cojímar a documentar la violencia de la naturaleza.

Al anochecer ingresan a un territorio de tinieblas que antes fue de luz: su ciudad. Van directo a editar y trasmitir. Avisa que ya está en La Habana. No se le verá el rostro en la casa hasta la noche del lunes, brevemente, sin tiempo para hablar. Todos han estado batallando en su lugar contra Irma y son parte ahora del otro huracán de recuperación y solidaridad. Solo al amanecer del miércoles la joven periodista comienza a contar lo que aún no está en el éter: emociones, dolores, alegrías, curiosidades, rabias también. Se ha probado y está lista para el próximo huracán. Mas, quién que lo haya vivido lo desea.

Tomado de Cubadebate

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Redacción Cubaperiodistas
Sitio de la Unión de Periodistas de Cuba

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