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De un amigo al gran amigo

Queridos amigos, colegas, condolientes todos:

Renuncio hoy  a desdoblarme. Renuncio a leer estas palabras como periodista, como profesional que registra el acontecer sin que la voz le tiemble o el pulso vacile. Hoy, ahora,  como en  todos los aquí presentes, el periodista habituado a interpretar el dolor ajeno, no sabe cómo expresar su pena. Sólo la siente, la siente en silencio, como  en un recato que, en vez de aliviar, ahonda la tristeza y la soledad. Y aviva la reflexión.

Sí. Uno reflexiona en estas circunstancias que nos reúnen, y pide permiso para  confesar que, cuanto más nos adentramos en los años, cuanto más trabajos y días  acumulamos, vamos pagando la audacia de ser viejos. Sí, amigo míos, uno se va quedando sólo, uno va perdiendo la riqueza de los compañeros más cercanos, más afines. Me siento, como tantos aquí presentes: como el arbolito que ha perdido la sombra y la fortaleza del caiguairán vigilante e imbatible.

Nosotros, que conocimos a Antonio Moltó, sabemos que nuestro jefe, nuestro amigo, era como un río subterráneo. De las aguas de su bondad, de su capacidad de comprender,  de su lealtad a los valores que defendió desde muy joven, hemos sido testigos y beneficiarios. Lo recuerdo cuando le otorgaron la réplica del machete de Máximo Gómez, esa condecoración que premia la obra sin aspavientos. Mientras pasaba a sus manos ese  símbolo de entereza y fidelidad, sus labios se apretaban como en una sonrisa que no quiere abrirse. Pero uno, que lo conocía de tantos empeños acometidos juntos, como los dedos de las manos, para intentar justificar nuestro oficio con actos de honradez y creación, uno intuía, digo, que la pretendida sonrisa era una lágrima mordida para que la emoción no se despeñara.

Moltó supo contenerse. Quizás su educación sentimental, su ética, la índole noble de su carácter le facilitó conducir procesos, orientar profesionales.  Y, sobre todo, sumar voluntades. Porque tenía la virtud de sorprenderte. Mi amistad con Moltó comenzó en los primeros años de los noventa. Yo lo conocía de vista. Del ICRT pasó un día a Tribuna de la Habana, como encargado del cierre. Yo, entonces, hacía lo mismo en Trabajadores. Y cuando subía al taller de composición tenía que verlo  de pie, acodado a una mesa revisando las pruebas del periódico que entonces dirigía Roberto Pavón Tamayo. Lo veía sólo,  aplicado, atento. Y yo pensaba: Qué clase de hombre este. Cuánta humildad y entereza. Ayer dirigiendo en la TV y hoy dirigido en una de las tareas más ingratas de un periódico. Nunca hablamos durante aquellas jornadas de cierre. Pasado el tiempo,  me llamó a casa. Ya él ejercía como director de política editorial en Radio Rebelde. Yo trabajaba en Bohemia. Aquel día de 1993, ó 94, que no preciso,  me recibió en la emisora, y me dijo que proyectaban un programa que se llamaría Hablando claro, cuyo objeto editorial consistiría en enfocar, explicar, enjuiciar aquella etapa que empezábamos a llamar período especial. Otros compañeros se sumarían, dijo. Le pregunté que cuándo empezábamos. Y me respondió: ahora mismo. Eres el primero en atender a mi llamado. Serás el primero: inaugurarás Hablando Claro. Comentarás la despenalización del dólar. Por supuesto, esa confianza, que lo honraba a él más que a mí, me convirtió en amigo de Antonio Moltó. Amigo agradecido, entre otros periodistas como Pepe Alejandro y Eloy Concepción.

Colegas:

Me han colmado de honor  al hablar ante la memoria de nuestro presidente.  Y lo han decidido dándome el título adecuado. Hablarás como amigo. Sí, como amigo que compartió tareas, como amigo que presenció su insaciable aspiración de crear, de ser útil, de aglutinar… La encomienda me enaltece.  Pero no crean que me resulta cómoda. Ante un hombre que yace definitivamente para desaparecer en el polvo, y ser polvo,  cualquier persona, conmovida ante el semejante que actuó, soñó, amó, podría estimar como válidos los adjetivos más lúcidos de nuestra lengua. Como sabemos, los muertos merecen siempre el respeto ante los sentimientos de nuestra especie. Pero en el expediente de Antonio Moltó  Martorell el temor del que habla no radica en exagerar, sino en  quedar por debajo de los merecimientos del que ya no es sino un recuerdo que poco a poco se macera en el dolor.

Tanto tiempo a su lado, me permitieron quererlo, y sobre todo valorarlo. Tantos años me facilitaron experimentar su humildad, esa capacidad de exaltar, de elevar a otros y él quedar por debajo. Esa humildad que lo impelía a consultar una decisión, oír el argumento del otro, y  tras un debate fraterno rectificar o adecuar lo que proyectaba. Poseía el don de la inteligencia, sostenida por el carisma de la modestia. En Antonio Moltó  se coligaban las ideas  y la emoción. Lo vi sufrir y reír. Puedo testificar su amplitud de criterio. Su pasión por crear.

Entre mis tesoros –como en los tesoros de tantos aquí presentes- clasifica la amistad de Moltó. Moltó: Cabal. Solidario.  Sin doblez. Nada regalaba, sino ofrecía a quien lo mereciera y quisiera ser útil. Y nosotros sentimos la dicha de que él haya confiado en uno para la lucha actual, que ya no es, por el momento, de fusil engrasado o machete acerado, sino de fusil de ideas, de almas limpias, almas con el filo de la convicción y el empeño de comprender, convencer y conmover.

Moltó, hermano. Que tu memoria no descanse, sino que siga trabajando en paz. Te necesitamos. Así sea.

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Luis Sexto Sánchez
Lic. Luis Sexto Sánchez. Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida. Profesor Adjunto de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.

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