Lo bueno, lo
malo y lo feo
Frustrar las esperanzas de toda
una nación es un acto de perversidad
Euclides Fuentes Arroyo
Lo bueno es constatar que nuestro mundo imperfecto tiene cosas buenas y que, pese a las apariencias de que lo malsano supera lo bondadoso, sobran ejemplos de sensibilidad humana en todos los pueblos del mundo que nos permiten llegar a la conclusión de que sí es posible alcanzar la utopía de mejores días para nuestra especie.
En el caso particular de Haití las reacciones de todas partes al solidarizarse con la tragedia de los hermanos de esa isla y trasladar hacia allá las mejores voluntades, demuestran esa grandeza de hombres y mujeres. Hay muchísimos casos de gente afortunada que no repara en acudir en auxilio de los desvalidos y probar que sus corazones son tan generosos como sus cuentas bancarias. Otros que sin poseer un centavo se multiplican en ofrecer sus manos laboriosas en socorrer al prójimo.
Gesto nobilísimo el de los hermanos de Cuba que tanto en Panamá como en otros países del orbe han realizado la Operación Milagro para devolverle la vida, como dijo oportunamente el ex vicepresidente y ex canciller Samuel Lews Navarro, en 2006 cuando visitó en las afueras de La Habana a los centenares de humildes panameños beneficiados con operaciones que les permitieron recuperar la vista.
Lo malo es que, repentinamente surja un mazazo del propio Gobierno elegido por el pueblo creyendo que realmente hay preocupación por el bienestar y la salud de los gobernados, y pulverice la ayuda humanitaria que sin costo alguno para el Estado representaba esa ejecutoria. La fatal noticia recorrió todos los confines del planeta y en los sitios de internet se divulgó que tras esa acción estaba el interés de enrostrarle a la ciudadanía que para quienes detentan el poder es mejor hacer negocios con los males de la gente pobre que prodigar atención médica gratuita aunque no seamos nosotros los que carguemos con los costos.
Un comunicado de las organizaciones populares panameñas, encabezadas por Frenadeso denunció con nombres propios a una pariente de la familia presidencial y a profesionales de medicina involucrados en el desaguisado.
Y lo feo de todo es que para que la angustia de los desposeídos parezca no tener fin, se imponen más cargas tributarias, se estimula con la inacción el aumento de la canasta básica, y en un esta tierra con tantos recursos hidráulicos y potenciales para la generación eléctrica, se obligue al panameño a pagar la luz mucho más cara que en países como Estados Unidos donde el salario mínimo está a tono con su realidad económica.
Frustrar las esperanzas de toda una nación es un acto de perversidad. Pareciera que las promesas de campaña de mejorar las condiciones de los más necesitados se traducen en la consigna que hay que acabar con la pobreza matando a los pobres.