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Jueves, 03 de marzo de 2011


Sección Constante (Ilustrada y con coletillas) 52

Tarjeta de Correos*En ningún país se escriben tantas cartas como en Inglaterra, ni en ninguno se ponen en el correo tantas tarjetas postales, como en Alemania. Mil ciento setenta y seis millones de cartas escribió Inglaterra en 1879, y ciento veintitrés millones de tarjetas postales entraron en el año el correo alemán. Se estima en trece millones el número de cartas que diariamente se depositan en todos los correos del mundo. En una lista comparada, de la que por cierto falta España, aparece que cada inglés escribe por término medio al año 35 cartas, cada suizo 25, cada alemán 18, cada belga 15, cada francés 14, cada dinamarqués 13 y cada austriaco 11. No hay país que posea en menor espacio más estaciones de correo que Suiza.

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*Como cada cultivo requiere ciertas cualidades favorables en el terreno que ha de dedicarse a él, debieran todos los agricultores conocer algunos de los numerosos medios que existen para averiguar, sin mucho esfuerzo ni alardes científicos, la naturaleza y elementos de los terrenos. Véase, como ejemplo, esta manera de inquirir la humedad de la tierra, porque no hay tierra buena sin humus, aunque el exceso de él perjudique a ciertos frutos, como la papa, que requiere suelo seco. Se toma 1 kilogramo de tierra, de cada una de las partes de la finca en que se ha de hacer la siembra, donde parezca que varía más la composición del terreno; luego de mezcladas las muestras, y separados los cantos, se someten cien gramos de esa mezcla al fuego, cuidando de poner en el recipiente que contenga la mezcla un pequeño trozo de madera blanca; cuando el trozo de madera comience a tostarse, apártese la mezcla del fuego, pésese, y la diferencia en el peso acusará la cantidad de humedad que contenía.

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Asesinato del presidente estadounidense James A. Garfield, en 1881.*En una lectura que acaba de pronunciar en Nueva York ante los estudiantes americanos el Dr. Hammond, que es uno de los más notables médicos de los Estados Unidos, examinó en su aspecto profesional, legal y social el proceso de Guiteau, a quien juzga completamente dueño de su juicio, y absolutamente responsable de su crimen. En el curso de su lectura recordó dos asesinatos singulares, que se cuentan entre los más notables casos criminales de Francia. Merecen ser contados. Uno es el de Antoine Léger, que sintió hambre de carne humana, y sed de sangre, huyó de su familia, a la cual andaba siempre esquivando, vivió en los bosques, sorprendió y mató a una niña de diez años, y se nutrió de su corazón que arrancó aún caliento a su pecho. Dormía en los agujeros de los árboles y en las grietas de las rocas. Y en una cueva, donde parecer haber celebrado un festín bárbaro, se halló la niña muerta. Léger dijo que la soledad lo atraía y lo embriagaba, que vio a la niña y movido por una fuerza incontrastable se lanzó a ella; todos los deseos animales lo asaltaban en su cueva; “urgido del mal espíritu que vivía en él, bebió la sangre del corazón caliente”; enterró el cuerpo destrozado, y huyó de aquellos lugares porque le perseguía un graznido; luego sintió que le venía de súbito el conocimiento que había perdido, y ni su espíritu ni su cuerpo lograban conciliar el sueño. Léger fue condenado a muerte, y en su autopsia se hallaron señales evidentes de perturbación mental: en varios lugares las membranas estaban adheridas a la sustancia cerebral. El otro crimen notable fue el de Joubard, que sintió deseos de morir, y mató, cuidando mucho de no hacerle mucho daño, a una mujer que le era desoncoida, para que este crimen le acarrease la muerte. “Yo era –dijo Joubard—un gran hipócrita, que vivía en medio de mi familia fingiendo virtudes que no tenía; llevaba una existencia depravada, y me disgusté de mí mismo: no siendo capaz de reformar mi vida, resolví dejarla. Y no teniendo valor para quitármela, decidí cometer un delito por el cual los tribunales me la quitasen. Tenía la esperanza de poder arrepentirme durante el proceso, y aun de que Dios llegase a perdonarme. Pasé seis meses pensando en mi crimen. Quisiera que se me hubiese podido condenar a muerte por otra causa que por el asesinato; pero había de ser asesinato, porque mi objeto era lograr así mi muerte. Yo estoy lleno de espanto, y la vista del cuerpo de mi víctima, me ha penetrado de horror…Si pudiera volver atrás volvería. Ya veo las cosas de otro modo. El doctor Gerson, alienista notable comisionado por el gobierno francés para estudiar a Joubard, opinó que cuando cometió el crimen estaba poseído de la manía de homicidio, que no excluye el homicidio de los maniáticos, sino la libertad de su albedrío; pero aconsejó al gobierno que, como esta manía era peligrosa, y Joubard podía volver a ser víctima de ella, se debía poner al reo donde no pudiese volver a hacer daño. Joubard fue condenado a trabajos forzados por toda la vida, y no recobró jamás el uso libre y completo de sus facultades mentales.

Charles GuiteauColetilla de Cubaperiodistas.- José Martí solo pudo ejercer como jurista un año, y lo hizo cuando estaba en La Habana (1878-1879), donde trabajó con los abogados Nicolás Azcárate y Miguel F. Viondi. Pero en su obra periodística el tema jurídico siempre estuvo muy presente, y, en particular, lo que ocurrió en el proceso de Charles Guiteau, el abogado que asesinó al presidente estadounidense James A. Garfield, en 1881. Al igual que está haciendo el abogado José A. Pertierra en sus crónicas para el sitio digital Cubadebate sobre el juicio contra el terrorista y criminal Posada Carriles en El Paso, Texas, Martí informó en distintas crónicas que aparecieron publicadas en La Opinión Nacional de Caracas y en otros periódicos de Latinoamérica, en 1881 y 1882, sobre el proceso judicial contra Guiteau. Como en ese caso se alegó “prueba de locura”, lo que en definitiva el jurado descartó, Martí recuerda dos casos de juicios contra notables criminales en Francia en que también se defendió el problema de enfermedad mental. 

(Sección Constante publicada en La Opinión Nacional de Caracas, el 26 de enero de 1992)

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