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Cuba-Estados Unidos: El bloqueo tiene las horas contadas (II y final)

bloqueoLos pronósticos no abundan. Aún es muy temprano para atisbar un horizonte completamente despejado entre Cuba y Estados Unidos –normalización que entrañará la convivencia con lógicas diferencias. Los dos gobiernos implicados en las negociaciones han optado por la cautela a la hora de hacer predicciones.
La parte cubana calificó tempranamente el proceso como largo, complejo, arduo, prolongado. “Va a demorar un tiempo”, dijo en abril el vicepresidente primero Miguel Díaz-Canel. Pero, ¿cuánto tiempo? La contraparte estadounidense se inclinó por una retórica más turbia. “Nadie espera que Cuba cambie de la noche a la mañana”, dijo el Presidente Barack Obama al anunciar en julio el reinicio de relaciones diplomáticas. ¿Cuba? ¿Y Estados Unidos? La frase la han repetido a pie juntillas otros miembros de su gabinete.

Menos atados a compromisos políticos, los analistas, sin embargo, tampoco se arriesgan mucho. Unos han pronosticado varios años o un largo plazo para el fin del bloqueo. Otros dudan de la intención real de Obama de avanzar rápido. Por el contrario, un editorial del diario francés Le Monde se atrevió a estimar que “es probablemente cuestión de meses” el levantamiento de sanciones estadounidenses contra Cuba. No es el único osado.

El consenso parece más claro en torno a la idea de que es inevitable ya el ocaso de la guerra económica mal llamada embargo, por más que la facción política anticubana despotrique contra las conversaciones que mantienen ambos gobiernos. Es muy difícil un retroceso, si tomamos en cuenta la confluencia de factores que está presionando al único responsable de la política de bloqueo y decisor principal, por tanto, de cambiarla: Estados Unidos.

El escenario global experimenta transformaciones geopolíticas y económicas que ahogan la unipolaridad de signo estadounidense. China se convierte en gigante también en términos económicos. Asia gana poder comercial y financiero.

Rusia revive de las cenizas soviéticas. Y los movimientos progresistas en América Latina se plantan firme al lado de Cuba. El lamento de Obama y otros como Hillary Clinton de que EEUU había quedado aislado en el bloqueo a Cuba es un eufemismo, una fullería del lenguaje político para suavizar un hecho más grave: los gobiernos latinoamericanos y caribeños se rebelaron y emplazaron a la Casa Blanca, como nunca en la historia, a aceptar la presencia cubana en cumbres continentales. El gabinete de Obama cedió ante el ultimátum con una sonrisa diplomática, pero sus políticos quedaron tan encabronados que Washington aplicó simultáneamente sanciones a uno de los líderes de la demanda: Venezuela.

La resistencia del pueblo cubano durante más de medio siglo constituye una condición necesaria para llegar a este punto de la historia, pero no me parece que sea la razón del actual giro norteamericano, de la misma manera en que no lo fue antes –la fidelidad de la Revolución Cubana al socialismo y al independentismo martiano solo ha alimentado hasta ahora la animadversión política yanqui. Desde la mayor de las Antillas pueden estar ejerciendo presión real esta vez las transformaciones del modelo económico emprendidas hace poco más de un lustro. La profundidad de los cambios no pasa inadvertida para el sector que mueve verdaderamente los hilos de la política estadounidense.

Las grandes empresas de ese país miran al mercado cubano a través de sus computadoras, maldicen el embargo y pasan rápido de las declaraciones de insatisfacción por oportunidades perdidas al financiamiento de capillas políticas y think tanks comprometidos con el revisionismo de la doctrina de bloqueo.

El grupo de presión legislativa Engage Cuba es financiado por la gigante agroindustrial Cargill, la distribuidora de productos para el hogar Procter & Gamble, Choice Hotels, Havana Group y la constructora de maquinaria pesada Caterpillar. Todas han dejado claro su oposición a las prohibiciones comerciales y de viaje con Cuba.

Igual sendero sigue la Cámara de Comercio de EEUU. A fines de septiembre anunció la creación del Consejo de Negocios Estados Unidos-Cuba (U.S.-Cuba Business Council), como “un paso más hacia la apertura de un nuevo capítulo en las relaciones entre nuestros países”, dijo el presidente de esa institución, Thomas Donohue, opuesto al bloqueo desde hace años.

La Cámara posee una capacidad de influencia que puede ser de impacto en el decursar de las negociaciones entre ambos países. Constituye uno de los grupos más grandes de lobby político en EEUU, según OpenSecrets.org. De naturaleza francamente conservadora, suelen apoyar a los candidatos republicanos, un dato que debilitará la vieja doctrina anticubana de ese Partido a medida que crezca el convencimiento empresarial de cambiar el expediente táctico del bloqueo.

¿Tiene acaso el mercado cubano dimensiones y solvencia suficiente para despertar el apetito del capital estadounidense?
Parecerá sorprendente, pero numerosos pesos pesados se muestran activos con el Consejo de Negocios Estados Unidos-Cuba: directivos de firmas de industrias de maquinarias y de autos, agricultura, aerolíneas, telecomunicaciones, petroleras y cadenas hoteleras, entre otras, han visitado Cuba o se reunieron con el Presidente Raúl Castro cuando éste visitó Nueva York en septiembre para asistir a la Cumbre de Naciones Unidas sobre desarrollo.

Entre las 300 mil compañías que integran la Cámara de Comercio de EEUU se encuentran gigantes bancarios como Goldman Sachs. También petroleras que mantienen conversaciones desde hace años con entidades cubanas. Además de ser el Santo Grial que encandila a los gringos desde sus orígenes como nación, el petróleo mueve hoy a Washington a revisar sus alianzas en el mundo. ¿Será el factor que incline la balanza con Cuba?

El área cubana en el Golfo de México, compartido con la nación azteca y EEUU, esconde reservas estimadas en unos 22 mil millones de barriles de crudo, según estudios geológicos de CubaPetróleo (CUPET). Más modestos, los cálculos del Servicio Geológico de EEUU para ese territorio son tentadores igualmente.

Los agricultores estadounidenses –mayoritariamente de signo republicano- despliegan una actividad aún más intensa. Pocas semanas después del 17D fundaron la Coalición Agrícola de Estados Unidos para Cuba (U.S. Agriculture Coalition for Cuba, USACC), y desembarcaron en La Habana con una nutrida delegación empresarial. “Somos una voz unificadora que le gustaría ver actuar al Congreso en 2015 y terminar con el embargo”, declaró la presidenta de la Coalición, Devry Boughner Vorwerk.

Este grupo de lobby consiguió en octubre que el congresista republicano por Arkansas, Rick Crawford, sembrara en la Cámara de Representante un proyecto de Ley para la Exportación Agrícola a Cuba (Cuba Agricultural Exports Act).

Tienen motivos para maniobrar. El secretario de Agricultura de EEUU, Tom Vilsack, mencionó en enero estudios que estiman un mercado cubano importador de alimentos de mil 700 millones de dólares cada año y 11 millones de personas a solo 90 millas. Pero en lugar de acercarse a esa meta, se alejan. Tras aprobar EEUU, excepcionalmente, en 2001 la exportación de alimentos a la mayor de las Antillas, las ventas crecieron hasta 710 millones de dólares en 2008, para desplomarse luego hasta 291 millones en 2014.

Cuba identifica como obstáculo las normas, inusuales en la actividad comercial mundial, que le exigió Washington para el comercio de alimentos: pagar en efectivo, por adelantado y sin acceso a créditos. Los agricultores estadounidenses coinciden. “Las restricciones en el financiamiento y la promoción dañan nuestra competitividad en el mercado cubano y limitan el potencial de exportaciones”, explicó Crawford en un comunicado.

Fiel a su maña conservadora la gran banca, fundamental para tender los puentes de créditos comerciales y las inversiones, mira los toros desde la barrera, a la espera de que Obama enseñe cartas más convincentes. Entre los pocos que han dado pasos se encuentran el Stonegate Bank –firmó con el BICSA un acuerdo para establecer una cuenta de corresponsalía en Cuba y ofreció sus servicios a la Embajada cubana en EEUU- y el fondo de inversiones Herzfeld Caribbean Basin, ambos con sede en la Florida. Pero es difícil creer que el resto no observe las señales que envían la élite política y empresarial de ese país y los mercados bursátiles.

Las acciones del Herzfeld Caribbean Basin, creado en los años 90 para financiar inversiones de empresas norteamericanas en Cuba cuando termine el bloqueo, se dispararon un 24 por ciento al cierre de la Bolsa de Nueva York el 17 de diciembre.
Desde aquella fecha también han trepado con fuerza las acciones de Meliá Hotels International y de otras empresas vinculadas al turismo en Cuba, sector que amenaza con crear en el muro del bloqueo una grieta irreparable. La industria estadounidense de los viajes está entre las de respuesta más energética ante las opciones, aún limitadas, ofrecidas por la administración Obama.

Aunque las leyes de EEUU todavía prohíben a sus ciudadanos hacer turismo en Cuba, los viajes desde ese país han aumentado al amparo de 12 categorías autorizadas este año por su gobierno. Más de 106.000 estadounidenses han visitado Cuba en lo que va del año, de acuerdo con datos recopilados por el experto José Luis Perelló, profesor de la Universidad de La Habana. La tendencia supera en un 50 por ciento la recepción del 2014. Pero estas cifras solo son un anticipo de millones que lo harían cuando desaparezcan las restricciones a los viajes.

Ante la perspectiva, varias aerolíneas estadounidenses han inaugurado con diligencia rutas de vuelos charters hasta La Habana, Varadero y otros destinos desde Nueva York, Nueva Orleans, Los Ángeles, Baltimore-Washington y otras ciudades que habían perdido la conexión directa con el archipiélago cubano. American Airlines, Sun Country Airlines, Swift Air y JetBlue se han aliado con turoporeradores para vender los boletos que el bloqueo les impide despachar directamente. Delta y United Airlines han anunciado que cocinan sus propias ofertas.

Delegaciones de la aviación comercial y funcionarios de ambos países sostuvieron en La Habana al cierre de septiembre una reunión para estudiar alternativas a fin de regularizar las rutas.

También se apuran las cadenas hoteleras y de cruceros a dialogar con representantes cubanos, mientras rechinan los dientes ante las posibilidades que ven escurrirse por las leyes estadounidenses.

“Cuando se nos permita hacerlo legalmente, todos queremos estar listos en la línea de partida”, dijo Ted Middleton, vicepresidente de Hilton Worldwide para América Latina. El director ejecutivo de Marriott International, Arne Sorenson, manifestó en un comunicado al término de una visita a Cuba, que el embargo está poniendo a las compañías estadounidenses en una desventaja irrazonable ante la competencia de otros países. Las compañías extranjeras se apresuran a conseguir una posición en el mercado cubano “para dejarle lo menos posible a las empresas estadounidenses cuando las restricciones se levanten por completo”, agregó Sorenson.

El crecimiento previsto de visitantes estadounidenses duplicaría el mercado de turistas en este archipiélago, según estudios. Y seis millones es un mercado seductor no solo para la industria de viajes y la hotelería. Lo captan los empresarios de Europa, América Latina y Asia, que después del 17 de diciembre vuelan a La Habana con una asiduidad que tortura abiertamente a los hombres de negocios y los políticos de EEUU.

“Los estadounidenses acudirán a Cuba y van a estar en hoteles españoles, comer comida alemana y usar computadoras chinas”, se quejó la senadora Amy Klobuchar, después de presentar un proyecto de ley para permitir el comercio vetado por el bloqueo. La denominada Ley de Libertad para las Exportaciones a Cuba se suma a otro proyecto de enmienda legal en marcha en el Congreso para liberar los viajes de estadounidenses a esta isla. En ambos casos han unido fuerzas legisladores republicanos y demócratas.

Pero el puntillazo probablemente lo dio Cuba con la aprobación en marzo de 2014 de la nueva Ley de Inversión Extranjera, unida a la prioridad pública otorgada por el gobierno a esa vía de financiamiento y la Zona Especial de Desarrollo del Mariel, que cuenta con un megapuerto y condiciones excelentes para centrar el comercio marítimo en el Caribe, entre el Canal de Panamá y EEUU. Minutos después de aterrizar en La Habana, la secretaria de Comercio de Obama, Penny Pritzker, corrió hasta el Mariel, para mirar con sus propios ojos la multimillonaria inversión.

Dos momentos antitéticos pueden acelerar los pasos de la Casa Blanca, si la línea ante Cuba indica, como creo, el inicio del camino hacia una política diferente: el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, en abril del 2016, y las elecciones presidenciales de EEUU en noviembre de ese año. El primero porque, cuando evalúe la actualización del modelo económico cubano, debe adoptar decisiones que profundicen el proceso y Washington no lo pasará por alto. El segundo, porque antes de entregar el trono el team Obama puede intentar medidas que están dentro de sus facultades y son de mayor alcance. No tiene necesidad de incursionar en el terreno legislativo que dominan los republicanos. Además, si proyectos de ley como el que busca liberar los viajes logran avanzar, las cadenas de hoteles, las aerolíneas y las empresas de cruceros no dejarán que los estadounidenses amplíen el mercado cubano sin presionar a su propio gobierno por una opción para participar en él.
En abril del año pasado, Tom Donohue hizo un pronóstico que sonó atrevido entonces a mis oídos. En vísperas de la Cumbre de las Américas en que por primera vez compartieron la mesa Cuba y EEUU, faltando aún ocho meses para el 17D, dijo que antes de la próxima campaña presidencial de su país sería superada la oposición republicana a remover las sanciones contra Cuba. “Vamos a obtenerlo antes de ese momento”, dijo.

Por más que ato cabos, no me arriesgo todavía a ser igual de absoluto. Mientras ambos gobiernos conversan y abren embajadas, el bloqueo mantiene una ferocidad que se revela en multas espectaculares de EEUU a American Express, al alemán Commerzbank y en estos días de octubre al banco francés Credit Agricole, por hacer negocios con la nación cubana. Pero confieso que el plazo de 2016 me parece razonable, si no para vaticinar el fin total del bloqueo, al menos para prever un desgaste notorio de las restricciones.

Estoy seguro de que la guerra económica contra Cuba tiene las horas contadas. Horas, digo, en términos históricos.

Fuente: Cubadebate

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Ariel Terrero
Reconocido periodista cubano. Especialista en asuntos económicos. Galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Juan Gualberto Gómez. Integrante del Comité Nacional de la Unión de Periodistas de Cuba. (La Habana, 1962)