Ecos y patrones vigentes de la Guerra Fría
Luego de la Segunda
Guerra Mundial, la Agencia Central de Inteligencia se
encargó de ir copando, entre otros sectores, desde el ámbito
mismo de la creación cultural, la generación de consenso en
un vasto campo receptor. Controló “más de cincuenta revistas
intelectuales serias que se presentaban como completamente
privadas y libres” y que, como es de esperar, no hubieran
sobrevivido sin su financiamiento constante y generoso
Jorge Ángel Hernández
Luego de la, así llamada, Segunda
Guerra Mundial, cuando la correlación de fuerzas global
apostaba con ventaja a una expansión socialista, la
estadounidense Agencia Central de Inteligencia se encargó de
ir copando, entre otros sectores, desde el ámbito mismo de
la creación cultural, la generación de consenso en un vasto
campo receptor. Controló “más de cincuenta revistas
intelectuales serias que se presentaban como completamente
privadas y libres” y que, como es de esperar, no hubieran
sobrevivido sin su financiamiento constante y generoso.
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Estas revistas se presentaban como
independientes, de pensamiento libre, para que el
anticomunismo raigal que las unía adquiriese carta de
legítimo estándar creativo y creara el necesario patrón
psicológico de demonización a quien las cuestionase. Por
ello era importante atraer a trotskistas, antiestalinistas y
otros intelectuales, escritores y artistas de la izquierda
política, pues cerraban así, aprovechando muy bien a su
favor los extremismos del comunismo ortodoxo en ejercicio
del poder en la Europa del Este y en la URSS, el lógico
consenso en el plano de la recepción. La promoción cultural
por presuntos donativos privados conllevaba además al
precepto de que la privatización sería modelo idóneo, de
requisito acaso, para alcanzar la libertad de expresión.
Concebido para ser puesto en marcha en
secreto, en pos de minar las simpatías y adhesiones de la
intelectualidad europea por las propuestas de justicia
social del marxismo-leninismo y colocar en su lugar un más
pragmático modo americano de pensar la existencia, el
programa de propaganda diseñado por la CIA se expandió, en
las acciones del Congreso por la Libertad Cultural, desde
1950 hasta 1967.
La británica Frances Stonor Saunders
documenta con rigor y precisión su exitosa actividad, para
revelarnos cómo llegó a contar con oficinas en 35 países,
colocó a su servicio, como agentes directos o indirectos, a
docenas de personas, sustentó sus bases ideológicas de
Guerra Fría con artículos en más de 20 revistas de
prestigio, organizó, con amplia repercusión publicitaria,
exposiciones de arte, conciertos, conferencias
internacionales del más alto nivel y creó, para recompensa
de músicos, artistas, escritores y filósofos, premios y
apariciones públicas en tanto había instaurado “su propio
servicio de noticias y de artículos de opinión”,
2 al punto de que, en los años 60, el Forum World
Service, implantado de acuerdo con el modo operativo al uso,
“con domicilio social en Delaware y oficinas en Londres”, se
convertiría en “el servicio de noticias propiedad de la CIA
que mayor circulación tuvo”.
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Así, “tanto si les gustaba como si no,
si lo sabían como si no, hubo pocos escritores, poetas,
artistas, historiadores, científicos o críticos en la Europa
de posguerra cuyos nombres no estuvieran, de una u otra
manera, vinculados con esta empresa encubierta.”
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El Congreso por la Libertad Cultural,
de mejores resultados de entre las financiadas por la
Agencia Central de Inteligencia, se organizó en 1950 bajo el
control de dos agentes de identificación homónima: Jonathan,
Gearing (Lawrence de Neufville) y F. Saba (Michael Josselson),
quienes trasladaban sus acciones encubiertas de Berlín,
plaza importante pero penetrada por sus enemigos, a París,
con más libertad de acción y en cierta medida más
prometedora desde el punto de vista de la repercusión
simbólica.
A su directiva se sumaban Irving Brown,
quien encubría el dinero que entregaba adjudicándolo a
sindicatos obreros, y el autor de Los maquiavelistas, manual
básico de los agentes CIA, James Burnham, troskista a quien
un ejecutivo consideró, en su aval, “capitalista e
imperialista, firme creyente en la familia, en la empanada
de manzana, el béisbol, en el drugstore de la
esquina, y… en la democracia al estilo americano”.
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Su manifiesto fue redactado por Arthur
Koestler, en colaboración secreta con varios directivos de
la Agencia, y estaba dirigido a encaminarse enérgicamente
contra el comunismo, el marxismo y, sin dejar de insistir,
encarnando la más plena, verdadera y única posible, libertad
de expresión.
Su primera revista fue Preuves,
destinada a potenciar las deserciones de los seguidores de
Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir y a socavar la
influencia de su publicación Les Temps Modernes; apareció en
octubre de 1951 bajo la dirección de François Bondy, suizo
de expresión alemana que había roto con su actividad en el
partido comunista luego del pacto soviético-alemán en 1939.
A ese activo y siempre controlado Congreso por la Libertad
Cultural estuvieron vinculadas de manera directa las
publicaciones Partisan Review, New Leader, Der Monat, Nuova
Italia, y Encounter, principal foco de la llamada “OTAN
cultural” que llegaron a patrocinar.
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La CIA se encargó de financiar al
Congreso a través de sindicatos europeos, como Force
Ouvrière, Fundaciones como la Farfield, creada especialmente
bajo los supuestos auspicios del mecenas millonario J.
Fleischman, la Kaplan, la Rockefeller, la Ford, donde
instauraron un departamento especial al efecto con el
propósito de evadir posibles futuras acusaciones, a través
del cual recibirían dinero instituciones como la East
European Fund, la Editorial Chejov, el International Rescue
Comite, la Asamblea Mundial de la
Juventud, el Consejo de Relaciones Exteriores, el Instituto
para las Artes Contemporáneas, el Congreso de Líderes de la
Cultura, algunos de cuyos miembros eran Salvador de
Madariaga, Aaron Copland, Isak Dinesen, Robert Lowell, R.
Penn Warren, Stephen Spender y Herbert Read. Recibieron
sufragios además, instituciones de cobertura como el Miami
District Fund, la Fundación Hoblitzelle y el Comité Suizo de
Ayuda a los Patriotas Húngaros.
A mediados de los 60, cuando era
público y notorio el vínculo directo de la CIA con el
Congreso por la Libertad Cultural, una buena parte de los
implicados intentaron presentarse como desconocedores y
hasta escribieron una carta al New York Times negando que
conociesen la existencia de algún tipo de "donación
'indirecta'” y declarándose "dueños de sí mismos y libres de
toda propaganda ajena".
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Un día antes, en la misma publicación
había aparecido una carta del Congreso por la Libertad
Cultural declarándose “completamente libre” y comprometido
solo con “los deseos de sus miembros y colaboradores” así
como con las “decisiones de su Comité Ejecutivo.”
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En septiembre de 2006, los despachos de
prensa confirmaban que varios periodistas especializados en
el tema cubano, con su correspondiente dosis de odio
anticomunista, recibían subvención procedente de la Agencia
para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (Usaid).
Ante el escándalo, y con un traspaso de propietario del
periódico El Nuevo Herald, que imponía la necesidad de la
“limpieza”, algunos fueron despedidos.
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Como en el caso antes reseñado del
Congreso por la Libertad Cultural, hubo reacciones de
asombro, críticas, lamentaciones y hasta falsas
declaraciones de ética que proclamaban la necesidad de la
prensa y la opinión pública de expresarse de modo
independiente y ser consecuente además con las necesidades
de la democracia.
Así, en estos momentos, la palabra
libertad, saturada por el uso desde la creación de la Guerra
Fría, viene a tener su reemplazo en la palabra democracia. Y
aunque podamos entretenernos en un ejercicio de sustitución
mecánica, colocando democracia allí donde en los documentos
de la Guerra Fría cultural aparecía la palabra libertad, la
suplantación no es solo un mecanismo de renovación
comunicacional.
Los objetivos primarios que insistían
en el empleo del vocablo "libertad", surgían, en una jugada
de estrategia semántica, relacionados con la reacción
mecánica de negación en la que ya se iba estancando el campo
socialista, en tanto en el plano semiológico, en busca de
atrapar una estrategia de sentido eficaz, aparecían unidos a
la necesidad de llevar, en carácter de patrón
psicosociológico de recepción, el modo estadounidense como
un modelo para la libertad de expresión y el desarrollo de
los creadores de cultura, sobre todo en el ámbito del arte y
la literatura.
La Europa de posguerra era aún
referente modal en la supremacía del juicio cultural en
tanto EE.UU., dado su pragmatismo consumista, no gozaba de
un estatuto que le garantizara la acrítica aceptación en
todo el mundo. A fines del siglo XX, en cambio, el modo
cultural estadounidense ha conseguido conquistar aquellos
objetivos, se ha convertido en referente ideal,
acríticamente recibido en todo el mundo, y necesita en
cambio revertir un patrón de aceptación global que parta de
su propio nivel de enjuiciamiento. En alta prioridad, este
patrón se centra en la conformación de los estados, sobre
todo en un debilitamiento de sus estructuras que permita
maniatar su capacidad de decisión.
El poder imperial, desde sí mismo
negado y de pronto puesto en la palestra de los
especialistas con un nuevo rango de mirada benévola, de “mal
menor” a fin de cuentas mejor que el bien de otras tantas
naciones, se reestructura en el ámbito comunicativo y, para
ello, necesita extender la caja negra que con la palabra
democracia viaja.
Se trata, pues, de evadir tanto el
culto a la omnipotencia de los medios, como la dicotomía
estéril que deviene del debate entre apocalípticos e
integrados, como lo señala Armand Mattelart en sus
conclusiones a La comunicación-mundo.
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Ello, según él mismo, es causa de
centrar el debate acerca de la importancia global de las
comunicaciones mediante el olvido de su historia, rasgo que
considera recurrente en su devenir. La insistencia en
considerar obsoleta a una información inmediatamente después
de que otra la suplanta, no solo descoloca la profundidad
epistemológica de los debates respecto al tema, como el
propio Mattelart advierte, sino que actúa como instrumento
de facilitación de ese transcurso dominador en el cual la
efectividad de la comunicación, conjuntamente con el aparato
de conceptos-esquemas que la ayudan a promover los sentidos
focales, imponen, camuflándola, la ideología de dominio
imperialista.
El 6 de noviembre de 1982 fue creada
oficialmente la National Endowment for
Democracy (NED), luego de que varias comisiones
investigadoras sacaran a la luz pública las manipulaciones
delictivas del presupuesto administrado por la CIA. Su
objetivo capital se enfocaba en continuar, con estabilidad
legal y magna amplitud de operaciones, el ejercicio de
injerencia global, por lo que sus principales fuentes de
financiamiento proceden del presupuesto que el Estado
norteamericano destina a la Usaid.
En virtud de conseguir un estatuto de
apariencias más legales que éticas, como organización
privada, fundaciones con contratos federales como Smith
Richardson, John M. Olin y Lynde and Harry Bradley, hacen
llegar a la NED parte de sus fondos. Como ramificaciones de
la NED aparecen el American Center for International Labor
Solidarity (CILS), el Center for International Private
Entreprise (IPE), el International Republican Institute
(IRI) y el National Democratic Institut for International
Affairs (NDIIA).
Fiel al patrón de operaciones que se
ramifica a través de las infranqueables cortinas tapaderas,
dispersó corresponsales en la Westminster Foundation for
Democracy, del Reino Unido, el International Center for
Human Rights and Democratic Development, de Canadá, las
francesas Fondation Jean Jaurès y Fondation Robert Schuman,
el International Liberal Center, de Suecia y la Alfred Mozer
Foundation, de Holanda. Así, ha pasado a controlar más de
seis mil organizaciones políticas, sociales y culturales de
todo el mundo.
Sumado al presupuesto gravado,
organizaciones anticomunistas de cubanos especializados en
un elemental anticastrismo, recibieron dinero extra
procedente de un fondo especial asignado al Departamento de
Estado, fuente de las regalías entregadas a Alianza
Afrocubana, (62 000)Federación Sindical de Plantas
Eléctricas (177 696), People in Need Foundation (99 000),
Asociación de Gente en Peligro, (16 900), Asociación
Encuentro de la Cultura Cubana, (200 000), Instituto
Nacional Democrático, (175 000), Comité por los Derechos
Humanos (65 000), Cubanet (67 000), Centro Internacional de
la Empresa Privada, que debía circular en Cuba la revista
clandestina Perspectiva, (123 000), Bibliotecas
Independientes de Cuba (133 000), Centro por una Cuba Libre
(55 000), Directorio Democrático Cubano (663 690), Disidente
Universal de Puerto Rico, editores de la revista mensual El
Disidente, (67 200), Fundación Hispano-Cubana de Madrid, (76
000), Socios de América (86 000), Red Feminista Cubana (82
000), Grupo de Responsabilidad Social, (213 000), lo que
representa un total de 2 361 486.
En 2007, el presupuesto oficial del
programa para Cuba de la Usaid pasó a 13 millones, se
disparó a 45,7 millones en 2008 y redujo alrededor de tres
millones para 2009. Radio y TV Martí, canal que no ha podido
conseguir audiencia, recibieron seis millones de incremento
presupuestario en relación con el año 2006, para sumar 33,5
millones de dólares. Las irregularidades, desvíos y
desfalcos de este presupuesto y sus partidas extra, no son
sin embargo anomalías, sino consecuencias lógicas del papel
que se le va asignando al Estado en esa especie de período
de tránsito entre el capitalismo de democracia
representativa al totalitarismo neoliberal de privatización.
El carácter comercial de la política,
que aún se presenta como representativa de los patrones
morales básicos de la sociedad, presupone el cinismo
mercantil con que sus postulados se ponen en curso y, sobre
todo, el insólito hecho de que las bases jurídicas sean
letra muerta o, cuando más, ese diploma que se enmarca y se
cuelga en un lugar visible de la casa solo para exhibición,
sin que se ejerza lo que debe en verdad representar.
Notas:
1- Saunders, Frances Stonor: La CIA y la Guerra Fría
cultural, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 2003. p.
XI
2- Op. cit. p. 13.
3- Op. cit., p. 434
4- Op. cit., p. 14
5- Copeland, Miles:
National Review, septiembre 11 de 1987. Cf. Saunders: Op.
cit., p. 131
6- “OTAN cultural”,
bautizo satírico de Kenneth Tynan al revelar sus operaciones
en el programa de la BBC «That was the week that was». Cf.
Op. cit., pp. 473-474
7- Op. cit., p. 525. La
carta, publicada el 10 de mayo de 1966, estaba firmada por
Melvin Lasky, Irving Kristol y Stephen Spender, todos con un
largo historial en el oficio. De los firmantes las comillas
y mías las cursivas.
8- Op. cit., p. 526.
Carta publicada el 9 de mayo de 1966, firmada por Kenneth
Galbraith, George Kennan, Robert Oppenheimer y Arthur
Schlesinger Jr. Había sido gestionada por John Hunt una
semana antes en conversación con Oppenheimer.
9- Los despedidos del
Miami Herald, según las declaraciones del momento, fueron:
Pablo Alfonso, Olga Connor y Wilfredo Cancio Isla, quienes
habían recibido, desde 2001, cerca de 261 000 dólares. Otros
beneficiados fueron Helen Aguirre Ferré, editora de la
página de opiniones del Diario Las Américas; Ariel Remos,
columnista y reportero; el director de noticias del Canal
41, Miguel Cossío, y Carlos Alberto Montaner, columnista
cuyas opiniones son publicadas por El Nuevo Herald y The
Miami Herald.
10- V. Mattelart, Armand:
La comunicación-mundo: Historia de las ideas y estrategias,
siglo XXI editores 2003. Cf. p. 340. Traducción Gilles
Multigner.
(Fuente:
La Jiribilla)