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Sección Constante
(Ilustrada y con
coletillas)
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*En
ningún país se escriben tantas cartas como en Inglaterra, ni en
ninguno se ponen en el correo tantas tarjetas postales, como en
Alemania. Mil ciento setenta y seis millones de cartas escribió
Inglaterra en 1879, y ciento veintitrés millones de tarjetas
postales entraron en el año el correo alemán. Se estima en trece
millones el número de cartas que diariamente se depositan en todos
los correos del mundo. En una lista comparada, de la que por cierto
falta España, aparece que cada inglés escribe por término medio al
año 35 cartas, cada suizo 25, cada alemán 18, cada belga 15, cada
francés 14, cada dinamarqués 13 y cada austriaco 11. No hay país que
posea en menor espacio más estaciones de correo que Suiza.
-0-
*Como cada
cultivo requiere ciertas cualidades favorables en el terreno que ha
de dedicarse a él, debieran todos los agricultores conocer algunos
de los numerosos medios que existen para averiguar, sin mucho
esfuerzo ni alardes científicos, la naturaleza y elementos de los
terrenos. Véase, como ejemplo, esta manera de inquirir la humedad de
la tierra, porque no hay tierra buena sin humus, aunque el exceso de
él perjudique a ciertos frutos, como la papa, que requiere suelo
seco. Se toma 1 kilogramo de tierra, de cada una de las partes de la
finca en que se ha de hacer la siembra, donde parezca que varía más
la composición del terreno; luego de mezcladas las muestras, y
separados los cantos, se someten cien gramos de esa mezcla al fuego,
cuidando de poner en el recipiente que contenga la mezcla un pequeño
trozo de madera blanca; cuando el trozo de madera comience a
tostarse, apártese la mezcla del fuego, pésese, y la diferencia en
el peso acusará la cantidad de humedad que contenía.
-0-
*En
una lectura que acaba de pronunciar en Nueva York ante los
estudiantes americanos el Dr. Hammond, que es uno de los más
notables médicos de los Estados Unidos, examinó en su aspecto
profesional, legal y social el proceso de Guiteau, a quien juzga
completamente dueño de su juicio, y absolutamente responsable de su
crimen. En el curso de su lectura recordó dos asesinatos singulares,
que se cuentan entre los más notables casos criminales de Francia.
Merecen ser contados. Uno es el de Antoine Léger, que sintió hambre
de carne humana, y sed de sangre, huyó de su familia, a la cual
andaba siempre esquivando, vivió en los bosques, sorprendió y mató a
una niña de diez años, y se nutrió de su corazón que arrancó aún
caliento a su pecho. Dormía en los agujeros de los árboles y en las
grietas de las rocas. Y en una cueva, donde parecer haber celebrado
un festín bárbaro, se halló la niña muerta. Léger dijo que la
soledad lo atraía y lo embriagaba, que vio a la niña y movido por
una fuerza incontrastable se lanzó a ella; todos los deseos animales
lo asaltaban en su cueva; “urgido del mal espíritu que vivía en él,
bebió la sangre del corazón caliente”; enterró el cuerpo destrozado,
y huyó de aquellos lugares porque le perseguía un graznido; luego
sintió que le venía de súbito el conocimiento que había perdido, y
ni su espíritu ni su cuerpo lograban conciliar el sueño. Léger fue
condenado a muerte, y en su autopsia se hallaron señales evidentes
de perturbación mental: en varios lugares las membranas estaban
adheridas a la sustancia cerebral. El otro crimen notable fue el de
Joubard, que sintió deseos de morir, y mató, cuidando mucho de no
hacerle mucho daño, a una mujer que le era desoncoida, para que este
crimen le acarrease la muerte. “Yo era –dijo Joubard—un gran
hipócrita, que vivía en medio de mi familia fingiendo virtudes que
no tenía; llevaba una existencia depravada, y me disgusté de mí
mismo: no siendo capaz de reformar mi vida, resolví dejarla. Y no
teniendo valor para quitármela, decidí cometer un delito por el cual
los tribunales me la quitasen. Tenía la esperanza de poder
arrepentirme durante el proceso, y aun de que Dios llegase a
perdonarme. Pasé seis meses pensando en mi crimen. Quisiera que se
me hubiese podido condenar a muerte por otra causa que por el
asesinato; pero había de ser asesinato, porque mi objeto era lograr
así mi muerte. Yo estoy lleno de espanto, y la vista del cuerpo de
mi víctima, me ha penetrado de horror…Si pudiera volver atrás
volvería. Ya veo las cosas de otro modo. El doctor Gerson, alienista
notable comisionado por el gobierno francés para estudiar a Joubard,
opinó que cuando cometió el crimen estaba poseído de la manía de
homicidio, que no excluye el homicidio de los maniáticos, sino la
libertad de su albedrío; pero aconsejó al gobierno que, como esta
manía era peligrosa, y Joubard podía volver a ser víctima de ella,
se debía poner al reo donde no pudiese volver a hacer daño. Joubard
fue condenado a trabajos forzados por toda la vida, y no recobró
jamás el uso libre y completo de sus facultades mentales.
Coletilla
de Cubaperiodistas.-
José Martí solo pudo ejercer como jurista un año, y lo hizo cuando
estaba en La Habana (1878-1879), donde trabajó con los abogados
Nicolás Azcárate y Miguel F. Viondi. Pero en su obra periodística el
tema jurídico siempre estuvo muy presente, y, en particular, lo que
ocurrió en el proceso de Charles Guiteau, el abogado que asesinó al
presidente estadounidense James A. Garfield, en 1881. Al igual que
está haciendo el abogado José A. Pertierra en sus crónicas para el
sitio digital Cubadebate sobre el juicio contra el terrorista y
criminal Posada Carriles en El Paso, Texas, Martí informó en
distintas crónicas que aparecieron publicadas en La Opinión Nacional
de Caracas y en otros periódicos de Latinoamérica, en 1881 y 1882,
sobre el proceso judicial contra Guiteau. Como en ese caso se alegó
“prueba de locura”, lo que en definitiva el jurado descartó, Martí
recuerda dos casos de juicios contra notables criminales en Francia
en que también se defendió el problema de enfermedad mental.
(Sección
Constante publicada en La Opinión Nacional de Caracas, el 26 de
enero de 1992)
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