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Martí insomne, nunca inerte

Así permanece en el pueblo cubano la imagen de José Martí. La presencia simbólica del Apóstol en el corazón de La Habana, en el Pico Turquino y en la Plaza de la Revolución, bajo el cielo abierto, nos recuerda su deseo escrito en verso, de estar “batido por las brisas frente al alarde de los soles plenos y las calladas señas de la luna”, en la vigilia al mundo y alejado del silencio inerte.memorial-marti

Y este año, en la Avenida de las Misiones, en el centro del jardín y rotonda del Museo de la Revolución y frente al Monumento a Máximo Gómez, La Habana, será colocada una estatua ecuestre del Apóstol, fundida en Filadelfia, que es réplica de la original escultura en el Parque Central de Nueva York, realizada en la década de 1950 por la escultora estadounidense Hyatt Huntington. La réplica ha sido posible por la contribución de cubanos residentes en los EE.UU y personalidades de la sociedad de ese país.

El primer monumento público a José Martí fue esculpido en los inicios de la República e instalado en el Parque Central, en la capital de Cuba, en el mismo sitio donde había sido eliminada la estatua de la reina Isabel II.  Asistieron a su inauguración el 24 de febrero de 1905, el Generalísimo Máximo Gómez (última actividad pública de ese otro prócer de  las luchas por la independencia) y el entonces presidente, Tomás Estrada Palma, así como numeroso pueblo habanero. La idea del proyecto había sido divulgada por la revista El Fígaro, por medio de una encuesta donde preguntaban: “¿Qué estatua debe ser colocada en nuestro Parque Central?”  Fueron sugeridos varios nombres, como el de Céspedes, Martí y Luz y Caballero (el último lo propuso Máximo Gómez).

El 21 de enero de 1900 se creó la Asociación Monumento a Martí, integrada por Emilio Núñez, José D. Payo, J. A. Malberty y Fernando Figueredo, la que estimuló una colecta popular para la recaudación de los fondos del proyecto. La estatua costó $4 599 pesos. El primer aporte lo hizo Máximo Gómez, con $53 00 pesos, y el último, el Centro de Veteranos de Morón, con $5.00 pesos. La primera piedra fue colocada el 6 de noviembre de 1904, y la obra fue realizada en mármol de Carrara por el escultor cubano José Vilalta Saavedra, uno de nuestros artistas más célebres de finales del siglo XIX y comienzo del XX.

El mismo día que develaron la estatua del Apóstol, la hermana del general Bernabé de Varona (Bembeta) colocó un clavo de oro en el pedestal, que más tarde fue robado. Con tal motivo, los estudiantes del Instituto de La Habana, junto con otros contribuyentes, donaron otro clavo de oro, que situaron dentro de un bloque de mármol, empotrado en el basamento de la obra, en 1949.

Un bochornoso acto se une a la historia de la estatua, cuando en la noche del 11 de marzo de 1949 marines estadounidenses completamente ebrios, procedentes de barcos de guerra surtos en el puerto, la ultrajaron. Tres treparon al monumento y uno se encaramó en lo alto de la estatua para orinar sobre ella.

El repugnante hecho levantó la ira del pueblo. Así, el 27 del mismo mes y año, los jóvenes realizaron una protesta al pie de la estatua. Aquel día usaron de la palabra Fidel Castro, Alfredo Guevara y Emilio Roig de Leuchsenring. Luego, los manifestantes también protestaron frente a la embajada de Estados Unidos, ubicada en la Plaza de Armas, de cuyo lugar fueron violentamente desalojados por la policía.

El monumento tiene 7 metros y 78 centímetros de altura, de lo cual corresponden 2 metros y 75 centímetros a la estatua, y 5 metros y tres centímetros a la base. Desde el punto de vista artístico la obra no contó con los elogios de algunos críticos. No obstante le reconocieron el logro de ser el único símbolo esculpido que, en aquella época, recordaba “al héroe en su vigilia eterna, desde el corazón de la ciudad, bajo la lluvia, el sol o la luna” como dijera un poeta.

El busto de Martí en el Pico Turquino posee una historia hermosa. Todo comenzó cuando la Asociación de Antiguos Alumnos del Seminario Martiano, con la activa participación del Dr. Manuel Sánchez Liveira y su hija, la heroína Celia Sánchez Manduley, decidieron colocar esta imagen, esculpida por la destacada escultora Jilma Madera, en la montaña más alta de Cuba, en mayo de 1953.

Jilma había modelado el busto al inaugurarse la Fragua Martiana, en La Habana, oportunidad en que María Mantilla comentó: “… reflejaba al Martí que conocí y recordaré eternamente”.  Por su lado, la autora, confesó: “En el busto de Martí he pretendido plasmar lo que de soñador y pensador había en nuestro Apóstol, dándole a sus ojos la expresión de proyectarse al infinito y que no encuentre límites capaces de cercar su fuerza interior”.  No hay dudas que la obra es inspiración del profundo amor martiano de esta escultora cubana.

Desde entonces, sobre todo, luego del triunfo revolucionario en la Isla, multitud de jóvenes cubanos y de otros países escalan el Pico Turquino para rendir homenaje al Héroe Nacional. Figuras cumbres de la última etapa de la lucha independentista, como Camilo Cienfuegos y Che Guevara, dejaron sus huellas al pie del monumento, donde una tarja hace referencia histórica a los orígenes del busto.

El más alto mirador de La Habana radica en el obelisco del Memorial José Martí, a 138. 5 metros sobre el nivel del mar. Esta locación histórica se encuentra en la Plaza de la Revolución. El Memorial José Martí se ubica justo sobre una suave colina, entre la plaza mencionada y el Palacio Presidencial, y consta de cinco salones que se corresponden con las puntas de la enorme estrella sobre la que se levanta el obelisco. La parte frontal  está ocupada por una gran estatua de José Martí, en mármol blanco, esculpida por el cubano Juan José Sicre.

La edificación de esta estatua y monumento se vio envuelta por las tribulaciones, iniciadas desde los primeros proyectos en 1935. La monumental obra requería de grandes fondos, asunto bien calculado por el entonces coronel Fulgencio Batista, ideólogo de la forma que posibilitaría obtener millones de pesos para la supuesta inversión. Fue así como Batista, con miras a la recaudación de dinero, logró imponer dos veces el descuento de un día de haber a los empleados públicos.

Al principio de la década del 40 quedó fijado el lugar definitivo para el emplazamiento del conjunto arquitectónico, en el área denominada Colina de los Catalanes, donde hoy se hallan las sedes del Consejo de Estado, el Comité Central del Partido y la Plaza de la Revolución. En el cuarto y último concurso celebrado para seleccionar el mejor proyecto, el primer premio correspondió al escultor Juan José Sicre y al arquitecto Aquiles Maza. No hubo inmediato comienzo de los trabajos. Por largo tiempo la iniciativa quedó archivada.

Nada se acometió durante el régimen batistiano, (1940 a 1944). Los sucesores en el mandato de la República, Ramón Grau San Martín y Carlos Prío, tampoco desempolvaron los proyectos. Aunque sí hubo presupuesto para las construcciones de los edificios del Tribunal de Cuentas, el Ministerio de Comunicaciones y el Teatro Nacional, entre otros.

Se acercaba el centenario del natalicio de José Martí y Cuba sufría uno de los períodos más trágicos y sanguinarios de la historia. Batista de nuevo se encontraba en el poder, tras su golpe militar el 10 de marzo de 1952. Entre tanto, el pueblo, disgustado por la paralización de los trabajos del monumento al Apóstol, preguntaba: “¿Dónde está el dinero de la contribución pública?”. Y, el dictador tuvo que activar el plan constructivo.  Para la ejecución de la obra escogió el proyecto premiado en el tercer certamen, correspondiente a Enrique Luis Varela, a quien había nombrado Ministro de Obras Públicas, aunque aceptó que la estatua fuera esculpida por Sicre.

El monumento tiene un diámetro de 78,50 metros y la pirámide es de 27,29 metros en su base, con una altura total de 112,075 metros desde la calle a la torre. La pirámide forma una planta de estrella de cinco vértices. Posee un elevador interior, y una escalera de 579 peldaños. La armazón llevó 200 000 metros cúbicos de hormigón y 40 000 quintales de acero, toda revestida de 10 000 toneladas de mármol.

En cuanto a la estatua de Martí, tiene 18 metros de alto y es de mármol de la Isla de la Juventud. Su estilo es muy moderno. El Apóstol aparece sentado en actitud meditativa y envuelto en los pliegues blancos de una toga. La obra, en la entonces denominada Plaza Cívica, no llegó a concluirse, pues dos años después del centenario del Maestro, el monumento y las zonas aledañas se encontraban en total abandono. La hierba comenzaba a trepar hacia el obelisco cuando ocurrió el triunfo revolucionario, y este acontecimiento trajo la esperanza de ver concluido ¡al fin! el proyecto arquitectónico

El Memorial José Martí fue inaugurado en ocasión del 143 aniversario de su natalicio, en 1996. Sus áreas están dedicadas a la vida y obra del Héroe Nacional, con reliquias originales, documentos, grabados, exposiciones diversas de artes plásticas, y de la historia de la Plaza de la Revolución.  Aquí se muestran los títulos de José Martí de Licenciado en Derecho y Filosofía y en Letras, expedidos por la Universidad de Zaragoza, España, país que los entregó a Cuba en el centenario de la caída en combate del prócer cubano (1895). Martí jamás tuvo la oportunidad de tener esos títulos en sus manos.

Desde el obelisco del Memorial, que conforma la torre de hormigón revestida en mármol gris muy claro, rematada por una estrella, justo donde se halla el mirador, La Habana puede ser observada con un alcance de 50 kilómetros en días soleados, ya que la vista panorámica de la ciudad en este punto es de 360 grados. A partir de 1960, ante la imagen de Martí han tenido lugar las mayores concentraciones del pueblo para escuchar al líder de la Revolución, Fidel Casto Ruz, en brillantes oratorias de reafirmación patriótica, antiimperialista y revolucionaria.

Por: Ángela Oramas Camero

Redacción Cubaperiodistas
Sitio de la Unión de Periodistas de Cuba

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